El Partido Popular (PP) se fundó en 1989 tras la crisis que sufriera su antecesor, Alianza Popular. Pese a sus orígenes y sus coqueteos con el franquismo, el PP fue concebido como una alternativa moderada, de centro derecha, para disputar el poder al PSOE dentro del sistema y con lealtad a las instituciones construidas a partir de la transición democrática. En pocos años los populares se convirtieron en el principal partido de oposición hasta alcanzar el poder en 1996. Desde entonces el gobierno de España ha estado en manos de esas dos grandes fuerzas políticas.
Pese al surgimiento de agrupaciones políticas en el medio y a la derecha y la izquierda del PP y el PSOE, respectivamente, ambos partidos gobernaron en solitario entre 1982 y 2019, disfrutando mayorías parlamentarias y ejerciendo en los hechos un monopolio sobre su respectivo ámbito ideológico. No más. El PSOE se ha visto obligado a pactar gobiernos de coalición, incluyendo el que encabeza en la legislatura actual que, con minoría parlamentaria, enfrenta inestabilidad, escándalos y parálisis. Sin embargo, el gobierno ha resistido y Pedro Sánchez mantiene el control de la agenda de la coalición a pesar de la acumulación de problemas y de concesiones impopulares a sus socios, en particular los independentistas.
El PP ha enfrentado un desafío todavía más complejo a su hegemonía sobre la derecha, a cargo del ultraconservador y ultranacionalista Vox, que ha explotado el descontento de los votantes —sobre todo hombres jóvenes— con una agenda populista y la repetición de mentiras. La reacción de los populares ante el reto de Vox han sido genuflexiones hacia una agrupación que ha normalizado a violentos grupúsculos fascistas, falangistas y franquistas. Para lograr la investidura de varios presidentes de comunidades autónomas, el PP ha implementado políticas culturales, sociales y económicas de Vox como el negacionismo al cambio climático y la violencia de género; ha hecho suya la agenda antiinmigrante, xenófoba, con tintes de limpieza ética de ese partido; se ha negado a condenar agresiones contra militantes de izquierda; ha forzado a las mujeres madrileñas a practicarse abortos fuera de su comunidad; ha apoyado acusaciones judiciales frívolas basadas en libelos de “sindicatos” de extrema derecha e, incluso, ha hecho campaña con provocadores y acosadores en la órbita ultra. La desesperada estrategia ha resultado desastrosa para los populares: cuanto más se parecen a Vox, más crece el partido ultraderechista a costa del PP. En lugar de que el pez grande se coma al pequeño, el PP podría ser devorado por Vox.
La gran ironía es que mientras que el PP habla y actúa como un partido de extrema derecha, muchos españoles lo consideran todavía una agrupación liberal. Es como si imaginaran al PP como desearían que fuera y no en lo que se ha convertido. ¿A qué se debe? Tal vez sea negación o una mezcla de vergüenza con proyección. Por un lado, la democracia española necesita un partido de centro derecha, leal al Estado y, por tanto, sus votantes anhelan que el PP lo sea. Por el otro, hay electores que querrían votar por una oposición viable, civilizada, no tanto por ser de derechas sino por estar hartos del PSOE o porque no soportan a Sánchez. Pero, al final, se trata de una ilusión: el PP ya no es derecha moderada.

