Como suele pasar en línea, me enteré de lo siguiente por una infografía de Pictoline basada en un artículo de Vox que, a su vez, hace referencia a un artículo publicado en 2016 en la revista Scientific Reports. Una de las razones por las que somos tan testarudos (los humanos como especie, no vaya a sentirse especialmente aludido) cuando hablamos de política es porque la parte del cerebro donde guardamos la ideología política es nada menos que el mismo cajón cerebral donde tenemos bien acomodadita nuestra identidad y las emociones negativas.

Según el experimento practicado por los psicólogos Kaplan, Gimbel y Harris (éste no es el tipo de nota que presume “estudios recientes indican” sin más referencia), cuando alguien desafía nuestras creencias políticas, se activa una especie de sistema inmune que nos protege de pensamientos negativos. Ponga usted que le practican una resonancia magnética mientras le dicen en el sonido local: “qué cosa tan espantosa lo de los contratos petroleros de la señora prima del preciso, ¿no?” y su cerebro, lógicamente, se pone en pie de guerra para evitarle el disgusto. Y dado que le pisaron el callo y justo coincide con la partecita del cerebro donde usted se asume usted y guarda la autoestima, le dirá a los psicólogos que ni enterados están sobre Andy y su administración que ya no son los mismos tiempos. Que ahora sí se está cerrando la llave de la corrupción, pero toma tiempo porque habían hecho de la llave una fuente que regaba generosamente a quien la tuviese abierta.

También se pudo haber puesto su batita, metido en esa máquina que parece traída del espacio y escuchado en las bocinas al profesor Kaplan leyéndole la tarjetita “¿cómo ve usted que la administración actual presume el monto de las transferencias en programas sociales a los más desprotegidos, y de las sendas carpetas de investigación por corrupción sobre personajes harto conocidos?” Y a lo mejor la doctora Sarah Gimbel ve en la pantallita cómo se endemonia esa región de su cerebro en la que habita su entendimiento de la política mexicana, su color favorito, y su postura frente al reggaetón. Le reprochará a quienes observan su cerebro prenderse como arbolito navideño que las transferencias de dinero a los pobres no resuelven la pobreza. Y que utilizar a las instituciones de procuración de justicia como maquinarias de persecución de adversarios era algo de lo que siempre se quejó el actual jefe maestro. Que los perseguidos a lo mejor tienen cola que les pisen es una cosa, pero que esto no sea más de lo mismo es otra cosa. Y a lo mejor el profesor Harris estará de acuerdo con usted pero no importa, porque el experimento no pretendía saber si México está mejor o peor que hace dos años sino entender por qué somos tan necios cuando discutimos de política.

A lo mejor no resuelve nada saberlo, pero a mí sí que me vino bien esa manera en la que los algoritmos de las redes que frecuento me llevaron por esos callejones en los que me encontré la citada infografía y artículos encadenados a ella. He invertido casi igual número de letras de las que tiene esta nota en tratar de matizar aseveraciones de amigos muy cercanos sobre temas polémicos del presente gobierno. También he platicado con algunos otros que se rascan la cabeza y tiran la toalla después de intercambiar con sus amigos y parientes artículos de periódico defendiendo y criticando a la actual administración. Ante la inefectividad de esa contienda (porque, seamos honestos, ¿cuántas veces abrimos esas ligas que nos comparten en tono “amiga, date cuenta”?), vienen después las descalificaciones personales del tipo “con razón le vas al Cruz Azul”. Imagino al resonador magnético del profesor Kaplan estallando en pedacitos ante una aseveración tan audaz. Y al final, los memes en los que ambos bandos se declaran ganadores y califican de tarugo al contrincante y uno que otro “wey ya” en el camino, para que amarre el fin de la discusión.

De ahí que resulte tan complicado determinar los avances y retrocesos de la vida pública de México en ese tablero donde todo argumento se convierte en un ataque artero a nuestro núcleo sensible. Como si al aseverar que se produjo el más mínimo cambio en favor de algún sector de la población estuviesen mofándose de mi gusto por las películas de zombis. O si afirmar que ha habido desaciertos tremendísimos en este par de años fuese hablar mal de mi abuelo.

Así como no podemos esperar que la selección mexicana se tire en una hamaca un par de años y gane el próximo mundial, hacer que el país empiece a curar sus heridas pensando en la democracia sólo como una contienda en la que lo que uno tiene que hacer nada más es votar y luego compartir ligas que publican lo que a uno le da gusto leer es por demás ingenuo. Usted disculpe las regiones del cerebro que este final le pudiera haber encendido.

@elpepesanchez

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