El agua es la sangre de la tierra; donde corre, la vida despierta.»

Huehuetlatolli

A orillas de un lago y sobre un islote surgió Tenochtitlán en 1325. La ciudad mexica creció a partir de una relación directa con el agua, concebida como soporte físico, fuente de alimento y principio de organización. Canales trazados con precisión funcionaban como vías de circulación para canoas, mientras calzadas de piedra conectaban la isla con tierra firme y regulaban el tránsito humano y comercial. El paisaje urbano respondía a una lógica anfibia que articulaba movilidad, producción agrícola y defensa militar. La gestión del agua alcanzó un alto grado de complejidad mediante diques, como el atribuido a Nezahualcóyotl, que separaba aguas saladas y dulces, y acueductos que transportaban agua potable desde Chapultepec. El agua ocupó también un lugar simbólico central. Deidades vinculadas a la lluvia y a los cuerpos lacustres representaban fertilidad, equilibrio y continuidad.

Tras la conquista, la lógica cambió. El drenaje sustituyó a la convivencia con el lago y la alteración del sistema original provocó inundaciones recurrentes, fugas y un funcionamiento deficiente durante varios siglos. En la actualidad y por citar solo un ejemplo, la región del Estado de México enfrenta un deterioro sostenido de sus fuentes hídricas. Presas, embalses y acuíferos muestran señales claras de sobreexplotación; una parte considerable del agua utilizada regresa al entorno sin tratamiento adecuado, lo que impide su reutilización y acelera la degradación ambiental. La cuenca Lerma–Santiago por su parte, recibe descargas urbanas e industriales que han reducido su capacidad ecológica y afectado a decenas de municipios. En cuencas como Balsas y Pánuco, la expansión urbana, las actividades productivas y los cambios de uso de suelo incrementan de manera simultánea la demanda y la contaminación del recurso.

Pero vayamos más lejos. A escala global, la gravedad del caso se volvió imposible de ignorar. La Organización de las Naciones Unidas presentó en estos días hallazgos recientes sobre cambio climático y gestión del agua que describen una crisis en desarrollo. Tras años de mediciones y análisis, el diagnóstico es claro: el planeta avanza hacia una quiebra hídrica de dimensiones históricas y a la incapacidad de los sistemas humanos para reponerla. El agua dulce es cada vez más escasa, más contaminada y más costosa de extraer, potabilizar y devolver en condiciones seguras.

Las consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana de millones de personas a lo largo del orbe. Cuatro de cada diez enfrentarán carencias severas de agua con efectos sanitarios directos. Enfermedades, desnutrición y mortalidad asociadas a la escasez aparecen en registros actuales, aunque rara vez ocupan un lugar central en el debate público. El deterioro ambiental se manifiesta en deforestación, desertificación, erosión del suelo e incendios forestales de una magnitud sin precedentes. En menos de tres décadas desapareció alrededor del ochenta y cinco por ciento de humedales, ríos, lagos y manantiales. Los glaciares perdieron más de un tercio de su volumen en regiones montañosas, y el deshielo polar altera sistemas climáticos completos.

La ONU también advierte que sin agua el futuro resulta inviable. Al combinarse la escasez con el aumento de la temperatura global, el costo de la vida cotidiana se incrementa y la desigualdad se profundiza. Más de tres cuartas partes de la población mundial habitan territorios con estrés hídrico alto o extremo. Dos mil millones de personas dependen de acuíferos sobreexplotados y alrededor de mil millones carecen de acceso continuo a agua limpia. Los escenarios proyectan conflictos locales, migraciones forzadas y disputas regionales por el control del recurso. Así como nuestros ancestros lograron eficientar el riego para mejorar las cosechas, el llamado actual exige transformar la agricultura, responsable de cerca del setenta por ciento del consumo de agua dulce. Es necesario, además, redistribuir un caudal decreciente con criterios de equidad y proteger los ecosistemas que aún sostienen el ciclo hidrológico.

Debemos entender que la crisis hídrica dejó de ser un tema exclusivamente ambiental para convertirse en una condición determinante de la viabilidad social y económica de nuestro mundo. No es exageración, se acaba el agua, cuidémosla.

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