No se puede evaluar un sexenio entero por los resultados del primer año de gobierno. Por ejemplo, quienes hacen la comparación del crecimiento promedio de los gobiernos neoliberales con el 0 % de este primer año de López Obrador, incurren en un falso contraste. Es verdad que en el gobierno de Salinas el país creció al casi 4 % —lo ofrecido por AMLO—, y que en el de Zedillo lo hizo por encima del 3 %. Y que ahora el 2.1 % con que creció bajo el gobierno de Peña Nieto se vea con cierta añoranza. Pero tiene razón Carlos Slim (quien pasó de villano del neoliberalismo a adalid de la “4T”) cuando dice que el crecimiento 0 en un año no necesariamente determina a todo el sexenio. Hubo años muy malos en los gobiernos neoliberales, como el -6% con que empezó el gobierno de Zedillo, o el -0.2 % del primer año de Fox, o el -6% de 2009 con Calderón.

Se espera pues que se tomen medidas para reiniciar el crecimiento económico, como el plan de inversión de infraestructura. Con todo, en el nuevo libro de AMLO sobre Economía Moral ya no se menciona el 4% de promedio que durante años prometió, probablemente porque ya vio que la realidad va por un camino muy distinto al de la fantasía. Y no es que fuera imposible crecer a esa tasa, sino que se requiere mucho más inversión privada de la que había, lo cual exige un ambiente de confianza y certeza jurídica. Y este primer año López Obrador creó lo contrario. La cancelación de Texcoco no fue el único error cometido, pero quizá sí el más grave por la señal que mandó (además de la forma en que se “tomó la decisión”; con una consulta amañada y extralegal). Veremos si se logra incrementar esa confianza.

Viene por otro lado la concentración del poder, borrando en lo posible la división de poderes, así como la subordinación de las instituciones autónomas y órganos de control gubernamental. Eso responde al hecho de que no estamos ante un gobierno reformista, sino uno revolucionario; no es un cambio de gobierno, sino de régimen. Y una transformación profunda requiere de un poder altamente concentrado, lo cual implica borrar lo que hasta ahora se había avanzado en democracia (que en el discurso obradorista era nada). En una realidad maniquea, los espacios que se abandonan son ocupados por el mal, el enemigo, el lado oscuro del universo. Aquí no hay medias tintas, puntos medios ni matices. En esa óptica se justifica, porque es mejor la justicia social que la democracia liberal (o burguesa).

Y por otra parte se declara que ya es vigente, finalmente, el Estado de Derecho en México, que sustituyó al Estado de Chueco neoliberal. No importa que la ley se aplique selectivamente con fines políticos, como hemos visto en los casos de Bartlett y Medina Mora, que siguen en la congeladora. Ni que cuando así conviene al gobierno y su partido se pase por alto la Constitución sin el menor pudor. ¿Qué clase de nuevo régimen se está construyendo cuando opera saltándose la ley a contentillo?

Y si bien en otros planos hay buenos propósitos, como la austeridad, la seguridad, el combate a la corrupción administrativa y los programas sociales, se han aplicado con improvisación y descuido, por la prisa con que López Obrador quiere llevar a cabo su proyecto transformador. En todo caso, hay una premisa oficial que busca explicar los saldos negativos del primer año; para dar pie al México renovado, es necesario destruir los cimientos podridos que dejó la larga noche del neoliberalismo. Y por eso también al presidente le gusta decir aquello de “disculpe las molestias que las obras le generan”. Falta pasar de la etapa de destrucción a la de construcción del nuevo México.


Profesor afiliado del CIDE. @JACrespo

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