La captura de Nicolás Maduro no solo derrumbó a un dictador: dejó al descubierto una industria. El chavismo no fue solo propaganda y represión, sino una maquinaria de financiamiento paralela basada en empresas fachada, contratos inflados y rutas para evadir sanciones. Y si el régimen tuvo caja, esa caja tuvo nombre y apellido: Alex Saab.
Saab no fue un empresario que “hizo negocios” con la dictadura y luego se volvió funcionario. Fue el operador financiero del poder. Convirtió las sanciones en oportunidades y el lavado de dinero en modelo de negocio. Mientras Venezuela se vaciaba, él viajaba, firmaba, facturaba y cobraba.
Estados Unidos lo acusó de lavar cientos de millones de dólares para el chavismo. No por ideología, sino por método: intermediación internacional, sociedades de papel y países dispuestos, por acción u omisión, a servir de plataforma. Ahí aparece México. No como espectador, sino como pieza operativa.
La relación de Saab con México no es rumor. Está documentada en sanciones oficiales e investigaciones periodísticas. El primer gran capítulo fue el negocio de las cajas CLAP, el programa con el que el régimen decía combatir el hambre mientras financiaba su supervivencia. Para ese esquema se montó una red de empresas, entre ellas Group Grand Limited, registrada en México. No en un paraíso fiscal: en México. Desde aquí se articularon compras, exportaciones y contratos millonarios de alimentos enviados a Venezuela.
Luego vino el petróleo. En 2020, Estados Unidos sancionó a empresas con sede en México por operar esquemas de “petróleo por alimentos” que ayudaron al régimen a evadir sanciones y a darle oxígeno financiero a PDVSA. Otra vez, México como nodo: empresas constituidas aquí, operaciones desde aquí, beneficios para Caracas.
El caso alcanzó a instituciones mexicanas y exhibió algo más grave que una omisión: una administración política del escándalo. Hubo denuncias de la Unidad de Inteligencia Financiera, congelamientos y litigios, pero el expediente nunca avanzó hacia donde apuntaban los hechos. En lugar de seguir la ruta del dinero y las decisiones de alto nivel del gobierno de López Obrador, la respuesta fragmentó responsabilidades, blindó a la cúpula obradorista y acotó la narrativa a funcionarios de menor rango.
La captura de Maduro abrió además un frente más corrosivo: el narcotráfico. Estados Unidos acusa al régimen de encabezar un esquema de narcoterrorismo, facilitando el tráfico de cocaína con protección estatal. Las imputaciones incluyen vínculos con organizaciones criminales de la región y con cárteles mexicanos, señalados como socios logísticos dentro de una red trasnacional. Durante años fue expediente; hoy es presión política real.
A esto se suma la posición del gobierno mexicano. El gobierno de Claudia Sheinbaum y voceros de Morena no solo guardaron silencio ante las violaciones sistemáticas de derechos humanos en Venezuela. Reconocieron como legítimo el “triunfo” electoral de Maduro en 2024, pese a los señalamientos de fraude, condenaron su captura y se alinearon con quienes lo defendieron: Rusia, Irán, Cuba, Nicaragua y Turquía.
Nunca hubo una condena a la represión ni al colapso humanitario. Hubo soberanía selectiva para proteger a un régimen acusado de narcotráfico y crimen organizado. Esa defensa importa porque ocurre mientras México aparece, en los papeles, como plataforma corporativa y comercial de redes ligadas al chavismo. No es neutralidad: es toma de posición.
La caída de Maduro es una detonación de archivos. Sin el blindaje presidencial, lo que antes era denuncia empieza a convertirse en trazabilidad: rutas, empresas, bancos y contratos. Y en esa trazabilidad, México no puede fingir distancia. Aparece en los CLAP, en el petróleo y en el ecosistema criminal que conecta a Venezuela con cárteles mexicanos.
Cuando cae el poder, aparecen los papeles. Y los papeles muestran que México no fue un espectador, sino parte del engranaje. El caso Saab no es pasado: es un archivo abierto que conecta corrupción, negocios y silencio político. Cuando el jefe cae, solo queda el rastro. Y ese rastro conduce, sin rodeos, a México.
Diputado federal

