Sed de alternancia

Jorge Buendía

Doce de los 15 estados probablemente cambiarán de manos. Solo en Chihuahua, Querétaro y Baja California el partido gobernante conservó su posición

El electorado apartidista que le otorgó el triunfo a AMLO en 2018 dio nuevamente muestras de su independencia este domingo pasado. Su fuerza política trasciende por mucho su peso electoral. Un simple cambio de preferencia de 10% de los votantes significa muchas veces la alternancia. El deseo de alternancia fue sin duda una constante en las contiendas más importantes del domingo pasado. A nivel de gubernaturas, 12 de los 15 estados probablemente cambiarán de manos. Solo en Chihuahua, Querétaro y Baja California el partido gobernante conservó su posición.

Detrás de esta sed de alternancia está el descontento ciudadano con el statu quo y la clase política que nos gobierna. AMLO se benefició enormemente al presentarse como “outsider”, como un reformista del sistema político. A juzgar por sus triunfos en las contiendas para gobernador, Morena sigue beneficiándose de este posicionamiento como partido reformista. Morena, sin embargo, no tiene el monopolio de la categoría antiestablishment. Me parece que no es fortuito que los estados donde Morena tuvo un peor desempeño fueron aquellos donde tuvo que enfrentar a candidatos atípicos de los llamados partidos minoritarios: Samuel García, en Nuevo León, y Ricardo Gallardo, en San Luis Potosí. Políticos como Samuel García le disputan a Morena el monopolio de la disrupción de la clase política y pueden también enarbolar en campaña la bandera del cambio. El estilo diferente de hacer campaña es en sí mismo prueba de su ruptura con la clase política tradicional.

En este sentido, la paridad de género ha significado también la irrupción de un nuevo perfil político. Las candidaturas femeninas siempre han gozado de una ventaja natural en atributos como confianza y cercanía, precisamente los atributos que menos le reconoce el ciudadano a la clase política tradicional. La mayor presencia femenina en la oferta electoral encontrará sin duda excelente recepción entre el electorado apartidista.

El electorado apartidista representa aproximadamente a la mitad de los ciudadanos con credencial de elector. Por definición, no están atados a las visiones partidistas y mucho menos a las visiones ideológicas que algunos de estos impulsan. Este tipo de votantes es un importante dique a la polarización política del país. Más importante aún, su volatilidad puede traducirse en un mecanismo de rendición de cuentas fundamental para la vida democrática del país. Si estos votantes, ante un deterioro mínimo del bienestar del país o el suyo propio, cambian el sentido de su voto, serán claros los incentivos para un buen gobierno. Un mal desempeño, o la percepción de este, será castigado en las urnas de forma inmediata.

La alternancia partidista es el requisito mínimo de toda democracia (Przeworski). Hoy vivimos en un país donde la alternancia partidista es la regla más que la excepción. Los últimos tres sexenios han sido dirigidos por gobernantes de distintas fuerzas políticas. A nivel estatal, hay estados que han experimentado gobiernos de todos los signos partidistas (Michoacán, Tlaxcala, Morelos, Jalisco, Nuevo León). En este año muchos estados más se integrarán a este club (Sonora, Baja California Sur, Sinaloa). El reto será saciar esta sed de alternancia a través de un buen gobierno y de la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Si la alternancia es el castigo idóneo para un mal gobierno, la reelección de un gobernante (o de su partido) es el premio idóneo para una buena gestión. 

@jblaredo

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