El patriarcalismo y la misoginia son ancestrales y tienen diversas fuentes. Pero en la cultura occidental una muy influyente ha sido la Biblia. A raíz del mito de Eva, prevaleció en el Antiguo Testamento la misoginia de varias formas. Dice San Agustín que en el Edén, el demonio en forma de serpiente “cautelosamente comenzó a platicar con la mujer… la parte inferior de aquella humana compañía… juzgando que el varón no era tan crédulo y que no podía ser engañado sino cediendo y dejándose llevar del error del otro”. Y agrega que “Adán no fue engañado, la mujer fue la engañada”. Si Adán después siguió el consejo de su mujer fue porque “no quiso apartarse de su única consorte ni en la participación del pecado”. Es decir, fue leal con su pareja, una virtud más que un defecto. Pero no fue tan fiel a la hora de asumir responsabilidades frente a Jehová, con quien se quejó cobardemente: “La mujer que me diste por compañera, ella me dio y yo comí”. Y de ahí que el castigo de Eva fuese la subordinación al hombre: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”.

Por su parte San Pablo, en una carta a Timoteo, mostraba igualmente esa misoginia bíblica: “Que la mujer aprenda en silencio con toda sumisión, no permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre; ella debe mantener silencio”. Así, en virtud de la inferioridad de las mujeres, éstas no pueden ejercer el sacerdocio, que quedó exclusivamente como privilegio de los varones (al menos en el catolicismo). En el siglo II, San Clemente escribió: “Toda mujer debería estar llena de vergüenza por la sola idea de ser mujer”. Ante tal misoginia, no extraña que San Agustín concluyera que “un esposo está destinado a gobernar sobre su esposa así como el espíritu gobierna sobre la carne”. Todas las mujeres habrían de pagar el pecado de Eva. ¿Quién les manda nacer mujeres? El pastor John Salked (s. XVII) afirmaba que “Existen dos tipos de sumisión de la mujer a su marido; una proviene de la naturaleza, la otra del pecado”. Es decir, aún antes de haber pecado Eva no se salvaba de estar sometida a su esposo, pues “su naturaleza, a pesar de todo, habría requerido seguramente la sumisión a su marido”, eso sí, “agradable… voluntaria y no violenta, natural y no forzada, y por tanto libre y exenta de los rechazos que hoy en día incluso las mejores descendientes de Eva experimentan respecto de su marido”.

Y los inquisidores Heinrich Kramer y Jacob Sprenger decían en su Malleus Maleficarum (El Martillo de las brujas, 1487), que la mujer es más propensa a la brujería que los hombres porque ellas “están más relacionadas con las cosas de la carne que los hombres; porque estando formadas de la costilla de un hombre, son sólo animales imperfectos y torcidos mientras que el hombre pertenece a un sexo privilegiado de cuyo centro surgió Cristo”. El hecho de que el Redentor fuera varón, no era casual. En efecto, la lógica masculino-femenino (Padre y Madre) = creación, que prevalece en otras religiones, se cambió por Padre, Espíritu Santo e Hijo. ¿De dónde saca el cardenal Juan Sandoval que “la única religión que ha dignificado a la mujer es el cristianismo”? Hoy en día, el reformista Papa Francisco propone superar dicha misoginia. Dice en la Encíclica Alegría del Amor: “Destaco la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación”. Lo malo es que las concepciones, prejuicios y valores arraigados durante siglos —sobre todo si presuntamente son avalados por Dios— tardan mucho en modificarse.

Profesor afiliado del CIDE.
@JACrespo1

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