Uno no elige lo que recuerda, le escuché decir a mi muy querido Alberto Chimal y, como broma del destino, es una frase que me visita el umbral del cerebro con mucha frecuencia. Crecí en la colonia Popotla, en lo que ampliamente se conoce como Tacuba, en lo que aún se llama en algunos callejones DF. Cerca del centro, un poco al norte y otro poquito al poniente y seguro fue un vecindario como tantos otros. Ni el peor ni tampoco de mayor abolengo en una de estratos medios y algunas esquinas afiladas. En un tiempo, ahora remoto no por lo distante en años sino por lo mucho que ha cambiado todo, tuve una infancia cuya escenografía no anunciaba sevens ni minisúper sino misceláneas, panificadoras, recauderías, tintorerías y todas esas cosas que vivirían ahora en monografías si tal cosa existiese en otro fósil llamado papelerías.
La tiendita de la esquina siempre fue ese núcleo de alegrías asequibles, de placeres cotidianos. Todavía quedan no pocas por aquí y por allá, resistiéndose al tiempo y a dinámicas de mercado que hacen que a David y Goliat les quede chica la escala. Para quienes no tuvieron el lujo de encontrarlas, las había de tantos tipos como espacio disponible hubiese en el barrio. En la cúspide, las tiendas literalmente de la esquina con un espacio nunca suficiente pero franco donde se apilaban, colgaban, refrigeraban y almacenaban tantos abarrotes como un refugio nuclear. Luego estaban las adaptaciones, desde la casa a la que se le removía la cochera y se instalaba un pasillo y una cortina hasta las que no dejaban de ser salas para abrir la ventana en horarios más o menos regulares y despachar desde ahí al público habitual.
En uno de esos espacios magníficos tuve mi primer desencuentro con la marginalidad, aunque tardé muchos años en entenderlo. Admito que fui el público ideal de cuanta campaña de mercadotecnia se les ocurrió en los noventa. Conocí cada cuadra de mi colonia buscando con mi papá cajitas de Sonric’s, le mandé a Chabelo caritas de Duvalín y junté tantas taparroscas que debí haber tenido tantos hielocos como guerreros terracota. En una de esas andanzas, Bimbo lanzó una colección de muñequitos de una película animada del jorobado de Notre Dame. Para ser honestos, ni siquiera vi la película, pero me lancé a juntar envolturas y participar en el trueque esperando que, como rezaba el comercial, el camión despachara pan y dejara un titipuchal de muñequitos suficiente para abastecer la demanda de gente como yo. Como toda fábula, el truco está en la repetición. Vi el camión alejarse un lunes por la tarde y me planté cargando envolturas suficientes para hacerme del protagonista y a lo mejor un par de gárgolas. Nada. El camión no dejó ninguna en mi tiendita. A cualquiera le puede pasar, pensé con mis nueve años y doce envolturas en la mano. Error de cálculo. El problema es que ninguna de las otras tres tienditas a la redonda tenía una sola figurita. Tampoco era la película más taquillera de la historia como para que la gente se abalanzara como si fuesen ositos de Starbucks. Decidí dejar que el tiempo hiciera lo suyo y repetí el ejercicio la semana siguiente. Nada. Ni Quasimodo ni Esmeralda ni nadie. Cambié de día, de shorts, de envolturas. Cero.
Como podrás intuir hasta ahora, probablemente no fui precoz pero sí tenaz, de modo que resolví que había que hacer algo. En esa prehistoria sin internet ni tiktok, el teléfono era la única vía por la que uno podía abrir la boca y decir misa. Tomé mi envoltura de donas de las pequeñitas con azúcar como nieves de enero y marqué al número que aparecía allí. Después de rebotar en un conmutador de los noventa -que ya era una tortura pero mucho menor que la que ofrecen conmutadores de hoy donde hay tantos bots que no hay dios que le resuelva a uno nada- me atendió alguien, una persona. Y yo, que no tenía más agenda que canjear envolturas por pedazos de plástico pintados, le expliqué que vivía en Popotla, en lo que ampliamente se conoce como Tacuba, y que mi colonia sufría la desgracia de que el camión nunca llegaba con figuritas para cambiar. Y que eso era una injusticia más severa que marcarle un penal a México tras un clavado holandés.
No cabía en esa pesquisa la más mínima sospecha de que así funcionaba y funciona el mundo. De que la geografía es destino y puede ser brillante o terrible dependiendo del código postal donde azarosamente termines cayendo. Nunca pude conectar mi frustración con preguntas como por qué en otras delegaciones (ahora alcaldías, aunque se sigan comportando más o menos igual) faltaba agua y en la mía al menos, no. O por qué pasaba aquí menos el camión de la basura, pero más la patrulla. Por qué los pocos edificios nuevos en mi colonia se empeñaban en decir que estaban a diez minutos de Polanco ni por qué en Polanco había menos misceláneas pero tal vez más figuritas.
Colgué el teléfono y me esperaba un interrogatorio de mi mamá sobre mi interlocutor y sobre mi libertinaje al usar el teléfono. Expliqué que había llamado para quejarme y que, al día siguiente, después de la escuela, Bimbo iba a mandar al camión directamente a nuestro edificio para hacer el canje de figuritas. La mitad de mi familia y vecinos se mostró incrédula hasta que vimos llegar a ese bloque rectangular y blanco como el osito y el pan de caja hasta mi ventana. Bajé los tres pisos corriendo y cargando mis ahora tal vez dieciséis envolturas. Bajó del camión un repartidor con sonrisa franca y camisa azul y puso en mis manos todas las figuritas. Yo no buscaba un trato desigual y expliqué que me alcanzaba a lo sumo para unas cuatro. Su encomienda era clara: hacerme saber que no era invisible. Que mi calle no era un agujero en un mapa de rutas de entrega de producto. Que alguien se había dado cuenta de que la falta de figuritas era un símbolo de exclusión, de un abandono inercial en el que las cosas así son y uno se acostumbra a todo como los personajes de Rulfo.
Pasa el tiempo y me queda el recuerdo de ese camión dando la vuelta a la calle y de todo el mundo detenido como en una fotografía de resolución media. Y hoy que los teléfonos ya no sirven para hablar y los periódicos ya no manchan los dedos de tinta, y la verdad se ha vuelto elusiva y casi utópica, donde buques mundiales son dueños casi absolutos del mercado y hay empresarios más canallas que Lex Luthor, me entero de que Bimbo abre un museo de su historia. La historia del pan y de las misceláneas. De esa infancia donde nada era tan simple, pero todo era infinitamente menos complejo que ahora. El Museo Interactivo Bimbo se planta en el centro, donde tantas veces fuimos al museo y a la feria del libro, sobre Isabel la Católica y a escasos pasos de otra leyenda del pan mexicano, la Pastelería Ideal.
No deja de ser una marca, una organización con fines de lucro, y tampoco estoy abogando por un nacionalismo anacrónico y a ultranza, pero, así como uno sonríe cuando mira esa tiendita que se planta como una piedra terca y obliga a que el río le de la vuelta, no es poca cosa que una empresa mexicana sea la panificadora más grande del mundo, que no se ostente como caridad, pero se mantenga relativamente limpia en este mar de escándalos que se ha vuelto el país y el mundo. En mi infinito narcisismo, imagino que hay en un rincón de las once o doce salas del museo un teléfono sonando y una conversación con un niño que no entiende por qué el camión no pasa igual por Tacuba, y quizá esté al lado de otra sala donde un niño no quiso ser en su cumpleaños Hombre Araña sino concha y, en vez de un payaso, lo visitó el oso Bimbo. Quién le va a quitar el campeonato de México en surrealidad, si tenemos pan para el susto y un poco más para el gusto de seguir vivos.
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