Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Charlie Parker. Junto con John Coltrane, es considerado patrón universal del saxofón y del jazz en brochazos muy gruesos. Es harto sabido que se le apodaba afectuosamente “bird” o “yardbird” (pájaro). Alrededor del apodo hay una serie de hipótesis que redundan en el misticismo de su leyenda. Desde las más básicas que señalan su fascinación por comer pollo (de ahí el “yardbird”, como se le decía en el Estados Unidos de aquella época), hasta las vueltas más retóricas que lo pintan como un pájaro libre cuya ejecución del saxofón imitaba el canto y vuelo de las aves. Su muerte apresurada y casi poética a los treinta y cuatro años hace juego con la velocidad con la que proponía modulaciones en un jazz que ya estaba en movimiento y al que Charlie le puso alas.

Siempre se recurre, cuando se discute su influencia en la música contemporánea, al ejercicio imaginario de qué tanto más habría hecho por la música de vivir otros treinta y cuatro. Lo cierto es que tiempo no le faltó para llevar a su máxima expresión tanto al bebop -subgénero del jazz que abanderó- como a la música en sí misma. Miles de saxofonistas alrededor del mundo se siguen (nos seguimos) rascando la cabeza al leer sus partituras en un asombro de quien husmea en los apuntes de Da Vinci.

Acaso otro ejercicio imaginativo interesante es el de preguntarse cómo volaría el pájaro Charlie en este 2020 en el que todos nos vemos enjaulados en departamentos, oficinas sanitizadas y cuadritos de videoconferencia. Alguna vez escuché que le preguntaron al presidente de una de las compañías pioneras en el mecanismo de fondear proyectos de innovación (o crowdfunding) qué pensaba del mundo tan competitivo, atiborrado de productos y ofertas. Respondió que nuestro tiempo es el más conveniente para la gente talentosa. Porque el hecho de que haya una oferta casi ilimitada de productos y servicios en el mundo físico y virtual es evidencia de lo fácil que es aventurarse a crear y competir.

La música ha cambiado vertiginosamente desde los tiempos del tío Charlie Parker. La materialidad del disco fue remplazada por el pragmatismo y comodidad de servicios de transmisión de música (streaming) gratuitos y de paga. Del mismo modo que uno puede abrirse una cuenta de Twitter y comenzar a dictar misa de los temas más variados, uno puede hacerse de un diminuto espacio en la oferta de música en línea sin mucha complicación. Las tiendas de discos tienen un aire de tienda departamental o de antigüedades en estos días, y un artista puede hacer lanzamientos mundiales de música desde la comodidad de su cocina.

Con frecuencia, este recuento de la evolución de la distribución musical pasa por el duelo atrincherado de los promotores del cambio y los férreos defensores de la nostalgia. Por un lado, quienes culpan a la velocidad con la que se publica, consume y caduca la música de la presunta baja calidad instrumental y lírica. Del otro lado, quienes entienden en los sonidos posmodernos como el trap o el urbano la voz de estas generaciones con un pie en el mundo físico y otro en la inmaterialidad.

Sin tomar partido, y celebrando el cumpleaños de Charlie Parker, imagino que el trino de ese pájaro se abriría paso en el alarido de voces que apelmazamos las redes sociales y los foros. Tampoco veo el vaso medio vacío como quienes piensan en la sobre oferta de música en línea como un sistema podrido que se repite hasta el hartazgo.

Imagino también que Charlie, quien tal vez no alcanzó a escuchar del multiverso pero sabía doblar el tiempo, se detenía en un silencio de un treintaidosavo para hacerse el mapa de ese momento a vuelo de pájaro. De tributo, hagamos esa diminuta pausa para pensar en quienes están del otro lado de esas plataformas inundadas de música que nunca acabaremos de explorar. Ahora que la música se nos redujo a grabaciones o presentaciones virtuales donde los artistas hacen el mayor esfuerzo por romper el cristal de las pantallas y ponerse frente al público. Y hacen igual esfuerzo por resistir, obtener cualquier ingreso y permanecer vigente. En la pandemia como en tantas otras materias del mercado, como se suele decir, cuando llueve nos mojamos todos.

Dado el frenesí en el que vivimos, con frecuencia damos por sentado un montón de cosas. Es natural, nuestro cerebro apaga ciertos focos para que podamos pilotear nuestros días sin tener que pensar en diecisiete cosas a la vez. En esa simplificación de la complejidad de nuestros días, a veces pasamos por alto que, muy afortunadamente, el mundo todavía tiene un montón de pájaros que están cantando desde sus respectivas jaulas en este momento. Músicos que la pasan igual de mal que cualquier otro humano para pagar rentas, colegiaturas y cuentas del teléfono. A quienes no se les ha marchitado la voz ni la inquietud por sacarle brillo a nuestros días más oscuros. Frenéticos por salir de nuevo y recorrer los bares y ciudades. Pájaros sin sueño a los que recurrimos todos los días cuando nos estamos volviendo, como ellos, locos por el encierro, por la soledad, por no entender nada del cubrebocas y la pandemia.

Por fortuna, y aunque la estén pasando mal esas aves de cautiverio voluntario que hacen la música que reproducimos como si fuese cualquier cosa, siempre nos queda el aliento de leyendas como Charlie Parker para imaginar el mundo que será cuando la pandemia sea un recuerdo pesado.

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