Las declaraciones del presidente López Obrador sobre la imposibilidad de que en México hubiera lugar para un golpe de Estado, como en 1913 lo hizo Victoriano Huerta contra Madero, no deben ser tomadas a la ligera, sino con la mayor preocupación en un país que hace más de un siglo dejó atrás esa nefasta práctica y que no tomó parte de la oleada de dictaduras militares que ahogaron las democracias latinoamericanas en la década de los años setenta.
Creo que no se trata de una mera cortina de humo ante las críticas generadas por el fallido operativo en Culiacán y que desnudó la debilidad del Estado mexicano. Tampoco fue para justificarse por su ataque a la libertad de expresión de los medios informativos, calificados por voceros oficialistas como “prensa prostituta, corrupta, vendida”. Y mucho menos buscar la lealtad de las fuerzas armadas que no han dado motivo para que se dude de su sometimiento al poder civil.
En realidad, lo que está en curso es una estrategia de aniquilamiento de la democracia y concentración del poder en un solo individuo, propio de las dictaduras.

Este asunto se inició con la revelación de una reunión de altos mandos militares con el secretario de la Defensa Nacional en días pasados por el periódico La Jornada, un medio afín al gobierno. En ella se da cuenta del descontento de los militares por decisiones de AMLO, en boca del general en retiro Gaytán. El presidente López Obrador diría en conferencia que esas declaraciones eran a título personal por un general designado como subsecretario por Felipe Calderón.
Parecía que el asunto no pasaría a mayores. Pero luego vino la crisis gubernamental de comunicación por el enredo sobre Culiacán que puso en entredicho la fallida estrategia contra la inseguridad.
Llegaron los días de asueto por “los Santos Inocentes y los Santos Difuntos”. Pero desde “la paz de los sepulcros”, AMLO resucitó a Madero y Huerta y habló sobre el “acecho de halcones y militares golpistas”, y del supuesto papel colaboracionista de la prensa con ellos, regresándonos a más de un siglo de sangrienta historia nacional. “No hay condiciones para ese retroceso”, dijo López Obrador. ¿Y entonces?
El Presidente sabe que el manejo del país se le ha complicado: sin crecimiento económico, sin empleos, sin seguridad y con su popularidad a la baja. Decide recolocarse aún a costa del prestigio de las fuerzas armadas. Y relanza su estrategia de agrupar a todos sus críticos: políticos, articulistas, académicos y empresarios, como adversarios a su fallida transformación, ubicándolos como alentadores del “golpe de Estado” que él mismo inventó.
El pasado 4 de noviembre salió a “denunciar” que la tendencia en redes sociales durante los días anteriores fueron los referidos al desprestigio de la prensa y no a la exigencia de renuncia de Olga Sánchez Cordero por sus irresponsables declaraciones que convalidaban el atraco de Bonilla en Baja California. Con ello subrayó que hay un complot en su contra que le impide gobernar y, por lo tanto, había que abortar “la conjura conservadora”.
Por lo mismo metió a Felipe Calderón como supuesto artífice de tweets en su contra ese fin de semana, así como al panista Romero Hicks y al priista Aurelio Nuño. Solo faltaron los perredistas.
Todos en el mismo saco de la supuesta conspiración, incluido el Ejército que le es leal a toda prueba, aun cuando el propio AMLO declaró, no casualmente a La Jornada el pasado 1º de julio, que “si por mí fuera, yo desaparecería al Ejército y lo convertiría en Guardia Nacional”.
Entonces, Presidente, ¿de dónde viene y quién promueve el golpismo? ¿Qué pretende al seguir dividiendo al país cuando más se requiere de la unidad nacional? ¿Qué sigue ahora? ¿A qué acciones llamará y contra quiénes? Registre muy bien que los críticos a su gobierno somos demócratas y defensores de la República. No somos golpistas.
Y mientras tanto la violencia crece cobrando vidas inocentes y encima de ello aparecen las tentaciones intervencionistas de Trump a las que AMLO da motivo. Cuidado.
Exdiputado federal