De golpes, conjuras y montajes

José Antonio Crespo

No deja de ser paradójico que en la narrativa oficial se haya introducido de manera persistente la idea de un golpe –primero blando, pero que busca convertirse en duro- detrás de todo acto de críticos, disidentes y opositores. México es el país latinoamericano con mayor estabilidad política desde el siglo pasado. La última vez que hubo un golpe de Estado exitoso (después del golpe huertista de 1913 que tanto atormenta al presidente). Se trata del Plan de Aguaprieta de 1920, orquestado por Adolfo de la Huerta y Álvaro Obregón, que derrocó a Venustiano Carranza. Llevamos cien años de estabilidad política. Conforme avanzó la institucionalización del régimen, el fantasma del golpismo fue desapareciendo.       
  
Pero en este gobierno constantemente se habla de conjuras golpistas por doquier. Pero no un golpe militar, sino de críticos, adversarios y opositores a López Obrador, quien ve conjuras hasta debajo de su almohada. Hay diversas explicaciones de ello; puede tratarse de una gran paranoia del presidente (que como cada vez más colegas lo destacan, da señales de una creciente perturbación). Pero también podría ser una estrategia deliberada utilizada igualmente por los autócratas (o aspirantes); denunciar golpismo en los adversarios para eventualmente justificar medidas drásticas e incluso ilegales para detenerlos.  

Los autócratas en potencia suelen ver acciones propias de una democracia como conspiraciones golpistas, sin considerar su legalidad. Hacer crítica periodística, protestar pacíficamente en las calles (con casas de campaña volátiles o sin ellas), presentar denuncias de corrupción gubernamental, defenderse legalmente o negociar coaliciones electorales son acciones propias de una democracia. Si no hay nada ilegal en ello, no tendría por qué considerarse como golpismo, ni siquiera “blando”. De ahí las alucinaciones de Amlo sobre el huertismo de la prensa crítica. Por lo cual las ayudas estadounidenses a organismos cívicos mexicanos le evocan el Pacto de la Embajada de 1913  (de nuevo, la historia maniquea y extemporánea al servicio de Amlo). 

Que los disidentes hagan cosas que él hizo como opositor se mide bajo distinto rasero (una vez más); si Amlo hacía marchas y plantones, si exigía renuncias de funcionarios (incluyendo a presidentes), si pedía investigaciones o denunciaba corrupción, era parte de su gesta histórica. Que ahora lo hagan sus opositores y críticos es golpismo puro y duro, traición a la Patria o acaso sólo zopilotismo político. Incluso, que las autoridades electorales apliquen la ley lo percibe como una conspiración en su contra (ya también del TEPJF que se salió del huacal).  

Amlo lleva mucho tiempo furioso con Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), como lo estuvo también Enrique Peña Nieto, a cuyo gobierno le exhibieron varios trapos sucios. Y cuando alguien molesta a Amlo procede investigar sus finanzas (para lo cual la UIF ha jugado un papel esencial). Y resulta que, como muchas otras organizaciones cívicas, MCCI recibe fondos internacionales. Pero al presidente le saltó la ayuda de la Agencia Norteamericana para el Desarrollo (USAID), que a su vez es financiada por el Congreso de ese país. Algunos observadores señalan que esa Agencia está vinculada con la CIA y que ha financiado golpes de Estado. A su vez, Amlo le reclama financiar a un organismo claramente golpista en México. Pero al mismo tiempo, la Subsecretaría de Gobernación para Derechos Humanos recibe fondos de la misma Agencia; los fondos para el gobierno son humanistas, pero para organismos cívicos, son golpistas. Y de pronto, aparece en Proceso información sobre 300 mil euros donados por el partido español Podemos a Morena, lo cual sí sería abiertamente ilegal (aunque no golpista). No he visto comentarios, defensas, desmentidos o aclaraciones de los obradoristas sobre esa denuncia. Será interesante el debate y el desenlace de ese asunto.   

 

Profesor afiliado del CIDE.
@JACrespo1 
TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios