Huelga decir que no se le puede creer todo a Ken Salazar, el exembajador de México en Estados Unidos (no me equivoqué: representó más a López Obrador en Washington que a Joe Biden en México). Además de ser un patán con todos aquellos que no fueran de la 4T o empresarios, además de despreciar y combatir a organizaciones de la sociedad civil en México, emprendió gestiones a favor de empresas estadounidenses con su amigo en Palacio, que en ocasiones lindaban en el franco conflicto o confusión de intereses.
No obstante, revisten un cierto interés las revelaciones que aporta en su librito Borderlands, divulgadas por José Díaz Briseño en Reforma. Se ha comentado ampliamente la versión de Salazar sobre la reacción de López Obrador ante la extracción del Mayo Zambada: preocupación perturbadora de su estado de ánimo, por temor a la “sopa” que pudiera soltar el capo en Estados Unidos. En todo caso, eso fue lo que le confió un “whisperer” (la traducción correcta es alguien que le habla al oído) de López Obrador al propio Salazar. Dicho personaje es identificado únicamente como un gran empresario, que obviamente gozaba de la confianza tanto de AMLO como de Salazar. Algún día sabremos de quién se trata, pero tampoco importa mucho. Para entonces, el enviado de Biden había perdido su derecho de picaporte con Palacio, debido a sus críticas a la reforma judicial, pero también en parte por lo que se publicitó apenas ayer en Reforma, nuevamente. Estos extractos del libro resultan más interesantes, en mi opinión.
Como lo señale en un artículo de Project Syndicate de diciembre de 2024, en noviembre y diciembre de 2023 se produjo un incremento descomunal de los flujos migratorios de Centro y Sudamérica a México, y de México a Estados Unidos. En noviembre se llevaron a cabo más de doscientos mil “encuentros” con migrantes del lado norteamericano de nuestra frontera norte; en diciembre, el promedio diario alcanzó más de diez mil. Esto generó un verdadero pánico en Washington y en la Casa Blanca, al grado que Biden despachó a sus secretarios de Estado y de Homeland Security a México el 27 de diciembre, en plenas fiestas de fin de año, para conversar con López Obrador.
Desde noviembre, el Instituto Nacional de Migración (INAMI), dirigido por Francisco Garduño, el verdugo de la cárcel de Ciudad Juárez, recortó severamente sus actividades disuasivas en todo el país debido supuestamente al agotamiento de su presupuesto del año. Desaparecieron retenes, patrullajes, corridas de camiones, vuelos de la frontera norte a Villahermosa y Tapachula. En una palabra, en los hechos, se les abrió el paso a decenas de miles de migrantes centroamericanos, venezolanos, cubanos y haitianos para que arribaran a la frontera con Estados Unidos lo más rápidamente posible.
Nunca creí en la explicación de la falta de recursos. Especulé más bien que López Obrador chantajeó a Biden con esta medida para lograr algo que se desconoce, o la puso en práctica para apoyar a Trump en su intento reeleccionista, habiéndose entendido mejor con el republicano que con su sucesor.
Ahora Salazar ofrece su versión, interna e íntima, de los mismos acontecimientos. Revela que en noviembre de 2023 la Embajada de EU supo, por boca de Garduño, que el Gobierno mexicano había agotado los recursos destinados al control migratorio.
“La ironía era amarga. El proyecto del Istmo pretendía ser parte de la solución a la crisis migratoria. Si lográbamos crear un corredor de seguridad moderno en esa franja relativamente estrecha, podríamos interceptar a traficantes y migrantes mucho antes de que llegaran a la frontera de EU. Pero las prioridades de AMLO habían contribuido a la misma crisis que el proyecto del Istmo estaba parcialmente diseñado para prevenir. AMLO se estaba apresurando a completar todos sus proyectos emblemáticos… Estos eran los logros que definirían su presidencia para la posteridad. Pero el trabajo poco glamoroso de manejar la migración —pagar a los contratistas para que operaran los autobuses, financiar los vuelos de repatriación— se relegaba… Señor Secretario, le dije (a Rogelio Ramírez de la O, Secretario de Hacienda), México necesita que se les pague a los contratistas. Necesitamos que los autobuses y los vuelos vuelvan a funcionar. La situación es crítica. Supongo que ha visto las cifras en la frontera. “Sí, Embajador (respondió Ramírez de la O), y estoy de acuerdo. Pero no tenemos el presupuesto. Las prioridades del Presidente son claras. El Tren Maya se inaugura el mes que viene. El ferrocarril del Istmo está casi terminado. AMLO cree que estos proyectos cambiarán México para siempre. Trabajaré para encontrar el dinero (para el INM). Pero AMLO debe aprobarlo”… ¡La migración podría destruir el legado de ambos presidentes! Por favor insista ante AMLO sobre la crisis de fondos”.
Después de la visita de los dos altos funcionarios norteamericanos, López Obrador accedió a rellenar las arcas del INAMI (o a reanudar sus actividades). Junto con medidas restrictivas aprobadas poco después por Biden, los flujos se desplomaron. Hacia mediados de 2024, cayeron a menos de cincuenta mil al mes. Sin embargo, era demasiado tarde. Ya Trump disponía de una potente carta para atacar a Biden por ser “blando” o permisivo con la migración indocumentada. Lo demás es historia.
No me cuadran del todo las magnitudes. Los camiones y los vuelos, incluso los retenes y los despliegues de la Guardia Nacional cazamigrantes, no representan costos presupuestales comparables a los de los elefantes blancos de López Obrador: Tren Maya, AIFA, Tren Interoceánico, Dos Bocas. Pero en su delirio, AMLO quizás sí dispuso que todo el dinero se fuera para allá, y nada en otras direcciones. De ser el caso —no estoy del todo convencido— se trataría de otro crimen lopezobradorista contra el Estado, el país, y el mundo. Por su consecuencia, según Salazar, y concuerdo: la elección de Donald Trump en 2024.
Excanciller de México
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