Osmer, un adolescente de 15 años publicó en redes sociales imágenes de un fusil. Nadie hizo nada. Días después entró a su escuela en Lázaro Cárdenas y mató a dos maestras. La criminología tiene nombre para eso que nadie atendió: leakage. La filtración de intenciones antes del ataque. Ocurre en la mayoría de los tiroteos escolares documentados. El agresor avisa. De distintas formas, con distintos grados de claridad, pero avisa. Y casi siempre hay alguien que vio y no supo, no pudo, o no quiso actuar.
Esa es la primera lección que este caso deja, y es incómoda: la tragedia raramente es imprevisible. Es ignorada.
La segunda lección viene de lo que la literatura especializada, incluidos los estudios del FBI y del Secret Service sobre violencia escolar dirigida, documenta sobre este tipo de agresores. No existe un perfil único. En algunos casos el factor dominante es una historia de victimización: bullying sostenido, humillación sin respuesta institucional, abandono afectivo. En otros lo que predomina es la ideación grandiosa, la búsqueda de notoriedad, o la identificación con atacantes anteriores, lo que la criminología llama efecto de contagio. En México ese último elemento no ha sido suficientemente estudiado, pero la secuencia Monterrey, Torreón, Michoacán sugiere que ya no puede ignorarse. Algunos de estos jóvenes no solo están rotos. También están mirando a otros que hicieron lo mismo.
Lo que sí aparece de manera consistente en todos los casos es la variable que resulta decisiva: el acceso al arma. Una crisis emocional severa en un adolescente es un problema clínico y familiar. Esa misma crisis con un fusil de alto poder al alcance es una amenaza pública. Son categorías distintas. Alguien tenía esa arma. Alguien decidió, o simplemente no decidió nada, sobre dónde la dejaba. La negligencia grave en ese punto tiene consecuencias jurídicas concretas y debe investigarse sin contemplaciones.
Hay una tercera dimensión que evitamos porque nos compromete más directamente. Los vínculos sociales funcionan como factor protector. La presencia de adultos con autoridad moral reconocida, la pertenencia a estructuras que exigen y contienen, los límites claros y consistentes: todo eso reduce el riesgo. Y todo eso lo hemos erosionado. Confundimos proteger con no exigir. Convertimos la disciplina en sospecha. Le vaciamos de autoridad al maestro y luego nos sorprendemos de que algunos jóvenes crezcan sin ningún referente que los contenga. Un adolescente sin vínculos que lo anclen no crece libre. Crece expuesto.
Y cuando ese adolescente expuesto encuentra en la pantalla un modelo de lo que puede hacer, y en el cajón de su casa el instrumento para hacerlo, y en su historia una acumulación de agravios que nadie atendió, el resultado deja de ser un misterio. Se vuelve, dolorosamente, comprensible.
El muchacho apretó el gatillo. Eso no tiene vuelta. Pero avisó antes. Y en ese aviso que nadie atendió está la pregunta que nos corresponde responder a nosotros.
Abogado Penalista. X: JorgeNaderK
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