Un mantra común en las ciencias sociales pregona “correlación no implica causalidad” (o la falacia argumentativa Cum hoc ergo procter hoc, si te quieres poner exquisita, querida ciudad). En términos llanos, se trata de una advertencia al estudiante, investigador o ciudadano que trate de trazar una línea de causa-efecto entre dos eventos o variables. Con frecuencia, cuando se estudia un fenómeno se encuentran relaciones peculiares que nos pueden llevar a pensar que la ocurrencia de algo provoca indefectiblemente un segundo algo. Ejemplo básico es el siguiente: distintos análisis encontraron una fuerte correlación entre consumo de helado y el número de homicidios. ¿La disputa por el napolitano crece a niveles fatales? ¿O la nieve de nanche despierta neuronas asesinas? Muy probablemente, no. Lo que los estudios hacen es sólo mostrar con estadística qué tan a menudo ocurren dos eventos en tiempos similares. En este caso, lo más sensato es olvidar la idea de que el helado provoca homicidios y entender más el contexto. Si el helado se consume más en los espacios públicos y cuando hay buen clima, podemos pensar que hay más gente en la calle y considerar que el simple incremento en multitud en la calle podría aumentar la probabilidad de la ocurrencia de crímenes. E incluso ahí nuestras aseveraciones tendrían límites.

Lo que te cuento no es nada nuevo, como siempre, ciudad. Estamos ya muy acostumbrados a esas publicaciones que aseguran que comer chocolate o tomar vino nos convertirá en genios, o que tener mala letra es síntoma inequívoco de ser un psicópata. Pero el citado mantra se nos olvida muy pronto cuando se trata de participar en el irresistible caos de opinar de todo. El reciente fallecimiento de una estudiante del ITAM es un triste ejemplo de este fenómeno. No acabamos de leer los encabezados cuando ya afilamos nuestros teléfonos y teclados para acusar sin piedad a esos profesores, rectores y universidades que parecen ser ambientadas por Lovecraft.

Ninguna muerte debe tomarse a la ligera, y por esa misma razón considero que, en muchos casos, lo más prudente es quedarnos callados y admitir que no sabemos gran cosa del caso en cuestión como para emitir un juicio. Pero eso no genera likes ni seguidores, querida ciudad. No hemos tomado distancia suficiente para mirar mejor lo acontecido cuando ya concluimos que el ITAM y sus profesores son responsables y culpables de la muerte de estudiantes. Como suele pasarle a quien se impacienta, nueva información desmiente la hipótesis de suicidio y, entonces, torcemos más el argumento para no admitir ignorancia. Esta impaciencia no respeta ni a quienes escriben en los periódicos. Hay que salir después a corregir, a admitir que se trata de fallecimientos no relacionados con suicidios, y que esa diferencia importa. Pero, aplicando una de las leyes universales del internet, el golpe ya está dado. Y poco importa si después se corrige la verdad. Y todo eso, querida ciudad, no ayuda a lo que todos quisiéramos: evitar que nuestros estudiantes fallezcan, por las razones que sean. Sólo hacemos más ruido.

Una revisión somera en redes sociales asoma nuestras hondas lagunas de información y desmesurado apetito por aparentar conocimiento. Hay las opiniones de quienes nunca han puesto pie en el ITAM (o en alguna otra de las instituciones en el banquillo por este tema) pero saben con fehaciencia que se viven vejaciones intolerables. Porque sí, porque eso se sabe, porque un amigo de un primo estudiaba Derecho allí, no importa cuándo. También los hay quienes sí estudiaron allí. Ese grupo se divide en dos, según cómo le haya ido en la feria. Aunque conocen por experiencia propia muchos aspectos de la vida académica en tales escuelas, ¿el testimonio informado pero único y relativamente subjetivo de un estudiante redime o condena a una universidad entera? Una golondrina no hace al verano, pero sí informa al meteorólogo. Haríamos tanto bien a la discusión si tomamos con un grano de sal -y de cordura- todas esas historias personalísimas que de ningún modo son susceptibles a la generalización grosera a la que nos lleva la inmediatez y el borreguismo del tipo: “¿ven cómo sí es la culpa de la escuela?” y del ni una gota peor “a mí me ha ido re bien y nunca me sentí violentado”.

Seamos una opinión pública menos mediocre, una que pueda escapar a la dicotomía fácil de golpes de timón. No tengo duda de que un análisis concienzudo del asunto en cualquiera de las instituciones acusadas hasta ahora puede diferenciar entre la exigencia dentro de los límites dignos enfocada a la excelencia académica y la frontera con el maltrato psicológico o el abuso de la relación asimétrica que siempre existirá entre profesores y alumnos. No tendrían por qué considerar estas escuelas sacrificar el rigor académico por el temor de que la presión pública desinformada hasta la náusea no considere que la respuesta a las noticias tan dolorosas recientes no fue contundente. Porque los números también las respaldan, sin dejar de considerar los testimonios positivos y negativos ricos en percepciones nada generalizables. La calidad de los egresados del ITAM, el CIDE y el COLMEX, por mencionar algunas de las instituciones envueltas en la discusión de estos días, no se pone en duda ni por criterios de evaluación académica ni por las organizaciones en México y el mundo que admiten en posgrados o contratan a sus egresados. Y rompamos todavía más la discusión miope: excelencia académica y maltrato psicológico hay en otras universidades también. El asunto siempre es más complejo que distinguir entre buenos y malos.

Del otro lado del escándalo también habrá que sentarse y mirar hacia dentro. Sucesos tan tristes como el reciente deben motivar la autocrítica en las universidades. Hacer un repaso de la calidad y el compromiso con la satisfacción personal y la salud mental de sus estudiantes. Todavía más, un hábito frecuente que asegure que la relación asimétrica no se convierte en la pesadilla que relatan los testimonios publicados. Una vez más, ciudad, se le puede si se toma con seriedad y no como una nube de morbo en las redes.

Correlación no implica causalidad. El contexto claro que importa en el estrés, la depresión y las decisiones personales de un individuo. La presión académica indudablemente afecta el nivel de motivación y energía de un estudiante. Pero que no se nos olvide que toda moneda tiene su anverso: es en esas escuelas acusadas hoy pero también en la UNAM, la UAM, en el Politécnico y en otras universidades de paga donde se halla el amor por la investigación y, con un poco de suerte, el amor por otra persona estudiando y desvelándose en ello. Son esas escuelas las que ponen desafíos intelectuales que alimentan el espíritu del humano, las mismas que en verdad funcionan como catalizadores de movilidad social. Quien no sea capaz de ver todos estos matices y se limite a cerrar el juicio entre la condena y la reivindicación radicales, haría mejor en guardar el luto por Fernanda y por los estudiantes que fallecieron por causas simples de rastrear o indeciblemente complejas.

@elpepesanchez

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