De un tiempo a esta parte, más o menos desde el 11 de septiembre del 2001, analistas, académicos, diplomáticos, empresarios y gente de a pie, vienen articulando una visión de una nueva era en la configuración del mundo. En lugar de la época de la guerra fría o de la hegemonía unipolar norteamericana desde la caída de la Unión Soviética en 1991 hasta el principio del ascenso chino, con su ingreso a la OMC en 2001, hemos entrado en una etapa siguiente que unos denominan multipolar, otros de nueva guerra fría bipolar pero, en todo caso, de fin de aquella hegemonía estadounidense casi aplastante.
Estados Unidos, según esta visión elaborada y desarrollada con mayor o menor claridad, ha perdido su prominencia en casi todos los aspectos de la vida internacional. Su PIB ya no representa el porcentaje del producto mundial que antes alcanzaba, su sistema político se caracteriza por una parálisis creciente, sus avances tecnológicos son cada vez menores frente a otras regiones del mundo, incluso en materia militar. Por ejemplo, China produce 250 veces más buques de guerra al año que Washington, e incluso en el ámbito del soft power la ventaja norteamericana ya no es lo que fue.
En cambio, ha surgido China como potencia económica —según algunos cálculos, su economía ya es mayor a la de Estados Unidos, por lo menos en PPP—, en tecnología —DeepSeek le da las buenas y las malas a Chat GPT, aunque quizás no a Anthropic— y salvo algunas empresas tech, Estados Unidos ya no es lo que era. Asimismo, han emergido otros polos, aparte de China, como la India y los BRICS, que luchan arduamente por crear un sistema internacional que refleje esta multipolaridad. En una palabra, concluyó la era de la hegemonía norteamericana, independientemente de cuando haya comenzado, si en 1945 o 1991.
Pues sería muy bueno que los mismos analistas le explicaran todo esto a Nicolás Maduro, al ayatola Jameneí, y muy pronto a Díaz-Canel. Lo que han demostrado los golpes de fuerza de Trump en estos últimos meses, o incluso durante el primer año entero de su mandato, es que al contrario: la superioridad militar, tecnológica, económica, comercial e incluso cultural de Estados Unidos es igual o mayor que antes, y no parece tener freno o contrapeso alguno en el mundo. Beijing ha asistido pasivamente a la destrucción política y/o militar de dos de sus supuestos aliados en el sur global —Venezuela e Irán— y muy pronto atestiguará con la misma apatía el cambio en Cuba. Rusia no sólo está ocupada y hundida en su intento de ocupar Ucrania, sino que no ha podido lograr en cuatro años de guerra y más de 300 mil propios, lo que Estados Unidos parece haber obtenido en 48 horas en Irán. O Putin no quiso matar a Zelensky o no ha podido. Como no creo que se tiente mucho el corazón en asesinar a sus enemigos —muchísimos han corrido con esa suerte—, me imagino que se debe a la misma incapacidad militar y tecnológica rusa que ha hecho que no hayan avanzado mucho más que lo que lograron en los primeros meses de 2022.
Estados Unidos, a diferencia de China y de Rusia, cuenta con aliados absolutamente confiables para ellos y tan cínicos, desalmados o sumisos ante Trump: Israel, desde luego, pero también países diferentes como todos los del Golfo Pérsico y, si se quiere, incluso México, que en este primer año de Trump se ha sometido a todas sus exigencias. Si este es el fin de la hegemonía estadounidense, si su actuación en Irán y en Venezuela son muestras de la decadencia del imperio, no quisiera ver ni saber cómo sería su auge o supremacía.
En realidad, los límites vigentes desde los años sesenta hasta hace muy poco al poderío, en efecto aplastante de Estados Unidos en todos los ámbitos, todo el tiempo, no provenían de otras partes del mundo y ni siquiera del llamado orden internacional. Se derivaban, al contrario, de frenos derivados de factores internos, de impulsos de la sociedad norteamericana, de sus instituciones, de su historia, que a partir de una serie de excesos que resultaron inaceptables para ellos mismos, le impusieron a sus gobernantes.
El congreso norteamericano, la sociedad civil en Estados Unidos, la prensa, las universidades, los movimientos sociales de minorías o de mujeres, la propia evolución de las características de ese país, comenzaron a partir de los años sesenta a colocar una serie de bardas o valladares ante los excesos ya padecidos por esa sociedad. Obviamente, la guerra de Vietnam fue lo más importante, pero también el apoyo militar abierto o encubierto de Washington a dictaduras o regímenes oprobiosos en distintas partes del mundo. Es a partir de finales de los 60 o principios de los 70 que surgen límites al uso de la fuerza, a la acción encubierta, a los asesinatos, a las conspiraciones para derrocar regímenes de izquierda, al respeto a los derechos humanos y, en alguna medida, a la defensa de la democracia, no por compromisos de Estados Unidos con tratados internacionales o instrumentos correspondientes, sino por las propias decisiones internas de ese país.
La War Powers Act de 1973, las reglas de enfrentamiento para las fuerzas militares, los cotos impuestos a la CIA y al FBI, la lucha por los derechos civiles de las minorías afroamericanas y latina, y el movimiento de las mujeres, todos contribuyeron a principios y mediados de los 70 a imponerle una serie de acotaciones que son los que tanto aborrece Trump y de los cuales ha intentado con éxito deshacerse.
Uno de los mejores ejemplos consiste justamente en el tema de los asesinatos, o de la detención y encarcelamiento de jefes de estado extranjeros, o incluso de personalidades de otros países. Con excepción de la invasión de Panamá en 1989 y del subsiguiente juicio a Manuel Noriega en Miami, Washington dejó de incurrir en el tipo de actos que condujeron al decreto ejecutivo firmado por el presidente Ford en 1975. Prohibió la participación activa, pasiva, o el mero conocimiento de causa de funcionarios norteamericanos en asesinatos políticos. Esto fue resultado de las investigaciones de la famosa comisión Church, de los incidentes sucedidos en Chile en 1970 y 1973, y de las revelaciones por dicha comisión de la complicidad norteamericana en las ejecuciones de Lumumba en el Congo, de Trujillo en República Dominicana, de Ngo Dinh Diem en Vietnam, y de los repetidos intentos fallidos contra Fidel Castro.
Hoy Washington asesina a Jameneí —por cuya muerte no lloro una sola lágrima— sin tomar en cuenta el decreto de Ford, refrendado por Carter y Reagan, o alguno de estos antecedentes. A Trump lo tiene sin cuidado cualquier decreto que hayan expedido sus predecesores en esta materia o en cualquier otra. Ya dijo Marco Rubio que ni modo que consultara a 535 miembros del congreso norteamericano sobre si debe o no emprender una acción militar, según él preventiva, ante un ataque iraní supuestamente inminente. La diferencia entre Trump y todos sus predecesores, incluyendo el propio Bush hijo en 2003 en Irak, es que todos se vieron obligados a acatar las decisiones y disposiciones construidas anteriormente para limitar el poder casi absoluto que Estados Unidos siempre ejerció, salvo justamente en el caso de Vietnam.
Se recordará cómo Bush intentó lograr un voto en el Consejo de Seguridad y fracasó —en parte gracias a la decisión de Fox— y cómo a pesar de considerar que no necesitaba la autorización del Congreso para responder a la supuesta amenaza de armas de destrucción masiva en posesión de Saddam Hussein, fue al Senado y obtuvo un voto favorable a su operación Shock and Awe, incluso de senadores como Hillary Clinton y Joe Biden. Trump no.
La asimetría de poder entre Estados Unidos y los demás países o regiones del mundo sigue siendo inmensa. Lo será durante algunos años más. No bastará con cambiar la composición del Consejo de Seguridad de la ONU para imponerle limitaciones a ese poderío. Será la sociedad americana y sólo ella la que podrá hacerlo, y únicamente a raíz de amplios movimientos sociales como de los años 60 y principios de los años 70. Mientras, este no es un mundo multipolar, no es un mundo de un condominio de dos —China y Estados Unidos— sino es un mundo que perpetúa una fuerte y renaciente hegemonía norteamericana. Así es la vida.
Excanciller de México
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