Un roedor es perseguido por un depredador y no tiene posibilidad alguna de sobrevivir en la pradera. Hábilmente lo lleva a una madriguera. El poder y tamaño del depredador resultan inútiles en el pequeño espacio, incluso contraproducentes. Podría derrumbar el refugio, matar al roedor pero morir en el intento. Opta por dejar escapar a su presa. La técnica es tan vieja como el mundo animal. Ocurre también entre humanos: desde el enjuto peleador que engaña al matón del barrio y lo lleva al callejón para dejarlo sin opciones hasta guerrillas que usan la fuerza o envergadura del enemigo para resistir e incluso vencer a ejércitos infinitamente más numerosos y poderosos.

Con la misma técnica de guerra asimétrica, Irán ha arrinconado a Trump en Ormuz. El estadounidense no puede proteger el estrecho sin reventar la economía mundial y cavar su tumba política. Un rival más débil, prácticamente destruido, ha puesto de nuevo a la superpotencia contra la pared. Como lo hicieron los vietnamitas o talibanes. Pese a la experiencia en Irak o Afganistán, Trump prefirió hacer caso a las “corazonadas” de su yerno, que advertía “un ataque inminente”. Desesperado, el presidente estadounidense ha pedido ayuda a sus aliados y a China. "No es nuestra guerra”, respondieron varios. Ahora, Trump improvisa erráticamente, recula de nuevo y manipula mercados. Horas después de lanzar un ultimátum con la amenaza de destruir instalaciones civiles, anuncia una “pausa” de cinco días mientras envía tropas. Bombardea y, simultáneamente, levanta sanciones al petróleo iraní. Aunque reescribo esta columna por enésima vez sigo viendo, grosso modo, tres escenarios posibles:

1) Una guerra prolongada o “forever war”, en abierta traición a un pilar del trumpismo. ¿Consecuencias? Más frentes y actores, tropas en el terreno, mayor número de víctimas y daños ambientales, crisis energética y humanitaria, economías en ruinas, fortalecimiento de Rusia y China y derrota extraordinaria de los republicanos en las elecciones de noviembre. Se aceleraría la carrera armamentista con la posible emergencia de nuevos poseedores de bombas nucleares, como Arabia Saudita.

2) Salida unilateral del conflicto. Pese a Israel, Trump declararía victoria, sea lo que sea que eso signifique, incluyendo con respeto a Ormuz. El régimen iraní resistiría y reconstruiría su programa nuclear, Netanyahu se inventaría otra guerra para sobrevivir políticamente y el mandatario estadounidense heredaría al mundo una nueva generación de yihadistas sedientos de venganza.

3) Negociación. La alternativa más complicada y menos probable. Ambas partes tendrían que salvar cara. EU haría concesiones significativas a Irán y el arreglo sería muy parecido al acuerdo nuclear de Obama: un programa pacífico, con inspecciones robustas pero sin sanciones. Cambiarían las caras pero la teocracia iraní quedaría prácticamente intacta. Toda una década perdida.

Aunque unos son peores que otros, todos los escenarios son malos porque, aun haciendo a un lado al derecho internacional, emanan de un error potencialmente catastrófico, un pecado original: la “pequeña excursión”, como llama Trump a la guerra contra Irán. Una guerra prolongada sería un desastre para el mundo —incluidos EU e Israel—, salvo para China, Rusia y Netanyahu en lo personal. La menos mala para las democracias liberales y la paz global sería una negociación. Pero, cualquiera que sea el desenlace, la situación, miles y miles de muertos y refugiados después, no será mejor que lo que era antes. Quizá, mucho peor.

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