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Soberanía y honor

Jorge Nuño Jiménez

En honor a don Isidro Fabela, faro de luz de la diplomacia mexicana.

Las primeras luces de mi patria las aquilaté en mi niñez; en el seno de mi hogar, comprendí que la educación no se aprende, se mama. Mis padres humildes, orgullosos y honrados me aportaron el primer “Emilio, o de la educación”. Después sería mi escuela rural primaria, herencia de las misiones vasconcelistas. Mi maestra de primaria Lupita González, enérgica, nos enseñó a leer en voz alta la homilía de la patria, del más grande mexicano, Benito Juárez: “Apuntes para mis hijos”. Enorme legado que transmití a mis hijos.

Muy joven, lleno de emoción, ingresé al Heroico Colegio Militar, por ser cuna de honor y patriotismo, yunque forjador de hombres dignos, donde se imparte una educación espartana que fomenta valores: Defensa de la soberanía y las instituciones de la República. Evoca una de las más puras tradiciones, historia, leyenda y epopeya se funden en un crisol. Sus hijos sin titubeos tomaron las armas en 1847; avergonzados de ver la República invadida, agraviada y pisoteada, ofrendaron su vida, simplemente. Son el mejor ejemplo de inspiración para la juventud actual. La nación les levantó sendas columnas de mármol como guirnaldas a estos niños para salvar el Honor Nacional.

Mis estudios en la Facultad de Derecho de la UNAM fueron una experiencia singular. Aprendí valores supremos: Soberanía y Potestad, las clases eran verdaderos banquetes de Platón, impartidas por grandes maestros que forjaron mi espíritu. Especial mención merecen: Aurora Arnais Amigo, Julián Güitrón Fuentevilla, Ignacio Burgoa Orihuela, Luis Recasens Siches, Modesto Seara Vázquez y Alberto Trueba Urbina (dirigió mi tesis de licenciatura: “El constitucionalismo social mexicano”).

Me enseñaron que la soberanía dimana del pueblo y se erige en su beneficio; la potestad es la obligación del gobernante de “mandar obedeciendo”, acatando la voluntad del pueblo y la Constitución de la República.

Mis lecciones de Derecho Internacional se cristalizaron en la ONU, la UNESCO, el CEESTEM, vinculándome a los temas del Estado, el desarrollo y la paz.
En aquella época visitaba EU, donde estudié los valores de su pueblo, costumbres, historia y tradiciones que siempre respeté y fui respetado.

En una de mis visitas a Nueva York, me llevó a ser testigo de la peor calamidad contemporánea: El ataque terrorista a las Torres Gemelas aquel fatídico 11 de septiembre de 2001 (tenía un desayuno en este lugar, llegué tarde, me salvé de milagro).

En ese entonces estudiaba “La huella de México en las Naciones Unidas”, a don Alfonso García Robles, premio Nobel de la Paz, “el proceso de descolonización de Asia y África”, la “libre autodeterminación de los pueblos”, “la no intervención, solución pacífica de las controversias y respeto al derecho ajeno”.

En memorable desayuno en aquella época con el secretario general de la ONU Boutros Boutros-Ghali y su brillante subsecretaria, la excanciller mexicana que había colaborado en este instituto, Rosario Green, tocamos temas del futuro: El derecho a la justicia y el desarrollo de países pobres y atrasados como era China.

Al final del desayuno lancé una pregunta ingenua: ¿Si EU negocia con sus enemigos, por qué no negocian con sus amigos como México?

Director del CEESTEM

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