«La política internacional es la lucha por el poder.»H. J. Morgenthau

Un oso polar nada entre placas de hielo fracturadas. Percibe que su final solitario se aproxima. Esa escena define al Ártico, hoy. Para el pueblo inuit esta imagen no es metáfora. Groenlandia cruje. Y junto al deshielo crece otra temperatura: la del poder.

Groenlandia, durante siglos un límite en los mapas europeos se ha convertido en un centro de interés estratégico. La materia gélida que se fractura deja al descubierto minerales críticos, nuevas rutas de navegación y promesas de dominio. Allí donde el glaciar retrocede, la geopolítica instala su campamento. El Ártico ha dejado de ser una frontera natural para transformarse en un espacio de disputa política y estratégica. Con 2,16 millones de kilómetros cuadrados y apenas 56 mil habitantes, es la isla más grande del mundo. Sus comunidades costeras, profundamente ligadas al mar, conviven con montañas y un interior helado que se reduce aceleradamente. Bajo esa superficie se encuentra el verdadero núcleo del interés global: petróleo, gas y tierras raras, recursos clave para la economía y la seguridad del siglo XXI.

El reciente ataque de fuerzas estadounidenses sobre Caracas, que precipitó la caída del gobierno de Nicolás Maduro, operó como una señal premonitoria. Después de Venezuela, las palabras del presidente Donald Trump sobre Groenlandia no sonaron como exageración retórica; se volvieron advertencia. “Todo lo que pedimos a Dinamarca es ese pedazo de hielo en mitad del océano y que pasen la factura”. La frase, dicha con ligereza, encierra una visión total. “Necesitamos la propiedad para defenderla”, insistió, recordando que un contrato de arrendamiento no alcanza para ejercer control.

Europa observa con inquietud. El principio fundacional de la OTAN —la idea de que un ataque contra uno es un ataque contra todos— no descansa solo en tratados, sino en un elemento más frágil: la confianza. Hoy, esa confianza muestra fisuras. Cuando la coerción económica, la amenaza arancelaria o la presión estratégica aparecen entre aliados, la alianza deja de ser un escudo compartido y se convierte en un espacio de sospecha que erosiona gradualmente los consensos que la sostienen.

Dinamarca entiende que la disputa por Groenlandia trasciende lo territorial. Está en juego la noción contemporánea de soberanía: si un Estado puede ser presionado por otro más poderoso para ceder control mediante instrumentos económicos o estratégicos, el precedente se expande. Se disputa ni más, ni menos que la credibilidad del derecho internacional y la vigencia del consenso frente a la fuerza.

Entre Rusia y China, el Ártico se convierte en un tablero estratégico. Washington calcula ventajas militares, económicas y logísticas; habla de seguridad mientras presiona, reconoce la autodeterminación mientras sugiere cambios. Desde Europa, la respuesta es clara: respaldo a Dinamarca y defensa de una gestión compartida del Ártico.

Aquí mi pronóstico: No habrá cesión formal de soberanía. Europa no puede permitirlo y Estados Unidos tampoco puede afrontar una ruptura abierta con sus aliados. La alianza trasatlántica seguirá en pie, aunque más fría, menos confiada. El conflicto no terminará ahí. Washington buscará consolidar una hegemonía práctica: mayor control operativo, más presencia militar, más capacidad de decisión. Groenlandia no cambiará de bandera, pero sí de vocación.

En ese juego de gigantes, el pueblo inuit quedará reducido a imagen decorativa en decisiones en las que no participará; las rutas ancestrales se desdibujarán y el clima ya no responderá a la memoria. El mundo redefinirá sus fronteras sin preguntar a quienes habitan el deshielo. Los intereses, como el iceberg emergerán. Y en medio de esa enorme extensión ártica, que se vuelve agua, nuestro oso polar, inmensamente solo, resiste, esperando su inminente muerte.

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