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AMLO después de Trump; paralelismo disparejo

José Carreño Carlón

El nacional populismo cobra un nuevo impulso hacia la destrucción de las instituciones que marcaron los más importantes avances democráticos

¿Síndrome de Estocolmo o afinidades electivas? A contrapelo de la decisión del presidente López Obrador de no condenar el asalto al que incitó Trump contra el Congreso de su país, así como de la voluntad de AMLO de excluir ese tema de la información bajo su control, la toma del Capitolio y sus consecuencias se han apropiado de la conversación y las discusiones de los mexicanos. Llama la atención el involucramiento con el episodio final de esta serie de pesadilla, por parte de los medios y las redes sociales, sus audiencias, lectores y sus espacios digitales. Pero lo más característico de este enganchamiento mexicano es el paralelismo que se suele trazar entre las gestiones, personalidades y pulsiones (autoritarias) de AMLO y de Trump.

Ello, especialmente, en cuanto a sus apetitos compartidos de concentración y extensión de su poder, su empeño en desmantelar las instituciones democráticas, su menosprecio a los movimientos de las mujeres y al cuidado del medio ambiente, su fobia a la prensa crítica, a la soberanía de los Estados, a la ciencia y a una competencia electoral ajustada a las leyes y respetuosa de los derechos de las oposiciones y del veredicto de las urnas cuando los desfavorece. En un principio sorprendió el alineamiento del mexicano a las causas del estadounidense, incluso ante el descalabro universal de las grotescas maniobras de Trump y sus secuaces para revertir su derrota reeleccionista. En sus reiteradas referencias al trato “respetuoso” recibido del estadounidense, el presidente mexicano parecía afectado por el síndrome de Estocolmo: el vínculo afectivo del rehén con su captor.

Y es que el apego a Trump de AMLO se prodigó hasta después del asalto al Capitolio, a pesar de haber sido obligado el mexicano a hacerle al yanqui atrabancado el trabajo sucio de contener la migración centroamericana en nuestras fronteras, contra la política de puertas abiertas del programa original de AMLO. Esto, para no abundar aquí en el maltrato a México y las sistemáticas ofensas de Trump a los mexicanos. Todavía su último acto, programado para ayer, previo a la votación de su despido en la Cámara de Representantes, sería una visita a un tramo del afrentoso muro antimigrantes en nuestra línea fronteriza. Pero al lado de tal hipótesis de la adicción del secuestrado al secuestrador, ha ganado terreno la de las afinidades electivas propuesta por Goethe, en este caso, la fuerza de atracción que convertiría los paralelismos entre AMLO y Trump en líneas convergentes en su perfil común de autocracia y demagogia nacional populista.

Paradojas del nacional populismo. No entre estos personajes, pero sí entre las condiciones de cada país, los paralelismos quedan por demás disparejos. En Estados Unidos la fortaleza de sus instituciones republicanas, democráticas y federales —sus libertades informativas y de opinión— se imponen ahora sobre un liderazgo atípico que se propuso debilitarlas o aniquilarlas. Mientras que en México, paradójicamente, el nacional populismo, al tiempo que naufraga en una desastrosa gestión de la crisis múltiple (sanitaria, económica, energética, de seguridad…) cobra un nuevo impulso hacia el desmantelamiento, el desquiciamiento o la destrucción de las instituciones que marcaron los más importantes avances democráticos de las últimas décadas

Embestida. La embestida anunciada por el presidente al abrir el fuego del todavía nuevo año, va contra los órganos garantes de una amplia gama de derechos humanos, políticos, informativos; del derecho de la gente a saber más allá de la propaganda oficial. Y va también contra los órganos reguladores que han liberado las decisiones públicas en materia de radio, tele y telecomunicaciones, energía y competencia económica, del poder discrecional de los presidentes en turno.
 

Profesor de Derecho de la Información. UNAM

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