«Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras».
Cicerón
Ayer se anunció un cese al fuego entre Estados Unidos, Israel e Irán. Lo dijo Donald Trump como si el mundo pudiera detenerse por decreto, como si la guerra aceptara pausas con la docilidad de un reloj. Se habló de dos semanas de negociación, de una ventana para la diplomacia. Pero hoy, mientras la palabra “tregua” todavía flotaba en el aire como una promesa frágil, los bombardeos volvieron a caer sobre el sur del Líbano y sobre Beirut, como si el lenguaje fuera incapaz de contener la realidad. Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, dejó claro que el cese al fuego no incluía ese frente, que la guerra puede dividirse en compartimentos, que la muerte puede administrarse por zonas. El estrecho de Ormuz, que había permanecido cerrado de forma intermitente durante semanas, volvió a abrirse; la pregunta es si así se mantendrá con el correr de los días.
A diferencia de otras guerras, aquí no hay distancia. La guerra no solo ocurre: se transmite, se interpreta, se manipula mientras sucede. Y en ese escenario fragmentado, los frentes se multiplican: Irán contra Estados Unidos, Irán contra Israel, Israel contra Líbano a través de Hezbolá, Israel contra Gaza. No es una guerra, son varias superpuestas, corriendo en paralelo, negociándose en un punto mientras estallan en otro.
Vivimos una época en la que la violencia se ha vuelto técnica, quirúrgica, casi invisible para quien no está debajo de ella. Se habla de objetivos, de precisión, de daños colaterales, como si esas palabras pudieran suavizar el hecho elemental de que alguien pierde la vida, de que alguien deja de respirar. Pero la guerra, en su forma más desnuda, sigue siendo lo mismo: una relación desigual de poder llevada al extremo. Y ahí es donde aparece la fractura moral que intentamos ignorar.
Cuando uno de los bandos tiene en el cielo drones, satélites, misiles de largo alcance, y el otro no cuenta con los mismos recursos, la conversación se rompe. Ya no hay ley posible, porque la ley presupone igualdad. Ya no hay reglas, porque las reglas necesitan equilibrio. Y la razón, esa última esperanza humana, se convierte en un lujo que solo puede permitirse quien no está corriendo. En ese momento, lo que uno
sostiene ya no es solo un arma: es la vida del otro, el tiempo del otro, la posibilidad de que el otro siga existiendo, tal como lo dijo, el presidente de los Estados Unidos.
El cese al fuego no es irrelevante. Pero también es necesario decirlo con claridad: una tregua no significa paz. Puede tratarse solamente de un reacomodo táctico. Un alto al fuego que no alcanza a todos los frentes es, en el fondo, una tregua incompleta.
Hoy está claro que el arma más poderosa no es el proyectil que cae, sino el control del flujo energético global. El estrecho de Ormuz, por donde transita una parte crucial del petróleo del mundo, se convierte en una palanca silenciosa capaz de tensar al planeta entero. No es solo una guerra regional: es un conflicto en el que el mundo entero queda, en cierto sentido, como rehén. A eso se suma otra capa, más sutil y peligrosa: la desinformación. Videos hechos con inteligencia artificial, propaganda, noticias falsas, imágenes manipuladas que circulan con la misma velocidad que los hechos reales. La guerra ya no solo se libra en el territorio, sino en la percepción. Y cuando la percepción se distorsiona, la verdad se vuelve irrelevante.
Con el paso de los días, el verdadero riesgo no es que la guerra vuelva estallar, sino que esta no termine de irse.
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