Cuando hablamos de derechos humanos solemos pensar en libertad, igualdad, justicia. Pero hay un derecho silencioso, profundo, que sostiene a todos los demás: el derecho a recordar quiénes somos.

Ese derecho incluye:

La memoria histórica que no permite que se borren nuestras raíces, luchas, lenguas, dolores y victorias.

La memoria cultural, la que implica preservar las prácticas que nos hicieron pueblo: la cocina, música, rituales w incluso los modos de hablar.

La memoria afectiva donde se reconoce que nuestras historias familiares también son patrimonio.

La memoria territorial: entender que un platillo, un olor o un ingrediente, son mapas de identidad.

Aquí entra la cocina ancestral como un ejemplo perfecto.

La cocina no es solo técnica: es archivo, resistencia y transmisión.

Cada receta que se presentó en Recetario Manrique de Cocina Campechana, en Fundación Herdez, es un documento histórico, un testimonio de supervivencia, un puente entre generaciones u una forma de decir “esto somos y esto seguimos siendo”.

La cocina es un derecho porque sin memoria alimentaria no hay identidad posible.

Y cuando una institución como Fundación Herdez abre sus puertas para celebrarla, está ejerciendo y protegiendo ese derecho.

¿Por qué el derecho a la memoria está invisibilizado?

Porque la memoria incomoda al poder. Recordar implica nombrar lo que se quiso borrar: injusticias, violencias, despojos, silencios impuestos, historias que contradicen la versión oficial.

La memoria es un acto de soberanía ciudadana. Y los Estados suelen preferir archivos controlados, no memorias vivas. Por eso este derecho no se formula explícitamente: porque obliga a rendir cuentas.

De manera simultánea, el derecho moderno protege propiedad, libertad, integridad. Pero la memoria es intangible, colectiva, afectiva y simbólica.

No es fácil “codificar” legalmente una receta, un olor, un ritual, una lengua, una forma de cocinar el maíz o una historia familiar. Y sin embargo, eso es lo que sostiene la identidad de un pueblo.

El derecho a la memoria es demasiado humano para un sistema jurídico que nació para proteger bienes, no raíces.

Sin embargo, la memoria es resistencia y acto político: recordar es no permitir que nos definan desde afuera.

Por eso se posicionan en la narrativa los pueblos originarios, las comunidades afrodescendientes, las cocineras tradicionales, los archivos familiares, las abuelas que transmiten recetas…todos ellos ejercen memoria como resistencia. Y lo que resiste, incomoda.

La cocina es un archivo vivo. Cada platillo campechano presentado en Fundación Herdez es un documento histórico que dice: “Aquí hubo mar y hubo pueblo.”, “Aquí hubo mujeres que sostuvieron la vida.”, “Aquí hubo mezcla, dolor, abundancia, migración.”, “Aquí hubo identidad antes de que existiera el Estado.”

La cocina ancestral desnuda la historia real, no la oficial. Por eso se invisibiliza: porque recuerda lo que no conviene olvidar. La memoria no se puede vender, patentar, registrar como propiedad exclusiva. La memoria es de todos y de nadie. Es comunitaria, libre y expansiva.

Y lo que no genera control ni ganancia suele quedar fuera del radar jurídico.

Rector del Colegio Jurista

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