En un momento donde el multilateralismo está al borde de la fragmentación y una nueva multipolaridad basada en la fuerza intenta consolidarse como nuevo modelo, la palabra soberanía pareciera un concepto anacrónico.

Y aunque se invoque a diario en discursos, permanezca en constituciones o la agitamos como bandera frente al extranjero, pocas veces nos detenemos a preguntarnos si sigue significando lo mismo que creíamos… o si ya no significa lo que creemos.

Porque hoy la soberanía no se pierde con una invasión militar. Lo hace de formas más sutiles pero su contundencia es innegable.

Antes, la soberanía era territorio, fronteras claras, ejércitos visibles, enemigos reconocibles. El mapa mandaba. Quien controlaba la tierra, controlaba el poder. El Estado era una fortaleza: muros, leyes, moneda, ejército. Todo dentro, todo bajo control. Al menos en teoría.

Ese mundo ya no existe.

Hoy el poder no siempre pisa suelo ni es pura materialidad. Ahora flota, circula y se aloja en datos, en mercados, en algoritmos, en narrativas. Y ahí es donde empieza el verdadero problema: seguimos hablando de soberanía como si estuviéramos en el siglo XVII.

Un país puede tener territorio, ejército y constitución … y aun así no ser plenamente soberano.

¿Por qué? Porque sus recursos naturales estratégicos están embargados. Porque no controla su moneda. Porque su deuda implica sumisión. Porque su infraestructura digital pertenece a corporaciones extranjeras. Porque sus datos viajan sin regulación. Porque su narrativa pública se dirige desde fuera. Porque su estabilidad y gobernabilidad depende de factores que no le pertenecen.

La soberanía hoy es un sistema, no un atributo único y mucho menos un discurso o un posicionamiento público.

La soberanía tiene hoy varias aristas para su comprensión; la económica, la energética, la tecnológica, la informativa, la institucional. Y, quizá la más olvidada, soberanía cultural: la capacidad de una sociedad de reconocerse a sí misma sin desprecio ni tutela.

Hoy se puede debilitar un país sin ocuparlo. Basta con erosionar su cohesión, presionar su economía, condicionar su financiamiento, intoxicar su debate público y esperar. La soberanía cae por agotamiento, no por asalto.

Por eso resulta ingenuo —cuando no absurdo— reducir la soberanía a un discurso de autosuficiencia o aislamiento. Ningún Estado moderno es plenamente autosuficiente. En la era de hiperconectividad todos negocian, todos ceden. La pregunta no es si se cede soberanía, sino dónde, cuánto y a cambio de qué.

Los Estados inteligentes no defienden todo; protegen el núcleo. Identifican qué áreas son estratégicas y ahí no improvisan. El resto se negocia. El problema aparece cuando el núcleo se entrega y lo accesorio se defiende con retórica.

Hay países que presumen soberanía política mientras su economía está hipotecada. Otros hablan de independencia mientras sus datos son ajenos. Algunos se declaran libres mientras su narrativa pública es ejecutada como guerra cognitiva.

La soberanía hoy no se grita; se administra, se ejecuta estratégica y tácticamente. No basta la proclama; se debe construir. Y, sobre todo, no es un estado permanente: hoy más que nunca la soberanía es un constante vaivén entre autonomía y dependencia.

Quizá por eso se usa indiscriminadamente en el debate público, pero nadie ni por asomo intenta definirla. Porque obliga a hacer preguntas incómodas:

¿Quién decide realmente?, ¿Quién se beneficia de cada decisión?, ¿Hasta dónde llega nuestra capacidad de decir “no”?

La soberanía ya no vive en los discursos. Vive en los márgenes de decisión. Y esos márgenes, hoy, se están cerrando para muchos países sin que nadie dispare un tiro o se apropie de un solo metro cuadrado de tierra.

La soberanía ya no es un concepto tallado en piedra, es un ente vivo que habita en diferentes planos y que más allá de una definición teórica, es una ejecución estratégica basada en el desarrollo económico y tecnológico.

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