Hace cuarenta y nueve días se cumplieron cuatro años desde que Putin lanzó su guerra de agresión contra Ucrania. Hace cuatro años y dos meses que México “se ha negado sistemáticamente a denunciar explícitamente las cosas por su nombre”. “El pacifismo que no distingue el agresor de la víctima no es pacifismo. Es complicidad”, dice Arturo Sarukhán. Ucrania lucha para sobrevivir, mientras que Putin manda a los rusos a la muerte por su imagen. La diferencia es importante.
Mil quinientos catorce días desde que Vladímir Putin lanzó su “operación militar especial”. Todo el mundo está agotado. Los combatientes en el frente. Las poblaciones, la ucraniana que paga un tributo mucho más pesado, pero la rusa también; y la opinión pública occidental que olvida a Ucrania y a Gaza y se preocupa por el precio de la gasolina en las estaciones. El tiempo pasa y cada día mueren militares y civiles. Putin es ya, después de Stalin, el huésped del Kremlin que mandó más sujetos a la muerte; cada día cientos de soldados caen en el molino de carne. No le importa al autócrata, porque él no paga el precio; el pueblo lo paga, especialmente los pobres de las regiones periféricas y de las minorías nacionales. A esto, Putin llama “desnazificar”. Noche tras noche, día tras días, drones y misiles caen a un ritmo acelerado sin distinguir entre objetivos civiles y militares, arrasando de manera sistemática todas las infraestructuras, devastando los bosques y el campo. Escuelas, hospitales, trenes y camiones de pasajeros son blancos. Los presos son torturados y asesinados; miles de niños de los territorios ocupados han sido deportados para hacer de ellos buenos rusos desnazificados y futuros combatientes contra Ucrania.
¡Qué aburrido! Es la rutina de cada día, cambie de tema, por favor, señor opinólogo. Hay que hacer la paz, a cualquier precio, puesto que el precio lo pagarán los ucranianos, no nosotros los ciudadanos del “Occidente global”. El mayor peligro que amenaza a Ucrania es la alianza entre Donald Trump y Vladímir Putin; los dos nos repiten que el obstáculo a la paz es Volodymyr Zelensky, el amigo de Sean Penn, el actor que no deja de ir a Ucrania, hasta el frente, para manifestar discretamente su solidaridad. Realizó un documental sobre Zelensky quién, fue como él actor, antes de ser presidente.
Los dos presidentes, el ruso y el estadounidense, son predadores mayores dispuestos a tasajear económica y territorialmente a Ucrania. Comparten también la visión de una Europa débil y decadente que no tiene los medios para defender su riqueza porque creyó que había llegado “el fin de la historia” y que el comercio sería la mejor defensa de la paz y de la democracia. Dinero y poder unen a Putin y Trump. Trump vende a Europa el gas que intenta dejar de comprar a Putin; y las armas que Europa le compra para que Ucrania las use. ¿Para defenderse? Ciertamente, pero al hacerlo Ucrania defiende a la egoísta, miope y dividida Unión Europea.
?¿Alguien quiere la paz? Ucrania quiere una paz justa y sabe que Putin se come a la justicia en su desayuno. Para Putin sería una vergüenza reconocer el fracaso de la “operación”. La presidenta de su Banco Central dice que la guerra pesa demasiado sobre la economía: le vale. ¿El ejército empieza a tener problemas para reponer las 30 mil bajas mensuales? Por eso 20 mil soldados de Corea del Norte están en el frente, lo que aporta mucho dinero a su dirigente; por eso engañan a muchos africanos que se encuentran sorprendidos en el frente. Realistas, los ucranianos hablan de una guerra de treinta años. Ya cumplió doce.
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