La incursión gringa en Venezuela no restauró la democracia, tampoco tocó un pelo de los cárteles de la droga; Trump y Rubio dijeron abiertamente su objetivo: el petróleo e implantar un protectorado, al estilo de los consulados romanos, en Venezuela, y además se llevó entre las patas al derecho internacional tejido de la posguerra en la ONU y sus instituciones.

Apostar por la intervención yanqui para derrocar la nefasta dictadura de Maduro ha sido trágica para los venezolanos, dañino para toda América, desde Canadá hasta el estrecho de Magallanes, y un paso hacia el establecimiento de la política internacional del patio trasero. Monroe al estilo del pelos de naranja.

No basta el lema yanqui go home para hacer frente a esta ominosa amenaza a la paz mundial. El izquierdismo elemental no justifica el apoyo a dictaduras como la de Maduro, la de la dinastía Castro y la inclasificable de Ortega y la señora Murillo.

Comunismo y socialismo son palabras manchadas de sangre por las dictaduras del campo socialista. No puede haber cambio anticapitalista sin libertad, democracia y derechos humanos, además de defensa del medio ambiente.

Estamos padeciendo la secuela del derrumbe soviético. Sus reliquias son patéticas. Cuba es un apagón permanente de la libertad, con una economía de guerra, con una fuga masiva de la cuarta parte de su población en un lapso de cinco años, una dinastía obscena cuya opulencia la personaliza el nieto de Raúl Castro, el Cangrejo. La Revolución Cubana, cuna de mi generación, fue traicionada por la dinastía de los hermanos Castro.

Marco Rubio, Secretario de Estado de Trump, dice que Cuba es el próximo objetivo de los Estados Unidos. Desde ahora hay que combatir una aventura semejante. El ejército cubano tiene el mejor armamento del continente, exceptuando al de los gringos. Tiene oficiales de convicciones profundas menos susceptibles de convertirse en traidores como los altos mandos militares de Venezuela; no es casual que los casi únicos muertos del círculo de seguridad más cercano a Maduro hayan sido oficiales cubanos.

Cuba requiere libertad, los luchadores cubanos son cada vez más y decenas de miles han perdido el miedo y salen a la calle, como los de la rebelión de junio del 2021 y sus antecedentes del barrio de San Isidro, precedidos por muchos, desde Reynaldo Arenas hasta Vladimiro Roca, de quien fui venturosamente amigo.

Ni Cuba, ni Venezuela son patrimonio del izquierdismo impostor y estafador. La mejor resistencia a la delirante implantación de los consulados de Trump es la solidaridad con los luchadores que se enfrentan con gran valentía a sus dictaduras, en Cuba a la dinastía castrista y en Venezuela ahora a la vergonzosa “encargada” de gestionar los asuntos de los gringos, Delcy Rodríguez, presidenta títere de Trump y Rubio, a pesar de su demagogia, de su hermano Jorge Rodríguez, del troglodita Diosdado Cabello e incluso de Nicolasito, el hijo del dictador preso en Nueva York, en la prisión llamada “un infierno en la tierra”, donde también está El Chapo Guzmán, Caro Quintero e Ismael el Mayo Zambada.

Nunca como ahora es necesario analizar por qué ocurrió esta pesadilla, por qué las revoluciones del siglo XX, la de Octubre, la China y la de Cuba, se convirtieron en infiernos para sus pueblos y su desprestigio favorece la creciente dominación de la ultraderecha en Francia, Italia, Alemania, incluso Suecia y Finlandia, y también en Argentina y Chile.

Trump es posible por la ausencia de una opción libertaria, aunque hay excepciones esperanzadoras como el triunfo en Nueva York de Zohoran Mamdani.

Cargo

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