Hay instituciones que el país aprende a valorar con el tiempo. El Instituto Nacional de Ciencias Penales pertenece a esa clase. Su creación, el 22 de junio de 1976, respondió a la intuición fundadora de que la justicia penal necesitaba una casa donde se pensara con seriedad lo que tantas veces se hace con prisa y, con demasiada frecuencia, mal.

Medio siglo después, el Inacipe conserva peso y prestigio dentro y fuera de México. El país ha cambiado de códigos y de lenguaje público. El proceso penal mira de otra manera a la víctima y a la prueba. El delito mismo se ha desplazado hacia territorios que en 1976 parecían ciencia ficción. Sin embargo, tantos cambios no han reducido la exigencia de fondo, sino que la han vuelto más urgente: cuando el Estado toca la vida de una persona desde la justicia penal, debe hacerlo con conocimiento. Sin esa base, la ley pierde sentido y puede volverse simple fuerza. En una investigación mal hecha, la víctima vuelve a quedar frente al vacío. Cuando la política criminal nace del enojo, el resultado suele parecerse al problema que prometía resolver. La justicia penal se deteriora cuando camina sin ciencia y sin formación.

Esa convicción ha guiado al Inacipe durante cinco décadas. Sus aulas han acompañado a quienes después trabajan en fiscalías. Sus libros han circulado donde se discuten las preguntas difíciles del derecho penal. Pero su mayor aportación quizá resida en recordar que el castigo estatal requiere razones y que la procuración de justicia necesita ciencia, método y ética antes que rutinas. No es casualidad que desde 2021 el Inacipe forme parte del ámbito de la Fiscalía General de la República; su lugar natural es junto a quienes investigan y acusan.

El contexto que enfrenta hoy esa misión es exigente. La extorsión y el desplazamiento forzado ya forman parte del miedo cotidiano en muchas comunidades. La violencia, los ciberdelitos, las desapariciones y las afectaciones a los grupos de atención prioritaria abren heridas que ninguna estadística alcanza a explicar. Frente a ese mapa, las ciencias penales deben resistir, mirar con rigor y desarrollarse con sentido humano.

De ahí que el Inacipe tenga que ser una institución incómoda, aunque no en el sentido estridente de la palabra. Su incomodidad debe ser científica. Preguntar si una política pública está funcionando o si una práctica sirve de verdad o se repite únicamente por costumbre. Una academia que acompaña al Estado también debe ayudarlo a corregirse.

Celebrar cincuenta años exige gratitud hacia quienes pusieron los cimientos y sostuvieron la casa en épocas difíciles. Esa presencia vuelve entrañable la fecha, pero también la vuelve exigente. El aniversario que festejamos tendría poco sentido si se detuviera en las celebraciones, las formas o una placa conmemorativa. La mejor forma de honrar al Inacipe consiste en exigirle futuro. México necesita una justicia penal que piense antes de actuar y que actúe mejor porque pensó. Esa idea explica la esencia del Instituto y la misión de quienes lo dirigimos.

Ojalá que los próximos cincuenta años encuentren al Inacipe donde debe estar. Cerca de la ciencia, cerca de las víctimas, cerca de la justicia penal y cerca de la gente.

Abogado penalista. X: @JorgeNaderK

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dft

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