Ricardo Anaya regresa. Recibido con trompetas y fanfarrias por Acción Nacional, se presenta como esa alternativa de la que hasta el momento carece el partido. La noticia en sí misma no es ni buena ni mala, a la espera de que se defina su aportación. Por ahora, regresa, como también lo ha hecho Vicente Fox. El caso del expresidente es interesante porque va y viene, tan pronto lo expulsan como lo reincorporan, lo corren como lo regresan. Más que un expresidente es una pelota de frontón. Por detrás es innegable la voluntad de la dirigencia de sumar figuras y esfuerzos ante las elecciones del año que vine. Todos estos movimientos, independientemente del bagaje de los individuos, indica la constitución de una opción que pueda hacerle frente a Morena. El caso del PAN es significativo de una reconciliación dentro de una formación política que obedece también a la necesidad de los ciudadanos de identificarse plenamente con sus representantes políticos.

Independientemente del ideario de cada ciudadano, urge una reconciliación de los partidos políticos con los ciudadanos. Cualquier formación política se origina en la sociedad, es su extensión dentro del entramado público. A pesar de sus reticencias en ocasiones, el político es también un ciudadano, sobre todo un ciudadano. La crisis actual exige un paso al frente de los políticos mexicanos. Habituados a interesarse únicamente en sus asuntos, casi siempre al margen de la sociedad, desconociendo el mandato de servir por el que son elegidos, han establecido una diferencia insalvable con sus representados. Estos juegos oscuros que, si bien no se conocen en lo particular, son advertidos por la ciudadanía, están en el origen del divorcio entre unos y otros. Las elecciones del año que viene no son sólo unos comicios que dibujarán un renovado mapa político nacional, sino que se ofrecen como una oportunidad para regenerar la vida pública. El compromiso del político es con sus representados o con su formación. Parte de los males de nuestra política es que los servidores públicos están más pendientes de los antojos de sus dirigencias que de asumir a cabalidad su representación. Esa reconciliación sólo será posible si los partidos políticos aceptan cambiar sus modos y costumbres, si asumen su deber hacia el mexicano, si de una vez se convierten en la voz y los ojos de sus votantes. El ciudadano desconfía, el político sólo le da motivos para desconfiar.

A la vez que los partidos se rearman, quizás convendría que privilegiaran los intereses de la sociedad. Quizás no baste para ganar elecciones, pero sí para dotar a nuestro sistema de mimbres más democráticos. Los partidos con sus mañas y trampas no decepcionan únicamente a la ciudadanía sino que desgastan la democracia. Paradójicamente quienes deberían velar por ésta, son sus principales adversarios. Los mexicanos quieren democracia, los partidos son vehículos en que se expresa, parecería natural las simpatías entre unos y otros. La evidencia es todo lo contrario. No sorprende. La democracia mexicana es en realidad una cleptocracia. Los partidos políticos harían bien en buscar el bien común. Lo contrario es un fraude que es percibido por la sociedad. El divorcio entre clase política y ciudadanía es responsabilidad de la primera. En sus manos está revertir la situación. Urge la reconciliación entre política y sociedad.

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