Desde el punto de vista del derecho internacional, la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos es claramente violatorio del mismo. Tanto de la Carta de las Naciones Unidas, como incluso del Artículo 8 bis del Estatuto de Roma, agregado en 2010 en Uganda, que define lo que es un crimen de agresión, y que ha sido citado con mucha razón por Santiago Corcuera. Sólo es legal el acto estadounidense desde el punto de vista del derecho de ese país, basado en la aplicación extraterritorial de su justicia, el famoso “long reach of the law”.
Pero como dirían Putin o Claudia Sheinbaum, conviene ver también las causas o raíces profundas, o el contexto de los acontecimientos del 3 de enero. La responsabilidad de todo ello recae claramente en cuatro personas: Joe Biden, Lula, López Obrador y Gustavo Petro. Trump pudo intervenir en Venezuela porque los cuatro mandatarios citados no pudieron, o no supieron, o no quisieron, convencer, obligar, amenazar o imponerle a Maduro la aceptación de los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024. De haberlo forzado a reconocer su derrota aplastante por Edmundo González, Trump y Rubio carecerían del pretexto o la justificación de la ilegitimidad para su ataque. Los cuatro se hicieron tontos: López Obrador con su no intervencionismo de pacotilla, Lula enviando a Celso Amorim a pasar semanas a Caracas sin hacer nada, Petro con su estridencia, y Biden, evitando cualquier amenaza o realidad del uso de la fuerza -por ejemplo, una cuarentena a las exportaciones de petróleo venezolano. Los cuatro contaban con los votos en la OEA para aprobar una resolución que le diera cobertura jurídica regional, y para invocar la Carta Democrática Interamericana como fundamento. No quisieron. A pesar de su animosidad personal hacia Maduro, fue una más de las consecuencias de la afinidad ideológica, del antiamericanismo, de la nostalgia procubana, de Lula, de AMLO y de Petro, y de la pasividad e incompetencia de Biden. Allí tienen el resultado. Y, por cierto, ojalá Sheinbaum defendiera con la misma vehemencia los derechos humanos y democráticos de los venezolanos, como lo hace de sus interminables lugares comunes sobre la no intervención y la “autodeterminación” de los pueblos. Tal vez el Consultor Jurídico de la SRE, o una veintena de juristas internacionales mexicanos, le podrían explicar lo que significa ese último término.
Quizás Trump igual hubiera invadido a Venezuela, ya sea por sus acusaciones de santuario del narcotráfico y del crimen internacional, o por el petróleo, ya sea por su singular interpretación de la Doctrina Monroe, del corolario Roosevelt, y de las esferas de influencia de la escuela realista de las relaciones internacionales. Lo ignoro, como desconozco la verdadera motivación de Trump, ya que cada una de las que ha esgrimido en público contiene más hoyos que el mejor gruyère suizo. Sobre todo la del readvenimiento de la dominación estadounidense en el hemisferio occidental.
La lógica del pronunciamiento de 1823, y su extensión en 1905, fue que Estados Unidos no permitiría la presencia de potencias extranjeras en el hemisferio occidental, y que utilizaría la fuerza para evitarla. No se trató de un ukase contra los países recién independizados —salvo Cuba y Puerto Rico— sino contra las potencias europeas, sobre todo Inglaterra. Hoy, la afirmación de Trump se refiere obviamente a Rusia y a China, pero en realidad a esta última, ya que la primera es, como dijeron Obama o McCain, una gasolinera con armas nucleares y no representa ninguna competencia para Estados Unidos en América Latina. La única lógica pertinente de Trump consiste en desterrar a China de donde se encuentra en la región, e impedir su llegada donde aún no aparece. La segunda pretensión resulta redundante, la primera se antoja inverosímil.
La llamada Cuenca del Caribe, a saber, México, Centroamérica y las islas de ese mar, se encuentra integrada a la economía de Estados Unidos desde finales del siglo XIX. El comercio, la inversión extranjera, el turismo, la migración, el crimen organizado, las telecomunicaciones, la cultura, y todo lo demás, se orientan hacia el norte. Solo Cuba, a partir de 1959, optó por otro camino, y pagó por ello un precio astronómico. Tan no se encuentra presente China, que varios países de esta subregión aún mantenían hace poco relaciones con Taiwán. Y cuando Trump exigió que México limitara las importaciones procedentes de China, cumplimos de inmediato. No se puede excluir a China de donde no existe.
En cambio, para los países de América del Sur, China es el principal socio comercial de casi todos ellos, y el primer inversionista en varios: Brasil, Argentina, Chile y Perú. Hay una gran presencia cultural de Beijing a través de una treintena de Institutos Confucio. Incluso se sospecha de una conexión militar vía una estación terrestre en la Patagonia, el puerto de Chacay en Perú, y la intención de un observatorio en Atacama. Esto es un hecho con gobiernos de izquierda, de derecha o de centro: son las leyes del mercado. China consume commodities de manera insaciable, y estos países las producen: soya, cobre, hierro, petróleo, entre otras.
Si la Doctrina Donroe significa revertir esta tendencia, vieja ya de un cuarto de siglo, Trump se va a enfrentar a unas inercias probablemente inamovibles. ¿A quién quiere que Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay le vendan su soya? ¿A Estados Unidos, el primer productor de soya del mundo? ¿A quién quiere que Chile y Perú le vendan su cobre? ¿A México, que también exporta? Si restablecer la dominación norteamericana significa suprimir la relación de estos países con China, o siquiera reducirla y limitarla, me temo que the Donald se va a desilusionar muy pronto. Las únicas naciones bisagra serían Venezuela y Colombia, ambas pertenecientes a ambas regiones (América del Sur y la Cuenca del Caribe) y que podrían transformar sin mayor dificultad su integración con China a la que imperaba previamente con Estados Unidos.
Una última reflexión sobre el impacto de toda esta saga para México. Tengo la impresión de que hasta ahora, Trump y su equipo no le han exigido a Sheinbaum que entregue a los narcopolíticos que se supone proliferan en México. Ha bastado con realizar el trabajo sucio en materia migratoria, incrementar los decomisos y la destrucción de laboratorios, interceptar un mayor volumen de precursores y expulsar —no extraditar— a capos mexicanos.
No es imposible que ese veinte ya se haya acabado. Sería plausible suponer que ya se dieron cuenta los norteamericanos que Sheinbaum ha protegido a quienes se sospecha que constituyen cómplices de los cárteles, sin ser narcos propiamente. Así como Maduro y su esposa. Me refiero a los gobernadores de Sinaloa, Sonora, Michoacán, Tamaulipas, y el exgobernador de Tabasco, así como al secretario de Marina de López Obrador. Me imagino —no lo afirmo porque carezco de contactos en el círculo estrecho de la presidencia— que estos representan un serio motivo de preocupación en estos días. Porque entregarlos implica una ruptura con su predecesor y defenderlos entraña un conflicto con Trump inmanejable. Afortunadamente para ella, no le van a pedir la cabeza de López Obrador. De eso sí estoy seguro.
Excanciller de México

