México ha reaccionado de manera extraordinaria ante la amenaza de aranceles estadounidenses. La lista de concesiones a Trump acumuladas en un año supera con mucho en alcance y profundidad a aquellas hechas por gobiernos supuestamente más “entreguistas” durante todo un sexenio: trabajo sucio de contención migratoria, entrega de aguas binacionales a costa del consumo nacional, destrucción de laboratorios de fentanilo (inexistentes según AMLO), expulsión a EU de casi un centenar de delincuentes sin debido proceso, regreso de aerolíneas estadounidenses de carga al AICM, aranceles a productos asiáticos, suspensión del envío de petróleo a Cuba. En público, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha sostenido una retórica soberanista y patriotera pero es evidente que, en privado, ha sido muy dócil con EU. Todo un contrasentido para un régimen que se presume “progresista” hasta que se confirma una enorme vulnerabilidad y larga cola.

A los aranceles se ha sumado la amenaza de ataques de EU a “narcoterroristas” en territorio nacional, incluso por tierra. En otras palabras, operativos militares estadounidenses en México. Las advertencias de Trump hacia nuestro país se han incrementado significativamente desde la extracción forzada de Maduro. Además de rechazar repetidamente la “ayuda” estadounidense para acabar con organizaciones criminales, la presidenta Sheinbaum ha exigido respeto a la soberanía y, mediante declaraciones reiterativas, ha construido un mantra para ella y su gobierno: cooperación o colaboración con EU, pero sin sumisión. En ocasiones ha hecho llamados vacíos a la unidad nacional, con frecuencia ha recordado enmiendas a la Constitución que prohíben intervenciones extranjeras —como si ello detuviera a Trump— y ha asegurado que contamos con el himno nacional como una especie de detente de último recurso. Sin embargo, con pragmatismo quizás previsor, la Presidenta ha preferido tranquilizar a la opinión pública en lugar de movilizar y atizar el sentimiento antiyanqui.

Algunas de las razones del rechazo a operativos estadounidenses son compartidas por la gran mayoría de los mexicanos: dignidad, independencia, recelo y desconfianza ante las verdaderas intenciones de EU, temor a una exacerbación de la violencia, riesgo de víctimas inocentes. Otras preocupaciones del gobierno son mucho más difíciles de defender, algunas incluso inconfesables: desde “humanismo mexicano” con los criminales, hasta protección de políticos comprometidos con el crimen organizado, pasando por la exhibición de empresarios cercanos al régimen, rupturas al interior de Morena y furia en Palenque.

No obstante, se acumulan evidencias de que fuerzas estadounidenses ya estarían operando en territorio nacional. Las dudas son sobre la forma y el grado de intromisión, no sobre el hecho mismo. Si es así, ¿porqué continúa amenazando Trump? Tal vez sea postureo, una forma de preservar la imagen de dureza frente a México con su base. Pero podría ser, como se especula ampliamente, que el presidente estadounidense exige la entrega o captura de políticos vinculados al narcotráfico, sobre todo de Morena, y Sheinbaum no ha cedido. Si fuera lo segundo, la Presidenta se estaría quedando sin opciones y sería solo cuestión de tiempo antes de verse forzada a entregar cabezas o, para salvar cara y normalizar la nueva realidad, caracterizar incursiones estadounidenses como operativos conjuntos, coordinados con EU.

A Trump le vendría muy bien un golpe espectacular en México antes de las elecciones intermedias. La gran pregunta entonces no es qué hará el estadounidense, sino si el pacto de impunidad que sostiene a Morena resistirá.

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