Son momentos confusos, más opacos que ambiguos. La verdad ya no interesa. Ni siquiera merece la mínima atención. La posverdad impone sus condiciones y los ciudadanos la aceptamos sin reparos. No importa que la realidad indique otra cosa. Conforta más lo posible aunque en nada se equipare a la experiencia cotidiana. Acostumbrados al consumismo en que el valor reside en el precio por el que adquirimos unas u otras cosas, nos resistimos a aceptar que quizás hay otra realidad alejada de la compra y la venta, del intercambio, de la mercadería.

El desprestigio de la verdad, porque está desprestigiada aunque de labios hacia afuera no lo expresemos, nos ha llevado a esta situación en que todo es a condición de no ser. Cada quién elige la información que le conviene, a contrapelo de la razón y la evidencia. La posverdad es eso, un amplio mercado de justificaciones en que optamos por lo oportuno en cada ocasión. La consecuencia de este hábito es ignorar la información que nos llega directamente de la experiencia.

No es que no la advirtamos sino que no queremos, volteamos a otro lado, nos hacemos de la vista gorda. El bien común pasa a un segundo lugar, el interés personal se adueña de intenciones y propósitos.

Esta coyuntura nos afecta a todos sin excepción. En lo político a todas las fuerzas, a gobierno y oposición. No hay voluntad de entendimiento, cada uno dice lo que le conviene, en ningún caso a los ciudadanos. Unos dicen que ya no hay corrupción, que la pandemia ya se domó, el Estado de Derecho es más fuerte que nunca. Otros, hay más corrupción que nunca, López-Gatell debe dimitir, no existe en México el Estado de Derecho. Ninguna de estas posturas es verdad, ninguna es completamente falsa.

Pero lo importante no es la verdad, sino el momentáneo rédito político a costa de la sociedad a la que unos y otros se deben. Nadie cede en su posición, y no porque no advierta que está faltando a la verdad, sino porque piensa que la impostura puede rendirle en votos. Y, sin embargo, todos ellos saben qué está pasando, cómo están las cosas, cómo la situación actual. Pero nadie tiene la dignidad de contarnos a los mexicanos la verdad.

La verdad está definitivamente desterrada de nuestra vida pública. A nadie le importa, ni siquiera a quienes deberían respetarla. Hablar es gratis, nunca tiene costes, pero quizás sea hora de que empecemos a exigir responsabilidades por los dichos.

La moral pública se desvanece. Sólo queda el oportunismo. La hipocresía se establece como actitud de consenso. El juego perverso nos ha llevado a un callejón sin salida. El hoy ya no importa, lo único determinante son las elecciones del 2021.

El presente y su verdad son sólo circunstancias al servicio de ese futuro al que sucederá otro igual de importante previo presente y su verdad tan incómodos como los actuales. Y mientras, unos y otros mentirán falsearán la realidad, negarán la evidencia. Pero México, ante la dramática situación que vive, no puede permitírselo. Es necesario que se diga la verdad y que los actores políticos se pongan de acuerdo para enfrentar el futuro inmediato. 

Es momento de unidad para servir con generosidad al país, para procurar las mejores condiciones a los mexicanos, para adoptar medidas que combaten la crisis sanitaria, la económica, la social, la de seguridad.       

 

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