Con mucho cariño para Agustín Sánchez García

Uno no elige lo que recuerda. Lo digo con asombro más que con queja. Y no lo digo por primera vez ni soy quien lo dice mejor. Alberto Chimal dice que hay en la cabeza de todos un sedimento, una especie de polvo húmedo y sin forma precisa de memoria. Todavía más: voluntaria e involuntariamente pasamos los dedos por ese polvo arenoso como quien mete la mano a un saco de frijoles. Entonces recordamos, no precisamente de la manera más sistemática ni a demanda caprichosa del recordante. En ese salitre, hay que decirlo, caben recuerdos vívidos por la fuerza de su vivencia o por razones que nos escapan.

Los mundiales son esa suerte de calendario que solía situarme en el tiempo. No recuerdo con certeza cuándo fui a la primaria pero recuerdo un estuche de lápices con un perro estampado y recuerdo una ronda de penales entre Brasil e Italia. Y luego recuerdo estar parado junto a mi papá en el local de tortas que nos ha acunado en empates y derrotas, y de cuyas paredes cuelgan memorabilia futbolera de tiempos remotos, donde el periódico manchaba las manos. Y está en el zaguán un mundial raro por distintas razones. Trinacional y casi inoportuno, por los tiempos peliagudos que se viven en el país y en el mundo. Con lo suyo de anticlimático, también hay que decirlo. Uno sueña con ver selecciones durísimas y partidos legendarios sentado en una butaca, pero la vida se ha vuelto tanto un lujo que cuesta trabajo pensar quién puede pagarse un boleto, aunque empeñe en el camino un par de tandas y el apartado de la renta.

Entonces, me pasmo sin saber qué se siente tener un mundial de cerca y a la vez tan lejos. Uno con tantos partidos, con esos calendarios muy ingeniosos que regalaban en los supermercados para ver grupos, partidos y hasta finalistas, parece impráctico. Como suele ser de caprichosa la duda, pienso en cómo vivió mi papá el México 86 y si lo habrán asaltado las mismas dudas. Y del mismo modo en que uno acaba viendo un video de cómo restauran un mueble si empezamos viendo un video de cómo fermentar masa de pan media hora antes, de ese mismo modo la cabeza conecta cosas que parecen inconexas y, si uno permite que esa entropía llegue a su destino, a veces saltan cosas interesantes.

Porque pienso en ese DF que ya no existe en ningún lado. Donde había teléfonos de monedas y los vochitos reinaban las avenidas chilangas. Pienso en esa escena que me habrá contado dos o tres veces, en algún cuarto muy cerca de la azotea con mi tío Agustín, tomando café negro y comiendo bolillo, y luego en sus andanzas dibujando planos de un edificio, supervisando una obra, yendo a ver al Pirulí tocar por horas en esas cuevas o peñas que hacían de la ciudad el lugar más interesante donde la bohemia tomaba forma. Pienso en mi tío enfundado en una gabardina que lucen en quien las usa como se debe, con esas camisas livianas que ha usado toda su vida enterrándose en la noche de una ciudad que sabe tanto vivir las noches que lo mismo le caben devotos del desamor que lloran en Garibaldi y el ahuehuete donde un conquistador lloró de miedo mientras escuchaba los tambores del imperio más feroz de Latinoamérica.

Los imagino viendo a Hugo Sánchez colgarle un gol a la historia y dando saltos mortales en esas televisiones pesadas como párpados cansados. Los veo manejando alrededor del Ángel de la Independencia, viviendo escenas afiladas y salvándose por los pelos, y yendo a comprar un vinilo de José José, sin saber que años después habría un hijo o un sobrino pensándolos como héroes míticos casi salidos de una novela de Luis Spota, como los detectives salvajes de Bolaño, como esos personajes entrañables que fueron y siguen siendo mientras los tenga en el sitio más preciado de ese arenal donde descansa la memoria y, aunque uno no decida todo lo que recuerda, sí puede cerrar el puño y guardar esas historias que valen la pena.

Y entonces cae la epifanía como cuando cae agua al tinaco después de días de sequía: no eran los mundiales, aunque claro que lo eran. Con su emoción y con la agitación de permitirse soñar lo estadísticamente imposible. Era vivirlos con quien hace que valga la pena vivir todo esto y, aunque pase el tiempo, recordarlo.

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