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La ciencia del color rojo y un país acostumbrado a pasarse el alto

José Antonio Sánchez Cetina

Vaya broma del destino, que se enciendan luces rojas en una temporada donde usualmente Santa, los pinos y el refresco se uniforman de escarlata. A lo mejor usted ya tiene la intuición de que el rojo tiene un efecto particular en el cerebro humano, pero la ciencia ha hecho lo suyo para que no nos quede nada más la corazonada de que hay algo de distinto en el rojo. Están las explicaciones de la física: el rojo tiene una longitud de onda más larga comparado con el resto de los colores. Por lo tanto, se dispersa menos en el aire y puede ser distinguido a una distancia mayor. También lo explica el que los humanos seamos tricrómatas. Es decir, tenemos tres canales que reciben información de colores.

No somos la única especie para quien el rojo tiene un significado especial. Y aunque los mandriles tienen un sistema de estratificación comunitario donde el más colorado es el de mayor rango, a ninguno se le ha ocurrido todavía hacerse una bandera tricolor y enseñar en la primaria que el extremo más lejano al asta representa la sangre derramada de los héroes patrios. También somos la única especie que ha publicado en revistas científicas que, efectivamente, hombres y mujeres en experimentos suelen ser identificados como más atractivos cuando visten una prenda roja (evite el albur, es Navidad), que la gente suele preferir ciertos colores rojizos en los logotipos de partidos políticos (vaya, vaya, PRI. Y Morena, no nos creas que no nos dimos cuenta con tu color chile pasilla).
Y aunque en China el rojo es el color de la buena suerte, los profesores Pravossoudovitcha, Curya, Young y publicaron en 2014 un experimento cuya evidencia apunta a que, tan cierto como el que las ovejas se ponen nerviosas si ven sangre, los humanos asociamos el color rojo con peligro.

De ahí que todo el revuelo por el uso didáctico de un semáforo para guiar el comportamiento de la población mexicana en la pandemia nos haga dar manotazos en la mesa de la cocina. Ciertamente, todos entendemos la lógica de un semáforo. Pero la manera en que las administraciones capitalina y federal han visitado un abanico del Pantone entre el ocre y el bermejo que haría sentirse a Bob Ross un tipo gris y monocromático no puede estar más lejos de la figura didáctica del semáforo. Uno mira los comunicados oficiales y no puede evitar sentirse en esas fiestas donde el animador (no digamos payaso, porque es trending topic aparte) cuenta uno, dos, dos y medio, dos quince dieciochoavos y retrasa la llegada del pastel más que el siguiente título del Cruz Azul.

Claro que molesta como ciudadano que lo traten a uno así. Como cuando uno instala una aplicación y la barrita se mueve cual gacela entre el uno y el noventa y dos por ciento para luego avanzar a cuentagotas el último tramo. Pero sospecho que hay una buena dosis de hipocresía en muchos de nosotros cuando nos escandalizamos por el uso del pigmento del óxido de hierro (el rojo, para que use sinónimos domingueros en el siguiente zoom). Pongamos sobre la mesa, también, la encrucijada que viven todos los países de bajar la cortina por completo el tiempo necesario o tratar de que no le llegue a millones de negocios el agua al cuello. Concediendo ese equilibrio casi imposible, y que hay maneras de reasignar recursos hacia lo más urgente, cajum (se me atoró un tren maya en la garganta), centrémonos por ahora en nuestro papel protagónico de ciudadanos.

 ¡Cómo son irresponsables en no declarar el rojo ya! ¡La historia no los absolverá! Rezan implacables tantas voces. Todas ellas muy inteligentes e informadas, muy atiborradas de información de tantos ángulos y lugares que no necesitan que su gobierno les diga que, finalmente, pasamos del semáforo en amarillo donde todo el mundo le pisa a fondo al terrible color rojo del control de la pandemia. Pero haciendo juego con la metáfora del semáforo, y aunque lo anotemos siempre en nuestra lista de propósitos de año nuevo, no hemos dejado de ser el país que se pasa los altos. Ejemplos hay muchos, pero el que concierne ahora es la idea de que nosotros sí que teníamos justificación para salir de casa, #NoComoOtros.

Ahí estamos, como nunca y como siempre, atorados en ese tránsito infernal donde uno pregunta a dónde va todo mundo en pleno apocalipsis. Detenidos mirando el semáforo en rojo como hipnotizados por nuestra propia manera de redimirnos: qué irresponsable todo el mundo. Yo salgo, pero me he estado cuidando. Es que los vuelos estaban súper baratos. Y nada más es tantito, porque mi mamá está sola. Y al fin que voy derechito a la casa de mi hermana. Es más, ni hielos vamos a comprar esta vez.

Hay tantas disculpas como lugares en la mesa. Y la ciencia, que no es buena ni atroz sino indiferente, nos avienta los números en la cara. En Estados Unidos, gobiernos e investigadores temían que el día de acción de gracia fuese a desencadenar un nuevo pico en contagios si la gente no se quedaba en casa por esta única ocasión. Hoy se encienden luces rojas en todos los estados con un repunte espantoso que registra más de trescientos quince mil muertos y diecisiete millones de contagios. Algo habrá que seguir estudiando, si en México vemos tantas luces rojas mientras estrellamos las copas de la necedad.

@elpepesanchez

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