«No hay hazaña más sospechosa que aquella que no se repite.»
Sacarías
Mucho antes de que el hombre pensara en llegar a Selene, la Luna ya se había convertido en diosa, en límite, en ciclo biológico y astronómico, en poesía… Desde la mitología griega, la Luna representa antorcha y oscuridad, luz y sombra. Para los griegos, Artemisa no es una diosa tranquila, ni callada, ni indiferente: es misteriosa, es lo que no se mira ni se toca; Artemisa no se posee; solo en la imaginación se contempla.
Durante siglos, la Luna fue un reloj del tiempo; para la mujer, un péndulo. En 1969, Neil Armstrong, en la misión Apolo 11, holló con sus plantas la virginidad del suelo lunar; se dijo en aquel momento “que era un pequeño paso para un hombre y un gran paso para la humanidad”. Desde entonces, han pasado seis misiones a la Luna, un puñado de horas y un silencio de muchos años. Durante más de medio siglo no volvimos. Ninguna insistencia, ninguna continuidad. Demasiado tiempo para ser normal. Esa interrupción abrió la sospecha, y por ahí se coló la intriga: ¿realmente estuvimos ahí? La duda no nace de la ignorancia, sino de una intuición incómoda: lo verdaderamente importante no se abandona. Pero la evidencia es contundente. El programa Apolo dejó huellas imposibles de falsificar: muestras lunares, instrumentos que aún responden desde la superficie, registros de otras potencias. Sí llegaron, sí llegamos. Y, sin embargo, nos fuimos.
La realidad es más inquietante que cualquier supuesta conspiración; la verdad siempre surge a la superficie. No nos detuvo una dificultad, sino una falta de voluntad, una falta de propósito. El cohete Saturn V dejó de fabricarse no porque fallara, sino porque dejó de ser necesario. Solo en el proyecto del Apolo 11 trabajaron cerca de 400 mil personas; se cerraron fábricas, se dispersaron ingenieros, se desmanteló la intención. No hubo un fracaso, sino un desinterés.
Hoy, el programa Artemis II anuncia el regreso: promete rodear la Luna y preparar un nuevo alunizaje. El nombre no es casual: Artemisa, la diosa que no se deja poseer. La humanidad, con esta ocasión, completará siete viajes a la Luna, y este dato no solo es una cifra, sino una advertencia. Siete días ordenan el tiempo, siete notas sostienen la música, siete colores visibles aparecen al descomponer la luz; siete niveles han descrito, desde lo antiguo, cualquier proceso de transformación. El siete marca un ciclo completo. La ausencia humana de la Luna ha atravesado ese ciclo. No volvemos fortuitamente: volvemos después del olvido, volvemos por destino.
En 1969, los norteamericanos fueron a demostrar poder frente a la URSS; hoy regresan, quizá sin saber con claridad qué quieren sostener frente a los chinos. Ese es el verdadero riesgo. Si el regreso repite el gesto de Apolo —llegar, plantar símbolos y retirarse—, confirmará algo inquietante: que la humanidad es capaz de hazañas extraordinarias, pero incapaz de darles sentido.
La Luna no necesita ser conquistada. Nunca lo necesitó. Lo que está en juego no es su superficie, sino nuestra coherencia. Porque toda frontera atravesada exige una transformación. Y nosotros cruzamos esa frontera… sin cambiar; seguimos siendo los mismos. El escenario ha cambiado, pero nosotros seguimos siendo los mismos, con los mismos miedos, con las mismas pasiones, con los mismos vicios, pero también con las mismas virtudes. Lo que hagamos, lo que seamos, es lo que dejaremos a nuestros descendientes: a nuestros hijos y nietos, un legado de vicios o una herencia de virtudes.
Artemisa no es un destino. Es un límite. Y esta vez, el juicio no será sobre si podemos llegar, sino sobre si tenemos algo que hacer cuando lleguemos.
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