Benito Juárez ocupa un lugar eminente en la historia de México y lo tiene bien ganado. No por una devoción acrítica ni por la costumbre de repetir su nombre en ceremonias públicas, sino por la magnitud de lo que representó —y sigue representando— en un momento decisivo para la nación. En su figura convergen el estadista que defendió la República cuando ésta parecía naufragar, el reformador que ayudó a desmontar privilegios incompatibles con la igualdad y el gobernante que entendió que la construcción del Estado moderno exige ley, firmeza y sobre todo sentido ético.

Juárez pertenece a ese reducido grupo de mexicanos cuya trayectoria no puede explicarse sólo por los cargos que ocuparon, sino por la huella que dejaron en la arquitectura moral y política del país. Su defensa de la soberanía frente a la intervención extranjera, su papel en la consolidación del Estado laico y su insistencia en la primacía del orden constitucional, lo convirtieron en una referencia mayor de la tradición republicana mexicana. No fue únicamente un presidente relevante. Fue uno de los nombres bajo los cuales México aprendió a pensarse como una República de ciudadanos y no como una suma de privilegios heredados.

Hay, además, en su biografía, un componente que explica buena parte de su permanencia simbólica. Juárez encarna la idea de que el mérito, la disciplina y la formación pueden abrirse paso incluso en contextos de profunda desigualdad. Su ascenso desde un origen adverso hasta la conducción del país no sólo tiene valor histórico; tiene también un poder cívico y pedagógico que ha marcado por generaciones el imaginario nacional. En él se reconocen la perseverancia, la sobriedad y una noción austera del poder que todavía hoy conserva sentido moral. Por eso su lugar en nuestra historia no depende del protocolo, sino de la fuerza de sus hechos. Pocos personajes han contribuido tanto a delinear el país que México quiso —y quiere— llegar a ser.

Pese a ello, o precisamente por ello, hay incongruencias en nuestro tiempo resultan tan visibles. Hay quienes admiran a Juárez, pero no siempre aceptan las exigencias de su legado: lo invocan como símbolo, mientras eluden en la práctica los principios que le dieron grandeza; le rinden homenaje, pero al mismo tiempo toleran o promueven formas de ejercicio del poder reacias a los límites, ambiguas frente a la ley y dispuestas a subordinar las instituciones a intereses personales o de grupo. Para muchos personajes que intentan abrirse paso en el ecosistema político mexicano y que aspiran a altos cargos públicos, Juárez es una figura irreprochable en el discurso, pero visiblemente incómoda, ajena, en su conducta personal. Los ejemplos abundan; basta con ver historias de lujos y dispendios logrados —y que se defienden— al amparo de un poder que exige austeridad y moderación como nunca antes.

Juárez merece, sin duda, el lugar que ocupa. Lo que no merece es que su nombre sirva para disimular la distancia entre los principios que se proclaman y las prácticas que se toleran. Su grandeza histórica no está en adornar la vida pública de algunos, sino en recordarnos que la República sólo se honra de verdad cuando sus valores dejan de ser retórica y se convierten en conducta cotidiana.

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