Inhibidores de drones y transgresores de la vida pública

José Antonio Sánchez Cetina

¿De qué clase de historia de cyberpunk salió esta Ciudad de México que resguarda el Palacio Nacional formando anti-drones en las almenas? La fachada amurallada pintaba la fotografía de un Zócalo de alguna cuerda del multiverso más torcida que la nuestra. Y eso que ya nos creíamos curados de espantos del discurso infame de levantar un muro para detenernos. Pero tanto las vallas como los derribadores de drones pesan más por su símbolo que por sus frías moléculas.

Si bien es cierto que esas pequeñas maquinarias voladoras a control remoto son cada vez más sofisticadas, el uso más generalizado de las mismas es para grabar videos y tomar fotografías. De ahí que la amenaza de derribar cualquier objeto volador no identificado apenas se acercase al Palacio Nacional tiene su componente de lastimar la idea de la arena pública. El Zócalo siempre ha sido esa plaza inmensa y caliente -en sentido físico y figurado-, esa promesa de algo que se habría de construir en el centro de México y que jamás llegó. Con todo y su naturaleza siempre inacabada, no deja de ser ese paisaje urbano que mete en la licuadora el pasado prehispánico, nuestras dudas y creencias, un montón de joyerías con sus tiendas de empeño y una plaza franca para celebrar y pegar de gritos de alegría o desasosiego.

Por eso importa que, aunque no se haya derribado un solo dron, justo en el Zócalo se ponga en marcha un operativo para evitar que una cámara retrate una de las manifestaciones más justificadamente enardecidas de la ciudad: el 8M. Si de algo ha podido presumir tanto en campaña como en funciones el actual gobierno es de un saco generoso de símbolos. Llamarle 4T a su turno para enfrentar los problemas públicos nacionales es un ejemplo claro de ello. Como lo fue cambiar la residencia del Ejecutivo Nacional y abrir Los Pinos al público, símbolo de devolverle el patrimonio público a la gente.

Parece una contradicción endeble, pero no lo es tanto. El presidente logró amasar un apoyo sin precedentes para llevarse la elección federal pasada, en buena parte, gracias a que se asomó a la vida de millones de mexicanos en los más de dos mil cuatrocientos municipios del país. Una proeza gigante, cierto, y también un símbolo del modo en que la ciudadanía entendía la vida pública como una avenida de dos vías, donde le muestran a quien se postula para ser representante y tomador de decisiones de todos, y le exigen al mismo entender que el ejercicio de gobierno no implica reducir la vida pública ni cerrar la cortina de la ventana que es de todos con unos sujetos entrenados para tirar cámaras voladoras.

El Presidente entiende la potencia que tienen los símbolos en nuestro país, porque la misma faena de etiquetar grupos como malos y buenos, neoliberales y patriotas, ellos y nosotros, es un intento por mantener y deformar los símbolos un día sí y otro también. Son tan efectivos, los símbolos, que a veces hacen que los hechos fríos pasen desapercibidos o tarden mucho en llegar. Por eso quienes apoyan fehacientemente a la 4T regañan a todo mundo por impacientes, porque la bandera de la transformación ya se ve, aunque nada se esté transformando mucho. Pero, aunque un poco tercos, los símbolos progresivamente dan pie a otros. Abrir las puertas de Los Pinos parece una noticia de un tiempo muy lejano comparada con su futuro distópico en el que el Zócalo recibe a sus habitantes con la firme intención de que ninguna vista panorámica nos muestre la rebambaramba en la que vivimos.

 

@elpepesanchez
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