«Si amas al sol que te alumbra, tal vez amas y si amas al insecto que te muerde, amas.»

Antonio Porchia

Al despertar una mañana, Gregorio Samsa —el protagonista de La metamorfosis de Franz Kafka— descubrió que se había convertido en un insecto. Hoy podríamos reescribir esa escena con un giro más inquietante: Samsa ya no podría existir, no por su transformación, sino porque el mundo en el que despertaría es uno donde los insectos están desapareciendo. Y esta vez no es literatura, sino evidencia acumulada, reciente y verificable. En marzo de 2026, estudios sobre fisiología térmica confirmaron que miles de especies de insectos —sobre todo en zonas tropicales— viven ya al límite de su tolerancia al calor, sin margen real para adaptarse a aumentos de temperatura. El cambio climático no es solo un factor adicional: está empezando a volver inviable su existencia.

Los datos más recientes consolidan una tendencia que ya no admite duda. A nivel global, aproximadamente el 50% de los polinizadores está amenazado, y cerca del 40% de las especies de polinizadores invertebrados —abejas, mariposas— enfrenta riesgo de extinción. En términos acumulados, estudios y revisiones coinciden en que las poblaciones de insectos están disminuyendo entre 1% y 2.5% cada año, lo que implica pérdidas cercanas al 30% en apenas dos décadas. En algunos contextos, el desplome es aún más abrupto: proyectos recientes en Europa han documentado caídas de hasta 80% en insectos voladores en 20 años. Y en ecosistemas aparentemente intactos, como zonas montañosas de Estados Unidos, se han registrado descensos del 72% en apenas dos décadas, asociados directamente al aumento de temperatura. No es un fenómeno local ni episódico: es una transformación sostenida y global.

El caso de los polinizadores resulta particularmente revelador. En 2025, apicultores en Estados Unidos reportaron pérdidas sin precedentes: más del 60% de las colonias de abejas desaparecieron en una sola temporada, con proyecciones que alcanzan hasta el 70% en algunos escenarios. Paralelamente, un estudio sobre mariposas mostró una caída del 22% en sus poblaciones desde el año 2000, con más de cien especies reducidas a la mitad o menos. Estas cifras no son anecdóticas: las mariposas son indicadores ecológicos, y su descenso refleja un deterioro más amplio. De hecho, investigaciones recientes advierten que no están desapareciendo únicamente las especies raras, sino las más comunes, aquellas que sostienen el funcionamiento cotidiano de los ecosistemas. No estamos perdiendo lo excepcional, sino lo estructural.

En México, el caso de la mariposa monarca introduce un matiz que vuelve el fenómeno aún más complejo. En 2026, su población invernal aumentó alrededor de 64% respecto al año anterior, una señal que algunos interpretaron como recuperación. Sin embargo, ese repunte ocurre después de años de colapso y la especie sigue muy por debajo de sus niveles históricos, vulnerable a sequías, pérdida de hábitat y eventos climáticos extremos. Es decir, incluso cuando los datos parecen positivos, el sistema sigue siendo frágil. La recuperación parcial no contradice la crisis: la confirma en su carácter inestable.

El problema no es solo ecológico, es estructural para la vida humana. Los insectos polinizan aproximadamente un tercio de los cultivos globales y sostienen redes alimentarias completas. Sin ellos, disminuye la producción agrícola, colapsan cadenas tróficas y se altera la fertilidad de los suelos. Pero el giro más inquietante, el verdaderamente contemporáneo, es que ahora sabemos que el clima está actuando como fuerza dominante. Según estudios recientes, el cambio en temperatura y precipitación ya afecta a más del 30% de las poblaciones de insectos en el mundo. No se trata solo de pérdida de hábitat o contaminación: es una alteración del entorno planetario que redefine las condiciones básicas de existencia.

Kafka imaginó una transformación absurda e imposible. La nuestra es más silenciosa y más radical. No nos estamos convirtiendo en insectos: estamos asistiendo a su desaparición progresiva. Y en ese proceso, casi imperceptible al principio, se revela algo más profundo. Porque si los organismos más numerosos, resilientes y antiguos del planeta —aquellos que han sobrevivido a extinciones masivas— comienzan a desaparecer en cuestión de décadas, la pregunta ya no es qué les está ocurriendo a ellos. La pregunta es qué está ocurriendo con el mundo que compartimos… y cuánto tiempo seguirá siendo habitable también para nosotros.

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