Se le veía desorientado, con emotividad mal contenida, como la conciencia inconfesada de quien preside un sistema que ha perdido la fe en sí mismo. No era el gesto adusto del sitiado ni la frialdad del administrador del declive; era la perplejidad del que no consigue ordenar el relato.

Ese fue el quiebre histórico, casi obsceno, en la liturgia de los 67 años del poder revolucionario cubano que se evidenció en la comparecencia pública del presidente Miguel Díaz-Canel el pasado 5 de febrero. Lo hizo para informar sobre la grave situación económica y social que atraviesa la isla, la crisis energética y el desabastecimiento.

Esta vez, el lenguaje corporal de Díaz-Canel lo traicionó. Microgestos de inseguridad y un fraseo sin pulso, propios del heredero de un tiempo histórico agotado, que enumeraba temas sin jerarquía ni épica. El contraste es elocuente. Durante el Período Especial de 1990–1994, Fidel Castro conservó el control narrativo y convirtió la catástrofe en sacrificio redentor. Raúl Castro, más sobrio, admitía límites e ineficiencias desde la aritmética del burócrata-militar que aún confiaba en el mando.

No se trata de un ademán de apertura, sino del desmoronamiento implícito de una autocracia que, en tono dulcificado, habla ahora de diálogo sin presiones ni condiciones. Un vuelco histórico que no puede entenderse sin las decisiones —y los grandes riesgos políticos— asumidos por el presidente Donald Trump para echar abajo a las dictaduras caribeñas y cortar su oxígeno energético. Esfuerzo que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, comprendió tardíamente, aunque enhorabuena, y que deja en evidencia la insuficiencia de una Doctrina Estrada no revisada para deslindarse, sin ambigüedades, de regímenes autoritarios.

Ahí se condensa la ruptura de otro umbral histórico. Ningún otro presidente estadounidense ha hecho tanto, en tan poco tiempo, por América Latina como Trump, junto a su Secretario de Estado, Marco Rubio. Reconocerlo no equivale a suscribir decisiones polémicas ni a adherir a una visión integral de su presidencia; supone, más bien, separar el juicio histórico del alineamiento político. En ese plano, su impronta resulta más intensa que la de presidentes bien valorados como John F. Kennedy, con la Alianza para el Progreso, o Bill Clinton, cuya apuesta se concentró en la integración comercial y algunos avances en seguridad. Supera, incluso, el precedente de Ronald Reagan, de balance geopolítico titánico, del que la contención del comunismo en Centroamérica fue solo una de sus expresiones, junto con la apertura comercial preferencial para los países de la Cuenca del Caribe.

A la luz de ese cambio de condiciones, Díaz-Canel reapareció con piel de oveja y enojo impostado, reclamando el derecho de su país a recibir combustible. Pero el dictador nunca podría explicar por qué ellos sí se arrogan el derecho de mantener a los cubanos como súbditos del miedo, sometidos a una violencia estructural que no se agota en la escasez ni en los apagones, sino que alcanza su forma más devastadora en la cancelación del futuro, la imposibilidad de imaginar una salida o de proyectar una vida.

A esa asfixia moral se superpone un país asolado por la drogadicción desbordada, con un tejido social en franca descomposición, visible en montañas de basura apiladas en las calles, con inflación desbordada y una precariedad que no admite metáforas piadosas ni consignas recicladas.

Ese es el saldo real de una efigie que durante décadas se ofreció a América Latina como horizonte moral. No el de una economía que colapsó, sino el de un sistema que nunca funcionó ni caminó por sus propios pies. Hasta 1989 sobrevivió gracias a la Unión Soviética; desde finales de los noventa, gracias a Venezuela y a las limosnas de su llamada «solidaridad internacional».

Ese parasitismo estructural sostuvo un mito que predicaba redención mientras exportaba resentimiento, odio de clases y violencia. El mismo régimen que financió y entrenó guerrillas, que contribuyó a inundar de sangre los campos y las ciudades de El Salvador, Nicaragua y buena parte de América Latina, y que, tras el derrumbe soviético, se mimetizó y alimentó el neopopulismo regional a través del Foro de São Paulo como mecanismo de supervivencia.

Aunque hoy Díaz-Canel ensaye una máscara de inocencia, se trata del mismo proyecto que también dio refugio a terroristas. Pero un régimen sostenido solo por inercia y miedo ya no basta. Los cubanos —un pueblo grande— perciben que, por primera vez en décadas, el abuso legitimado como epopeya puede desplomarse en cualquier momento. Es un deseo de cambio tan real que, si mañana hubiera elecciones libres, Donald Trump las ganaría, no por afinidad ideológica, sino porque encarna para los cubanos la ruptura del cerco histórico que los condenó.

Es como si Némesis, la diosa de la justicia retributiva, interviniera no por ira, sino para ajustar las cuentas de la historia. De tal magnitud es lo que está en juego con la eventual caída de la dictadura cubana, que podría alumbrar una etapa inédita para el Caribe. Una suerte de «milagro centroamericano tardío» en el que, al menos, se desmontan dictaduras, se combate el crimen y se restablecen condiciones mínimas de estabilidad, crecimiento y bienestar.

Analista político e internacional

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