Después de la diatriba de Trump en Doral burlándose de Claudia Sheinbaum, donde además afirmó que México era el “epicentro” de los cárteles en América Latina, muchos se preguntan si no es inminente algún tipo de ataque norteamericano en México. Si además se lee con cuidado el comunicado de los 17 ministros de defensa o de seguridad publicado ese día, donde se consagra el enfoque militar del combate al crimen organizado —primera vez que Estados Unidos hace suya la “guerra de Calderón”— no es difícil concluir que algo va a suceder en México en los próximos meses. Tal vez el Mundial ayude a posponer cualquier decisión norteamericana, pero algún tipo de intervención podría suponerse como inevitable.

La disyuntiva para el gobierno mexicano se presenta entonces del modo siguiente: ¿Existe alguna manera de evitar dicha acción militar estadounidense? ¿O conviene más bien resignarse ante ella, y protestar cuando acontezca, sacando algún provecho político interno del acto agresivo? La discusión alrededor de Sheinbaum posiblemente gire en torno a estas preguntas.

Una primera respuesta residiría en adoptar una postura claramente mexicana: aceptar el involucramiento de efectivos y/o misiles-drones en operaciones conjuntas, disimulando lo más posible la presencia de militares o agentes de Estados Unidos. En teoría no debe ser imposible, sobre todo si los efectivos son mexicano-norteamericanos, hablan español, visten uniformes mexicanos —probablemente ya sucedió en sexenios anteriores— y si los instrumentos de guerra utilizados pueden aparentar ser lanzados desde territorio mexicano con una especie de astronauta nacional al mando (como Neri Vela: “Don´t touch”) Algunos sospecharían la verdad, pero gracias al control de medios que ejerce Ramírez Cuevas, se antoja factible callar casi todo.

El problema radica en la obsesión mediática de Trump y en su carácter imprevisible. Todo esto es susceptible de pactarse con sus colaboradores, incluyendo un acuerdo de sigilo o reserva. Pero nada asegura —y más bien lo contrario— que Trump no divulgaría todo el esquema a las primeras de cambio, para recoger los beneficios mediáticos del proceso. Simplemente el gobierno de Sheinbaum no puede confiar en él, y con razón. Aceptar operaciones conjuntas en secreto implica aceptarlas algún día en público. El país y la base de Morena —y López Obrador— no parecen encontrarse listos para un tal desenlace.

La otra opción consiste en seguir diciéndole que no a Trump, con la famosa y medio confusa cabeza fría, sabiendo que cualquier día se puede producir la acción unilateral. Al ocurrir, Sheinbaum puede cantar el himno nacional, envolverse en la bandera, y apelar a los supuestos sentimientos nacionalistas de los mexicanos para movilizar protestas y eventos de solidaridad: una unidad nacional a la Ávila Camacho, sin guerra ni verdadera unión. Muchos aplaudirían.

El rechazo se vería necesariamente acompañado de una serie de pasos concretos en torno a la cooperación con Estados Unidos. Estos podrían extenderse desde notas diplomáticas hasta llamar a consultas al embajador en Washington —si es que el teléfono de Esteban Moctezuma funciona—, hasta medidas más drásticas, aunque provisionales. Incluirían la suspensión de los intercambios de inteligencia, una reducción del personal de seguridad norteamericano en México, el retiro de los militares mexicanos de sus labores anti-migratorias, la interrupción de pláticas sobre seguridad con Washington. Todas encierran un costo, pero serían dirigidas a la galería interna, y no resultaría imposible informar a gente en la administración Trump que México se ve obligado a todo ello, pero que no conviene responder, ya que todo pasará al cabo de un “intervalo razonable”, como dijo Kissinger a propósito de la caída de Vietnam del Sur.

Sheinbaum cosecharía todo tipo de elogios y simpatías, con un costo en apariencia relativamente bajo. Ayudaría a distraer del enfriamiento de la economía ya visible en febrero, y que probablemente se prolongue, así como de la decepción ineluctable ante el reducido público extranjero que acudirá al Mundial. Mientras Trump no enloquezca, se trata quizás de una estrategia inteligente. Tengo la impresión que ya la ha adoptado el gobierno.

El inconveniente radica en el proverbial “slippery slope”. Si el mandatario de Estados Unidos concluye que intervino sin suscitar una respuesta radical de los mexicanos, se puede ver tentado de seguir por ese camino. Habría más y más operativos, contra blancos cada vez más diversos: laboratorios, trailers, trenes, narco-políticos, capos, etc. Es el camino de la escalada.

En todo caso, por ahora hablamos de puras conjeturas. En cambio, la adopción por Washington y 16 gobiernos latinoamericanos de la militarización del combate al crimen organizado constituye ya una realidad. A la que los países no invitados —Brasil, Colombia, Guatemala y México— debieran responder pronto. Supongo que para eso conversaron ayer Sheinbaum y Lula.

La respuesta se antoja sencilla. Sin estridencia ni retórica excesiva, simplemente afirmar que la militarización no es el camino, que ya se ha intentado y ha fracasado, y que se requiere un enfoque diferente -civil, de salud pública, de inteligencia y financiera- para tener éxito. Juan Manuel Santos, por ejemplo, se las podría redactar en dos patadas. Aunque no podría resolver la contradicción mexicana: nuestra estrategia es, justamente, militar.

Excanciller de México

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