Nadie entiende la lógica del Plan B. Las explicaciones ofrecidas por voces cercanas al gobierno resultan en este caso poco satisfactorias. Si se trataba de lograr algo —de lo perdido lo que aparezca— después de la derrota del Plan A, y meter de contrabando el cambio de fecha de la revocación de mandato, fracasó. Y era predecible el fracaso. Si se trataba de evidenciar y/o debilitar a los partidos satélites o paraestatales, sólo se puso de relieve su poder de veto, y su capacidad de resistir los embates de Palacio. Si se trataba de distraer de otros problemas —Trump, la economía, la violencia, el desorden gubernamental— sólo se le colocó proyectores a la falta de coordinación política en el gabinete.

Hace muchos años, cuando intenté indagar los motivos por los cuales los partidos paraestatales de entonces —el PARM, el PPS, el ferrocarril— postularon a Cuauhtémoc Cárdenas para la presidencia en 1988, Carlos Salinas me respondió esquivamente en La Herencia. Se limitó a recordar que, en el viejo sistema, el responsable de la “buena” conducta de los partidos paleros era el secretario de Gobernación. Se refería, claro está, a Manuel Bartlett, y daba a entender que éste último “dejó pasar” la candidatura de Cárdenas por venganza contra quien lo había derrotado en la contienda priista.

¿Quién es el Bartlett de Claudia Sheinbaum? Nadie, ni por equivocación. Monreal y Adán Augusto López tendrían motivos por traicionar a la Presidenta, pero carecen del poder para hacerlo. El segundo ya no manda, y el primero más bien hizo lo posible para sacar las castañas del fuego. No pudo. Ignacio Mier no viene al caso.

El problema consiste tal vez no en la presencia de un Bartlett, sino en su ausencia. No hay nadie que conduzca la política del gobierno. La Secretaría de Gobernación no pinta, ni posee los tamaños para ello. Los líderes del Congreso, como debe ser, velan por sus intereses, no por los del gobierno. El jefe de Oficina de la Presidencia cuenta con la experiencia y el talento para ocuparse de estos menesteres, pero se ocupa más bien de otros, y su incursión en la reforma electoral no fue afortunada. Y no hay un “fixer” en el horizonte: alguien que sin el cargo, tenga, como decía el Peje, el encargo de arreglar los asuntos políticos.

Sabiendo todo esto, la pregunta persiste. ¿Por qué Sheinbaum insistió en reformas —Plan A y Plan B— que nadie, salvo quizás AMLO, le pidió, que no eran necesarias ni deseables, y que suscitaban serias reservas o franca oposición entre sus impresentables aliados? La única explicación que se me ocurre consiste en el temor al resultado de los comicios del 2027, por lo cual convenía o bien la dilución de los diputados de representación proporcional y el recorte del financiamiento a los partidos, o bien la revocación de mandato anticipada.

¿De dónde tanto miedo habiendo tanta popularidad de la Presidenta? Creo que existen varias razones. En primer lugar, la 4T dispone de datos que demuestran cómo no se traslada tan fácilmente la aprobación presidencial en sufragios morenistas. Las encuestas de intención de voto por Morena no siguen claramente la popularidad de Sheinbaum, y eso sucedió con otros presidentes y las elecciones de medio período: Zedillo en 1997, Fox en 2003, Calderón en 2009 y López Obrador en 2021. Además, los sondeos sobre el desempeño del gobierno resultan mucho menos favorables: la gente reprueba su gestión en numerosos rubros.

Sobre todo, Sheinbaum es consciente de un hecho incontrovertible. Todos los indicios apuntan a malas noticias de aquí a junio del 2027. La economía difícilmente va a crecer, las restricciones fiscales no desaparecerán de aquí a entonces, Trump seguirá creando problemas, la situación internacional —Irán, Venezuela, Cuba— se mantendrá tensa, y la percepción de violencia se resiste a disminuir, aun cuando supuestamente mejoran los números.

Así, se avecina una elección complicada el año entrante. No para perder la mayoría relativa (cincuenta más uno), aunque no es imposible, pero muy probablemente la calificada sí. Más aún, ya se vio que el Verde y el PT no son aliados confiables en el sentido de ser incondicionales. Por lo tanto, parece sensato tratar de colocar a la presidenta popular en una boleta morenista impopular, permitirle hacer campaña abiertamente, ya que no fue posible disminuir el número de legisladores de representación proporcional, ni tampoco disminuir los recursos disponibles para los demás partidos. Morena cuenta con los recursos del Estado, y no necesita más.

¿Vale la pena tanto esfuerzo para un resultado nimio? ¿Sobre todo a sabiendas que más reformas con tinte autoritario neutralizan los empeños por atraer inversiones y crecer? Probablemente no, pero aquí entra en juego el factor político. No hay quien cuide la cocina política, pero tampoco la estrategia electoral. El jefe de campaña de 2024 ya no ocupa esas funciones, desde Palenque. Puede opinar, pero no operar todos los días. Sin él, Sheinbaum cuenta sólo con sus propios méritos. Serán otros, pero no estos.

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