La explicación simple y simplista cuando un gobierno enfrenta serios desafíos de política pública suele ser la comunicación. Es algo así como el futbol y el cine: todo el mundo se siente experto en materia de comunicación, y se trata de un tema que no requiere mayor sofisticación, pericia o estudio para opinar al respecto. Casi siempre, la explicación es falsa, o en el mejor de los casos, insuficiente. Pero eso sí: es fácil.

Las piernas al sol de Palacio, la colección Gelman, el derrame de petróleo, las pensiones doradas, la doble derrota de los planes B y C, se perciben como errores debidos a una mala comunicación. Cuando además, como sucede con frecuencia, los equipos encargados de la política comunicativa son detestados por una buena parte de la comentocracia, se antoja inevitable echarles la culpa. Así además se evita responsabilizar a los encargados de la sustancia detrás de las supuestas pifias de comunicación, sin hablar de acusar al jefe del Ejecutivo de yerros de fondo.

Casi siempre, sin embargo, detrás de la mala comunicación se esconde un error de fondo. No es sencillo detectarlo: requiere investigación, conocimiento, valentía y perseverancia. Tomemos el ejemplo del derrame de crudo en el Golfo de México. El problema no radica en que el gobierno no haya informado, o incluso en sus mentiras evidentes. Consiste en los orígenes del desastre, en la falta de respuesta expedita de las autoridades, y del empeño casi obsesivo de proteger a Pemex. Lo han comunicado mal, pero eso es lo de menos. Lo demás reside en la incompetencia de las autoridades correspondientes, en la desidia y el cinismo, y en la falta de voluntad de aceptar la clara comisión de un error de alguien. A lo que se debe agregar la mediocridad de la oposición y de la mayoría de los medios de comunicación, incapaces de investigar el escándalo e identificar a los responsables.

Lo mismo sucede con las piernas de sol (que no es un poema de Octavio Paz). No fue un error de comunicación, ni un descuido de los colaboradores de Claudia Sheinbaum, que debieron haberle informado correctamente, para que ella reconociera de entrada que alguien cometió una imprudencia. Impera una falta de profesionalismo, de seriedad y de sentido del Estado en todo el gobierno. En esta ocasión dicha falta se tradujo en una frivolidad irresponsable, aunque inocua. En otras ocasiones, se producen transgresiones más graves, efecto de las mismas causas: la improvisación, la ignorancia, la incapacidad de decidir, y la simple carencia de preparación. Eso lo que debe ser criticado, y no el hecho de que se tardaron en comunicar la verdad.

Gobernar no es sencillo. Todos aquellos que se han atrevido a hacerlo cometen errores. Pero el peor engaño consiste en creer que el problema es la comunicación. Se trata de una salida fácil, no solo para la crítica, sino también para los propios gobernantes. Detrás de cada metida de pata de comunicación, yace un error de sustancia. En este gobierno, abundan. Poco a poco, irán apareciendo. Sería hora de que alejaran a los culpables —son muchos— y los sustituyeran con caras frescas, aunque resulten imberbes.

Excanciller de México

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