No es culpa de Sheinbaum que algunos partidos del Mundial del 2026 se celebren en México. Esa decisión la tomó Peña Nieto, y junto con ella se produjo la aceptación de la gran mayoría de las condiciones impuestas tanto por la FIFA como por Estados Unidos, es decir, la sede principal de los 104 partidos. Tampoco es responsable la Presidenta que todo salga bien o mal en infraestructura, incidentes posibles, y mucho menos, los resultados que alcance —o no— la selección mexicana.

Asimismo, en el fondo, ni siquiera le corresponde la autoría del éxito o fracaso turístico y de imagen de los trece juegos. Son tantos los factores que determinan un aforo turístico inmediato, o a mediano y largo plazo, que es imposible establecer una relación causal directa e inmediata.

Valeria Moy tiene toda la razón en su artículo de El País esta semana que el impacto en materia de turismo y la imagen de un país sede se puede medir de dos maneras. Una radica en el número de visitantes durante el evento per se; la otra consiste en el efecto a largo plazo de imagen y de turismo. Es posible que el costo-beneficio de una olimpiada o un mundial de fútbol no resulte provechoso a corto plazo; por ejemplo, que no llegue el número de turistas pensado —tal vez el caso de París en el 2024— pero a la larga se consiga un éxito de proyección mundial que contribuye no solo al turismo futuro sino al prestigio del país: algo intangible. A la inversa, es factible que acuda un gran número de visitantes al evento, pero que por cualquier razón —el boicot de Estados Unidos a la olimpiada de Moscú en 1980— ello no se traduzca en un éxito de imagen a futuro.

Moy ofrece cifras de Deloitte de los últimos mundiales sobre visitantes nacionales y extranjeros. Para el mundial de Brasil en 2014 se alcanzaron 3.1 millones de visitantes nacionales y un millón de extranjeros. Rusia, para el 2018, recibió 5.7 millones, de los cuales 2.8 fueron locales, y 2.9 extranjeros. En Qatar en 2022 desembarcaron 1.3 millones en total, incluyendo un millón de foráneos. Se trata de un fórmula para estimar el beneficio que una de estas celebraciones puede arrimarle a un país.

Pero siempre es necesario cotejar ese hipotético efecto benéfico con las enormes inversiones que se suelen realizar para un Mundial, sobre todo de la magnitud del 2026. Al respecto, la diferencia entre turistas extranjeros y nacionales reviste cierta importancia.

Los de afuera traen recursos netos nuevos: lo que pagan, lo que consumen, lo que derraman, constituye un plus neto para el país, es decir dinero que en ausencia de ese evento no se habría gastado en el país en cuestión. Los visitantes nacionales, en cambio, arrojan resultados contradictorios. O bien se trata de un excedente de gasto en relación a lo que se hubiera devengado en las ciudades pertinentes, porque la gente sale más a restoranes, a bares, a reuniones donde ordenan pizzas, tacos, etcétera, en su casa. O bien, si se trata de gasto de visitantes nacionales externos a las ciudades sede, puede generarse un mayor consumo que el de costumbre en transporte, hotelería, alquiler de automóviles, Airbnb, etcétera, que sin embargo no se realiza en la ciudad de origen del visitante. Se trata en ambos casos de una transferencia interna. Puede haber un poco más de gasto que de costumbre, pero es gasto de brasileños en Brasil, de franceses en Francia, de mexicanos en México.

Lo que sí es totalmente responsabilidad de la 4T, y de Sheinbaum en particular, es ofrecer estimaciones del número de visitantes y de la derrama económica alejadas de la realidad. Los famosos cinco millones de visitantes nunca tuvo ni pies ni cabeza. Representa un número mucho mayor para un número mucho menor de eventos que los casos citados.

Si se referían tanto a visitantes nacionales como extranjeros, deberían haber ofrecido la proporción de cada uno. Conocidos míos vinculados a líneas aéreas, a hotelería, así como a Airbnb en la Ciudad de México, me comentaron hace meses que nunca entendieron de dónde salió la cifra de los cinco millones. No parecía descansar en ningún tipo de cálculo más o menos fundamentado. En todo caso, es evidente que no se va a alcanzar ni remotamente un número de esa magnitud.

La propia empresa Deloitte ha dicho que cuando mucho podrían ser setecientos mil visitantes, me imagino que refiriéndose a los extranjeros. Se me hace alto. Las diversas asociaciones hoteleras han comunicado a propósito de los primeros días en la Ciudad de México, en Guadalajara y en Monterrey, una ocupación apenas superior a la que se acostumbra en el mes de junio: entre 60 y 65%. Sé de varias personas con múltiples departamentos en Airbnb que no han podido llenar su calendario de reservaciones. Falta ver la llegada de pasajeros internacionales a México, Guadalajara y Monterrey para construir una idea de la cantidad de visitantes que realmente recibiremos. Con excepción de algunos extranjeros, quizás paisanos de Texas, que ingresen por carretera para asistir a los cuatro partidos en Monterrey, la totalidad de los visitantes externos llegarán por la vía aérea. Será relativamente fácil comparar el número de pasajeros atendidos en los tres aeropuertos internacionales —el AIFA no cuenta, porque sigue teniendo solo un vuelo a Estados Unidos, y no parece que muchos cubanos puedan desplazarse a México en avión; tendrían que venirse nadando, aunque correrían el riesgo de que se los comieran los tiburones— con los de siempre durante este mes.

Todo sugiere que el número de visitantes extranjeros, es decir, los que realmente aportan recursos de fuera de México, resultará muy inferior a lo estimado. ¿Quién fabricó la cifra de cinco millones? Imposible saber. ¿Cuánto gastaron los tres gobiernos de México —Peña, AMLO y Sheinbaum— en complacer a la FIFA, a Ollamani, en infraestructura, en seguridad, en promoción, comparado con los ingresos para el país? Lo más probable es que en un país opaco, con un gobierno vergonzantemente sigiloso y sin transparencia, nunca lo sabremos.

Estas son las preguntas que conviene hacerse, y no tanto si dimos una magnífica impresión al mundo gracias a la fiesta mexicana. Esta es incuestionable. Nadie se nos acerca en lo que se refiere al relajo, el desmadre y la pachanga. Mientras nos dure la alegría de la sociedad mexicana ante las posibles victorias del Tri, ello, como MasterCard, será priceless.

Excanciller de México

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