Huellas de José Martí en México (I)

Jorge Nuño Jiménez

El 8 de febrero de 1875 llegó José Martí a Veracruz en el transatlántico City of Mérida procedente de Nueva York. Al observar las candilejas del puerto jarocho, recargado en la baranda de cubierta emocionado contemplaba el perfil de la ciudad, observaba la aduana y el viejo convento de San Francisco, entre siluetas y sombras de la noche.

Poco después toma el ferrocarril, que serpenteaba en la cordillera de la Sierra Madre Oriental, contempla impresionado la belleza del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl con sus cumbres cubiertas de nieve que parecían centinelas del silencio, guardianes de inmensos tesoros, de pueblos indígenas que habían sido conquistados en el siglo XVI por los españoles.

Al día siguiente el tren llegó finalmente a la estación central de la Ciudad de México. Desde la ventanilla observó entre el bullicio a un hombre alto ancho de hombros que era su padre, don Mariano Martí. Al bajarse del tren emocionado y conmovido corrió hacia su padre, fundiéndose en un fraternal abrazo.

Don Mariano iba acompañado de don Mariano Mercado quien influiría poderosamente en su estancia en México. Observó que su padre estaba vestido de luto. Su padre le dijo: hijo mío, hace pocos días que enterramos a tu hermana Ana.

Don Mariano se dedicó a proveer al ejército republicano de ropas y uniformes. Sus padres pasaban penurias y dijo en aquel entonces: “pobres son los verdaderos héroes de la vida”.

Al llegar a la casa de la familia Martí, sostuvo una larga charla con su madre. Al quedarse solo inspirado escribió un poema, lo dedicó a sus padres, la verdadera causa era su hermana Ana, fallecida el 6 de enero de 1875, al siguiente día fue a la tumba.

Tiempo después le preguntó a su padre, quién era don Mariano. Le participó que un político, había sido diputado, senador, que en aquellos días ocupaba la Secretaría de Gobierno federal y ayudaba mucho a la familia Martí a pasarla sin mayores penalidades.

Mercado fue el hombre providencial, estableció una extraordinaria amistad y lo llevó a conocer a don Manuel Ocaranza maestro de pintura que era el prometido de su hermana Ana. Le dijo Mercado: “Ustedes dos se van a entender perfectamente bien”. Ocaranza pintaba el retrato de Ana.

Cuando llega a México solo tenía 22 años, era un hombre de regular estatura, romántico y soñador entregado a la quimera de sus sueños preparado para sus mejores poemas. En México escribiría en primer lugar “Magdalena”, una joyita que salta y brilla por sí sola; posteriormente escribió “Alfredo” y otro poema más, “Sin amores”.

Su idea primitiva era ejercer la abogacía en nuestro país, lo cual no era posible. Decidió entonces dedicarse al periodismo al que calificaba como “profesión y cátedra en tiempos de paz, ariete formidable en posguerra".

Mercado tomó un verdadero interés en abrirle camino facilitando unas tareas en el periódico “El federalista” y lo llevaría a conocer a dos cubanos influyentes, a don Pedro Santacilia, casado con una hija de don Benito Juárez; también le presentó a Antenor Lescano, muy bien relacionado con la prensa mexicana.

Santacilia lo presentó a la Revista El Universal, recomendándole a su editor don José Vicente Villada, personaje de la situación y partidario de don Sebastián Lerdo de Tejada, quien había sucedido al presidente Benito Juárez en la presidencia de la República.

Martí le ofreció a Villada aquellos poemas que había escrito en esos días y la traducción de otros más, los cuales comenzaron a publicarse en la revista.

José Martí no dejaba de asistir a la redacción de la revista todos los días. Este joven reunía una inspiración profunda ganándose la simpatía de los liberales juaristas mexicanos.

Se ganó la simpatía de círculos literarios dejando una huella profunda en México, donde se nutriría de ideas para la independencia de Cuba, sellando un compromiso histórico de las dos repúblicas.

 

Internacionalista.
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