La estrecha convivencia de estas semanas, incontables semanas ya, origina en las parejas situaciones contrarias. En ocasiones las compenetra más, dándose el tiempo para reconocer quizás aquello que en su momento originó los enamoramientos; en otras, exhibe unas maltrechas costuras, apenas advertidas en la rutina diaria anterior a la pandemia, pero que aparecen con toda la consistencia de lo irremediable. Hay parejas que se han roto, esperando el fin de confinamiento para formalizar la separación. En ambos casos, la vida impone sus ritmos y pausas, y más bien nos vamos ajustando a ella. Ocurre, sin embargo, que existen maneras de aceptar el naufragio de una relación. La violencia intrafamiliar se ha multiplicado en este periodo. No importa que López Obrador afirme lo contrario. Siempre declara lo que le conviene, pendiente únicamente del rédito político, de los índices de popularidad, de su imagen, sin que le importe la verdad, la realidad, lo que los índices revelan mediante cifras difícilmente cuestionables. Bueno, sí, cuestionadas por los datos invisibles del Presidente. No aceptar la evidencia es la política preferente de este gobierno.

Las auscultaciones exponen crisis en muchas familias por una violencia familiar que se incrementa significativamente. Olga Sánchez Cordero, titular de la empresa Colocación familiar Sánchez & Cordero, siempre presta para postrarse como tapete (basta recordar la infamia de su murmuración al gobernador de Baja California asegurándole que sería prolongado su mandato), recientemente ha llamado a legislar en relación con la violencia que sufren las mujeres. Acostumbrada a no hacer nada, sus palabras adquieren un sentido que va más allá de lo que dice López Obrador. Es la Secretaria de Gobernación aunque nadie lo recuerde. Era previsible que irrumpiera la violencia familiar, aunque el gobierno no prevea nada. En realidad, esta situación se abona a la violencia de todo tipo que ha destapado la pandemia. Los noticieros informan a diario de la inseguridad en familias, calles, avenidas, plazas; asaltos, homicidios, violaciones; robos, hurtos, tráfico de lo que sea. La familia es el núcleo de la sociedad. Nada más natural que, descoyuntada, se multipliquen todo tipo de delitos. Pero el Presidente está en otra cosa, fomentando la violencia, dividiendo, enfrentando, señalando, acusando, con absoluta impunidad. Maneja su circo con la pericia del domador de gatitos, pero es lo único que consigue operar. Mientras, la sociedad, a la que ya se le pasó las expectativas que había puesto en el confinamiento, cada vez es más pesimista, está más decepcionada, se encuentra más desorientada.

La apertura -allá en donde se proceda, a pesar de las reservas de Sánchez Cordero que sólo sale a la plaza pública para informar despropósitos y que ahora se opone a la autonomía de los Estados- ofrecerá a los ciudadanos unos espacios públicos más amenazantes, más inseguros. Se habla reiteradamente de la importancia de la economía, no se insiste lo suficiente en la inseguridad con que las calles recibirán a los mexicanos. A lo mejor el confinamiento termina siendo un grato recuerdo. El tiempo dirá. Las autoridades deberían situar el combate a la inseguridad en un lugar muy visible. De momento, es difícil disipar el recelo dada la información caótica y desordenada que procede el Ejecutivo.

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