El malestar del Gas bienestar

José Antonio Sánchez Cetina

Como era de esperarse, el anuncio del Presidente sobre la creación de una empresa estatal de distribución de gas LP causo revuelo en las dos direcciones habituales: la crítica de quienes sostienen que es una muy mala idea, por un lado, y la ovación de quienes consideran que por fin les hará justicia la revolución en un mercado plagado de una colusión indeciblemente apestosa (no pun intended (no me pude resistir)). Como en otros problemas públicos, estamos más o menos de acuerdo en el diagnóstico pero no en la solución: el mercado de distribución de gas está en manos de un grupo muy pequeño de empresas que controlan celosamente las rutas de distribución y los precios del kilogramo. Esto se conoce en términos económicos como oligopolio, palabra pariente de monopolio y cercana en significado. El número de vendedores es tan reducido que parece que hay solo un vendedor que tiene agarrada del cuello a su clientela e impone las reglas del juego.

Evidentemente, estos escenarios de pocos competidores terminan perjudicando al consumidor y generan ganancias a ese grupo de empresas en la misma proporción. Una de las tareas de los gobiernos desde hace muchísimo tiempo ha sido la de regular el mercado, es decir, fijar una serie de reglas, incentivos y castigos o sanciones de modo que en un mercado como el del gas LP los consumidores paguen un precio justo y la transacción siga siendo negocio interesante para las empresas. Aquí es donde se enreda el queso Oaxaca: quienes celebran la creación de Gas Bienestar no encuentran falla en la lógica. PEMEX produce gas a gran escala y la vende a determinado precio a los distribuidores, quienes han aprovechado su control absoluto del mercado para venderlo a los hogares a un sobre precio injusto. Así que haciendo que el gobierno de algún modo se brinque a los distribuidores utilizando su empresa pública logrará que los mexicanos puedan comprar a un precio más razonable gas directamente de Gas Bienestar y, de paso, le meterá la presión necesaria a las gaseras que tendrán que ajustarse para no perder toda su clientela.

El problema es que esa lógica pasa por alto algunos detalles nada minúsculos. El primero es que, aunque es posible determinar si es cierto que el gas se vende a un precio excesivo, distribuir el gas hasta cada casa y edificio en México tiene un costo. No sólo en cuanto al personal que surte el gas, a los vehículos, cilindros y demás equipamiento, sino que hay una curva de experiencia que Gas Bienestar enfrentará al ser el nuevo competidor en el mercado. Habrá vecindarios en los municipios mexicanos que no representen gran reto, pero otros que son harto más difíciles de surtir y que requerirán que la nueva empresa pública aprenda rapidísimo si quiere llegar a todo el país. De ahí que en el mundo lo que más sentido tiene es el viejo dicho de “zapatero, a tus zapatos”. Los gobiernos están diseñados para hacer ciertas cosas muy bien, o para proveer algunos servicios públicos lo mejor que se puede. Sobre todo en actividades críticas como la seguridad pública o el manejo del agua, cuya naturaleza obliga a que sea el gobierno el encargado de crear secretarías u organismos que monopolicen tales servicios. Los gobiernos, en cambio, no están diseñados para otras muchas cosas, e incursionar en ellas ha dado históricamente feas lecciones de que uno debe dedicarse a lo suyo.

Ahora bien, los gobiernos han desarrollado otras maneras de que la gente pueda acceder a bienes y servicios de calidad y precio justos sin tener que aprenderle al negocio de la distribución de gas, sacar de sabe Dios dónde cilindros, pipas y humanos con cuerdas vocales olímpicas que griten que se avecina el servicio de gas. Regular es una de las tareas más importantes de un gobierno. En términos simples quiere decir que, como sociedad, le conferimos al gobierno el poder de meter su cuchara en el mercado cuando le estén apedreando el rancho al consumidor. La Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) tiene precisamente ese encargo. Y ha realizado investigaciones y recomendaciones en el tema. Sin embargo, así como queremos que el gobierno intervenga cuando haya competencia inequitativa, también queremos que el gobierno permita que las empresas aparezcan, entren a un mercado, generen empleos, ingresos y utilidades. Ni muy muy ni tan tan, en términos llanos. Lo justo. Y para asegurarnos de que el gobierno no se está ensañando contra unos cuantos, como sociedad repartimos el poder en varias manos o en varias instituciones. Así, aunque la COFECE emprenda investigaciones y determine si existe colusión en el mercado de gas LP, necesita que otros organismos hagan su parte. Dado que se trata de un producto energético tan vital como es el gas, se necesita de la coordinación de la COFECE, la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria (CONAMER), la Comisión Reguladora de Energía (CRE), la Secretaría de Energía, la disposición y respaldo del congreso y el Presidente. ¿Que ya nada más falta la bendición del JuanPabloHermanoYaEresMexicano?  Pues sí, pero este sistema complejo asegura que el gobierno trabaje de manera justa, equitativa y siempre hacia el bien colectivo.

Finalmente, estamos tan acostumbrados en estos días a pelearnos por todo que no nos damos cuenta de que los dos bandos aparentemente contrarios tienen más puntos en común que desacuerdos. Tanto la COFECE y Secretaría de Energía como algunos críticos de la creación de Gas Bienestar coinciden con el Presidente en que puede haber otras maneras de hacer llegar gas a precio justo. Una de las propuestas que suena al punto medio entre los dos bandos irreconciliables es utilizar la red de tiendas DICONSA como centros de distribución de gas, aprovechando su cobertura y alcance.

Imagine que la distribución de gas es un partido de futbol disparejo entre vendedores y compradores. Pero no una cascarita cualquiera porque pagamos arbitraje. Lo que se espera del gobierno es que actúe como ese árbitro, haga explícitas las reglas del juego y las aplique. En nuestro ejemplo futbolero, la creación de Gas Bienestar significa que el árbitro, cansado de ver el juego disparejo, se quita la camiseta negra, avienta el silbato y se pone a dosificar empujones y patadas a discreción. ¿No habría sido más efectivo sacar las tarjetas y repartirlas como si fuese día de San Juditas?

Para rematar, recurramos a la elocuencia de Maluma, quien en su canción “Felices los 4” descubre que, como se presume del mercado de gas en México, le están jugando chueco. Y en vez de recordarle a su querer las reglas del juego y aplicar la regulación en el fuero de las relaciones monógamas, decide tomárselo con más calma y ser un jugador más en el mercado de los apapachos furtivos. La posmodernidad a tope.

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