Hay crisis sanitarias que no son cuestión de suerte, ni de virus que nos llegan importados. Se van gestando entre decisiones equivocadas, omisiones acumuladas, ineficiencias y prioridades equivocadas. El rebrote de sarampión que hoy enfrenta México es consecuencia directa del abandono del sistema preventivo de salud y la falta de vacunación.

Durante décadas, nuestro país fue ejemplo internacional en materia de vacunación. Logramos erradicar el sarampión y construimos uno de los sistemas más robustos de inmunización en América Latina. Hoy, ese logro histórico desapareció en menos de una década. No porque falte ciencia, no porque falten vacunas, no porque falte dinero. Lo que falló fue aplicar las políticas públicas con seriedad, constancia y responsabilidad.

Las cifras actuales son alarmantes. México registra numerosos casos de sarampión en las 32 entidades federativas y muertes infantiles que nunca debieron ocurrir. Nuestro país concentra la mayoría de los contagios en toda la región. No es una casualidad. Es el resultado de años de abandono del programa de vacunación.

La realidad se torna escandalosa cuando se revisa el manejo del presupuesto. Entre 2022 y 2025 se dejaron sin ejercer más de 44 mil 457 millones de pesos destinados a vacunación. Siete de cada diez pesos aprobados para proteger la salud de niñas, niños y adolescentes simplemente no se utilizaron. Con ese dinero se pudieron adquirir más de 347 millones de dosis. Es decir, lo suficiente para garantizar la protección de generaciones completas.

Para dimensionar el tamaño de la omisión: cada año nacen en México alrededor de dos millones de niñas y niños. Vacunarlos a todos costaría cerca de 256 millones de pesos anuales. El recurso existía. Las vacunas existen. Lo que no ocurrió fue su aplicación oportuna.

Las consecuencias están a la vista. La cobertura de la vacuna triple viral cayó de 72.6% a 61.8%, ninguna vacuna básica alcanza el 90% necesario para la inmunidad colectiva y miles de menores no cuentan con su esquema completo. En adolescentes, la segunda dosis dejó de ser una prioridad. Así se abren las puertas a enfermedades que creíamos superadas.

El propio gobierno reconoce que el brote inició en comunidades con baja cobertura de vacunación. Es decir, la causa es clara: se dejaron desprotegidas a las personas más vulnerables, esos que según su eslogan eran los primeros.

La experiencia reciente también deja lecciones contundentes. Cuando se aplicaron campañas intensivas de vacunación, como ocurrió en Chihuahua, el brote logró controlarse. Eso demuestra que la herramienta existe y funciona.

Pero además de vacunas, hace falta información. Como lo ha señalado con claridad el diputado Éctor Jaime Ramírez Barba, hoy tenemos un sistema de salud que ni siquiera sabe con precisión quién está vacunado y quién no. México sigue dependiendo en muchos casos de una cartilla en papel —frecuentemente extraviada o incompleta— o incluso de la memoria de las familias para reconstruir los esquemas de vacunación.

Esa ausencia de un registro nominal impide planear con inteligencia, dirigir campañas a las zonas con mayor rezago y reaccionar a tiempo ante brotes como el de sarampión. Sin información individualizada, el Estado camina a ciegas: no sabe cuántas niñas y niños faltan por vacunar ni en qué comunidades se concentran las brechas de protección.

Por ello, desde la Cámara de Diputados se ha planteado la necesidad de construir un verdadero registro nominal de vacunación, acompañado de una Cartilla Nacional de Vacunación también en formato electrónico. La propuesta es sencilla pero profunda: que cada dosis aplicada quede registrada en un sistema digital, en tiempo real, con protección de datos personales, para que madres y padres puedan consultar el esquema de sus hijos, recibir recordatorios y evitar que se pierda la información.

A ello se suma un punto indispensable: garantizar por ley recursos suficientes, etiquetados y ejercidos oportunamente para vacunación. Porque cada peso que no se aplica en prevenir se traduce después en más hospitalizaciones, más gasto para las familias y más desigualdad.

En salud pública no se puede gobernar con narrativas ni con evasivas. Se gobierna con resultados. No es aceptable que, frente a un problema de esta magnitud, la respuesta llegue tarde o de manera improvisada. No es aceptable que el presupuesto aprobado para proteger vidas termine sin ejercerse mientras aumentan los contagios.

México necesita recuperar un programa de vacunación universal fuerte, moderno y transparente. Se requiere ejercer completamente los recursos destinados a la salud, contar con un registro nominal que permita identificar quién está vacunado y quién no, y mantener campañas permanentes que lleguen a cada comunidad del país, sin excepciones.

La salud de la niñez no puede depender de la suerte ni de la capacidad de las familias para encontrar una vacuna disponible. Debe ser una garantía real del Estado.

Presidente de Acción Nacional

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