Después de titubeos iniciales, México finalmente condenó la invasión a Ucrania. Desde entonces, sus votos en el Consejo de Seguridad ( CSONU ) y la Asamblea General de Naciones Unidas (AGONU) han sido los correctos. Sin embargo, en las mañaneras hemos escuchado ambigüedad en el mejor de los casos. Se habla de neutralidad, se cita absurdamente el principio de no intervención y se anuncia que México no se sumará a las sanciones contra Rusia.

A las muletillas se han sumado tecnicismos para justificar que México se mantenga al margen de las sanciones a Rusia y se genere una ambivalencia que, se cree, conviene al país. Académicos y expertos argumentan que México sólo debería sumarse a sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad. La presidenta del Senado, Olga Sánchez Cordero, repite el mismo razonamiento cuando responde a una carta del senador Bob Menendez, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EU, y afirma que México nunca ha impuesto sanciones unilaterales. La tesis es a la vez contradictoria y falsa.

Es contradictoria porque Rusia tiene derecho de veto y, por tanto, no hay forma en que el CSONU pudiera aprobar sanciones en su contra por la invasión a Ucrania, bajo ninguna circunstancia y sin importar la gravedad de la situación. Resulta razonable asumir que, por tanto, México no impondría ni se sumaría nunca a las sanciones contra Rusia , como tampoco lo haría contra cualquier otro miembro permanente del Consejo de Seguridad, sin importar su comportamiento presente o futuro. Atarse las manos no está en el mejor interés de México. Por ello, los criterios para determinar si nuestro país sanciona o se suma a sanciones contra un miembro permanente del CSONU tendrían que ser otros, como podrían ser violaciones de la Carta de Naciones Unidas y el derecho internacional, la gravedad de los crímenes cometidos, la profundidad de la crisis humanitaria generada. Resulta evidente que la invasión rusa a Ucrania cumple con estos y muchas otros “merecimientos”.

La tesis es también falsa porque, además del envío de equipo militar a la República durante la Guerra Civil española y dinero para comprar armas a los sandinistas, México sí ha impuesto sanciones unilaterales a otros países, aunque han sido pocas y aisladas. Sumada a la suspensión en los Olímpicos del 68, por ejemplo, México negó las visas al equipo Copa Davis de Sudáfrica para jugar las eliminatorias del torneo en nuestro país en 1975 con base en una resolución de la Asamblea General y no del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (3424/XXIX, denominada Política Apartheid de Sudáfrica). Ello implica que, si solo fuera una cuestión de precedentes, la resolución de la AGONU sobre Agresión contra Ucrania, adoptada el 1 de marzo pasado con 141 votos (México incluido), debería bastar para que nuestro país impusiera o se sumara a las sanciones contra Rusia impuestas por gran parte de Occidente.

Dicho lo anterior podríamos estar cometiendo un error al buscar desesperadamente precedentes para justificar o descartar sanciones en contra de Rusia, dado que nada de lo acontecido desde la Segunda Guerra Mundial resulta comparable y lo que sucede en Ucrania cada día más nos recuerda a 1938-39. Por ello, llamados a la neutralidad o insistir en que los mexicanos somos un pueblo pacífico están fuera de lugar. Es momento de tomar partido. México comparte historia, cultura, geografía, valores, vínculos familiares e intereses económicos con los países de Occidente. Ellos son los aliados de México. Deberían serlo también de nuestro gobierno.

Diplomático de carrera por 30 años, ex-embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos
@amb_lomonaco

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