Hace unas semanas escribí en estas páginas que la caída de Maduro podría ser inminente. Desde entonces, la designación del dictador venezolano como cabeza de una organización terrorista ha ampliado los márgenes legales de la administración en EU. El impresionante despliegue militar estadounidense sigue creciendo y es mucho más que lo necesario para bombardear presuntas “narcolanchas”. Podría ser el prólogo de una invasión, ataques aéreos o una extracción, pero podría ser también una forma de intimidación para precipitar una traición del ejército y propiciar una salida negociada porque, ¿qué sentido tendría retirar una poderosísima fuerza militar sin lograr objetivos proporcionales a su costo estratégico y económico? …a menos que se trate de otra carísima simulación trumpiana. Sabemos que Maduro conversó con Trump sin llegar a nada. Quiere dialogar, pero no parece dispuesto a ceder, ofreciendo elecciones a cambio de, entre otras demandas, un período de transición y control de las fuerzas armadas. EU rechazó tal arreglo. Para complicar el drama, Cuba habría amenazado con matar a Maduro si renunciaba, mientras Trump “cerraba” el espacio aéreo venezolano.
Así las cosas, por ahora no queda más que especular. Una operación militar, a menos que fuera quirúrgica, sería desastrosa para todos. Una salida negociada seguramente incluiría un salvoconducto para que Maduro y su familia se refugien en algún país que los acoja (¿Turkiye?). A muchos, en particular las víctimas del régimen, les revolvería el estómago ver al dictador libre, disfrutando de lo robado, sin rendir cuentas ni pagar por sus crímenes. La justicia sufriría considerablemente, pero se evitaría un baño de sangre, una mayor destrucción de las instituciones venezolanas y otro golpe a un sistema internacional basado en reglas. La comunidad internacional se ahorraría justificadas aunque inconsecuentes discusiones sobre violaciones a la Carta de la ONU y, en general, el derecho internacional. En el ámbito internacional habría unas cuantas voces aisladas de crítica más motivadas por sesgo ideológico y rivalidad con EU que por convicciones.
Pero no hay que engañarse. Deshacerse del tirano sería solo el principio. La tarea por delante sería mucho más compleja: gobernar y reconstruir una nación destrozada, con una sociedad polarizada y dividida. Para ello, resultaría indispensable resolver muchas cuestiones controvertidas, incluyendo, entre otras, algunas vitales como: ¿quién encabezaría la nueva administración venezolana?, ¿sería un grupo colegiado o un individuo?, ¿ sería un gobierno de transición mandatado para convocar elecciones inmediatas o uno más permanente?, ¿cuál sería su legitimidad?, ¿cómo se garantizaría la estabilidad?, ¿qué instancias se harían cargo de la seguridad?, ¿cómo se reconstruirían las instituciones?, ¿EU financiaría la transición a cambio del control del petróleo?. Trump podría ungir a un chavista como sucesor con tal de declarar una victoria fácil. Sería una traición a la lucha democrática. En cualquier escenario, el presidente estadounidense haría muy bien en recordar la consigna de Pottery Barn, la cadena de artículos para el hogar a la que aludió Colin Powell a cuento de Irak: you break it, you own it.
Aunque para muchos la incógnita ya no es si el dictador cae, sino cuándo y, sobre todo, cómo, no podemos descartar que Maduro gane de nuevo la partida de póker, esta vez a Trump, a quien el venezolano haría un par de concesiones menores pero importantes para que el energúmeno estadounidense salve cara. Y que nada cambie para los sufridos venezolanos.
Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos. @amb_lomonaco

