Dentro de la sinfonía de las relaciones internacionales, hemos entrado en lo que podría llamarse un “des” concierto global: el sistema multilateral, que durante décadas fue el pentagrama sobre el cual afinaban los Estados —esferas de soberanía y reglas compartidas— está siendo desplazado por un unilateralismo que no solo desafía normas, sino que redefine quién y cómo se decide el ritmo del mundo.
Estamos claros que la potencia imperante (EU), siempre ha actuado unilateralmente cuando ve en riesgo sus intereses, sin embargo y especialmente bajo el liderazgo de Donald Trump, este fenómeno se ha intensificado y al parecer pretende institucionalizarse.
No se trata de pequeños cambios, sino de toda una reestructura de su participación: Washington ha retirado a Estados Unidos de decenas de organismos multilaterales, incluidos muchos vinculados con el sistema de Naciones Unidas, ha recortado presupuesto e influencia en otros como la Organización Mundial de la Salud o la UNESCO, y por si esto pareciera poco, hace unas semanas ha creado una organización paralela a las Naciones Unidas (Junta de La Paz), vulnerando las estructuras de cooperación que sustentan el de por sí débil sistema internacional.
Empero el unilateralismo no es siempre caos; en ocasiones produce resultados concretos, incluso alivio en crisis específicas. Durante el conflicto en Yemen, una campaña militar liderada por Estados Unidos y Reino Unido logró un alto el fuego con los rebeldes hutíes después de que estos atacaran sistemáticamente el transporte marítimo en el mar Rojo, afectando el comercio global. Y en Ucrania, la diplomacia estadounidense ha impulsado reuniones trilaterales entre Kiev, Moscú y Washington destinadas a explorar caminos hacia una reducción de hostilidades, lo cual, aunque todavía no culmina en paz, ha permitido estabilizar algunos frentes de negociación que los organismos internacionales no habían logrado.
Sin embargo, estos episodios de distensión no compensan la erosión estructural del sistema internacional basado en el derecho, las instituciones y en la cooperación concertada. El ataque militar en Venezuela y la posterior captura de su presidente han sido interpretados por críticos como una violación a la soberanía nacional y a la Carta de Naciones Unidas, generando condenas en Latinoamérica y más allá y ahondando divisiones entre el Norte y el Sur Global.
La crisis de Groenlandia —una disputa diplomática desencadenada por la idea de adquirir la isla danesa por parte de Estados Unidos— simboliza esa tensión: más allá de una anécdota geográfica, representa una fractura transatlántica entre aliados tradicionales y cuestiona la naturaleza misma de alianzas como la OTAN frente a reivindicaciones unilaterales de seguridad y territorio.
En este “des” concierto global, la escena no está dominada solo por Washington. China y Rusia se erigen como actores primordiales en la nueva partitura del poder mundial. Pekín ha fortalecido sus inversiones estratégicas en Europa, Asia, África y América Latina, reconfigurando nodos económicos enteros y, con ello, influyendo en decisiones políticas a escala global. Paralelamente, Moscú ha aprovechado los vacíos de consenso para afianzar su posición en conflictos como el de Ucrania, prolongando la guerra y ganando tiempo para consolidar su influencia territorial y diplomática.
Esta tríada de potencias —Estados Unidos, China y Rusia— dibujan una roya hacia un mundo multipolar, esta vez no necesariamente dividido por bloques ideológicos rígidos, sino por esferas de influencia que compiten por recursos, rutas estratégicas y legitimidad normativa. Algunos analistas incluso describen este proceso como un retorno a dinámicas pre-1914, donde los grandes poderes trazaban sus zonas sin necesidad de arquitecturas jurídicas compartidas.
Si prevalece la lógica del poder sin reglas compartidas, la diplomacia se convertirá en mera negociación de intereses cruzados sin marco jurídico eficaz. Las alianzas serán transaccionales, la estabilidad precaria y los conflictos latentes podrían estallar con menor advertencia.
En ese sentido, lo deseable sería que la comunidad internacional —representada no solo por potencias, sino por coaliciones de naciones medianas y emergentes— pudieran aprovechar la debilidad del orden anterior para constituir un nuevo multilateralismo.
Esta versión más equitativa y menos hegemónica podría integrar la mecanismos de gobernanza climática, seguridad colectiva, regulación de tecnologías disruptivas y justicia transnacional reforzada, permitiendo que la cooperación deje de ser meramente instrumental y se convierta en norma aceptada por la mayoría de los pueblos.
Este “des” concierto internacional no es inevitable. Lo que está en juego no es solo quién dirige la orquesta global, sino qué tipo de música —qué reglas, qué ética, qué equilibrios— queremos escuchar en las próximas décadas. El unilateralismo puede producir soluciones temporales, pero sin un andamiaje jurídico e institucional donde los Estados respeten normas y obligaciones compartidas, el mundo seguirá siendo un escenario donde la fuerza resuene más que la razón.
Consultor y estratega político

