Son varias las enseñanzas que, en términos de opinión pública, nos deja el primer año de gobierno del presidente López Obrador. Resalto solo algunas que me parecen de lo más relevante:

Primero, los ciudadanos tienen tolerancia a los malos resultados en materia económica y de seguridad pública. A diferencia de lo que señalan los modelos tradicionales de aprobación presidencial, el deterioro en la economía y la seguridad no se traducen de forma automática en castigo al presidente en turno. Esto sucede a pesar de que para el público es claro que el presidente y su partido son quienes toman las decisiones en el país. Es todavía pronto para determinar qué mecanismo es el que explica este comportamiento: Son varias las posibilidades:

1) la población atribuye este deterioro a la herencia de administraciones pasadas (“el modelo neoliberal”, “la guerra calderonista”) y por ende exculpa al presidente López Obrador por los malos resultados, Si este es el caso la pregunta es cuánto tiempo más de margen tendrá AMLO para dar resultados;

2) los ciudadanos piensan en forma intertemporal, es decir, se vive un momento de transición en el que al inicio se experimentan costos a cambio de un mejor futuro. Quizá el mejor ejemplo de ello sea el combate a la corrupción. Arrancarla de raíz tiene consecuencias negativas iniciales, como paralización de actividades, pero el futuro será promisorio. Hemos visto que este argumento tuvo eco en el caso del combate al huachicol. A pesar del desabasto que se generó no hubo consecuencias negativas para el presidente. Por el contrario, la población apoyó la medida y los números presidenciales mejoraron.

3) Aunque la economía en general esté estancada, o en retroceso, una mayoría de la población recibe apoyos sociales por lo que el deterioro económico afecta de manera diferenciada a la población. Las políticas gubernamentales tienen un efecto redistributivo que se traduce en un creciente apoyo al gobierno por parte de los grupos sociales beneficiados. Hoy, alrededor de 40% de la población considera que los apoyos gubernamentales son el principal acierto de esta administración.

Hay dos elementos fundamentales en estas posibles explicaciones. En el caso de las dos primeras, la paciencia ciudadana es crucial, en particular cuánto tiempo tendrá que pasar para que el público empiece a responsabilizar a AMLO por las condiciones actuales del país o por las decisiones que impactan en estas. Si las medidas aplicadas no producen los resultados deseados, ¿cuánto tiempo de gracia tendrá la administración? Hoy la población se orienta por expectativas pero tarde o temprano tendrá que ajustarse a las condiciones objetivas del país.

Por último, puede ser posible que los tres mecanismos arriba descritos coexistan simultáneamente y rijan las evaluaciones ciudadanas en diferentes áreas. Así, en el tema de corrupción, los mexicanos pueden pensar de manera intertemporal. La dificultad de solucionar un problema sempiterno le otorga al gobierno un mayor margen de acción. En el tema de seguridad los mexicanos pueden tener mayor propensión a culpar al pasado. Los niveles de violencia están presentes desde la administración de Calderón y este claramente se atribuyó la responsabilidad por las decisiones entonces tomadas. El gobierno de Peña Nieto solo continuó la ruta trazada por su antecesor.

En este sentido, y a pesar de que la polémica estrategia lopezobradorista de “abrazos, no balazos” carece de respaldo mayoritario, como fue evidente en el caso de la liberación del hijo de Ovidio Guzmán, la reciente captura de García Luna le significa al presidente López Obrador una victoria temporal. Sin ser un aval a la estrategia de los abrazos, sí deslegitima la estrategia de los balazos lo que le da un mayor margen de acción y un tiempo crucial para mostrar resultados.

Twitter: @jblaredo

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