La plenitud de los tiempos

Jean Meyer

Ultima Cumaei venit jam carminis aetas… “Viene ya el tiempo marcado por la Sibila/ Una edad nueva toda, va a nacer una edad grande/ Ya nos viene la Virgen, y las leyes de Saturno/ Y el cielo nos manda una raza nueva/ Bendiga, casta Lucina, un niño que va a nacer/ Que la edad de hierro debe transformar en edad de oro… Vivo, semejante a los dioses, aquel niño…/ Él, soberano de un mundo apaciguado por su padre”. Traduzco torpemente el inicio de la cuarta Bucólica del inmortal Virgilio. Por algo, Dante lo escoge como su guía. Los primeros cristianos interpretaron estos versos como la profecía irrefutable de la venida de la divinidad encarnada en un niño, el niño Jesús.

“Tiempo marcado”, “una edad grande”, es lo que dice Pablo (Gálatas 4, 4): “Mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, para redimir…” “Ya nos viene la Virgen”, exclama Virgilio, y con ella el niño que de ella va a nacer… “La plenitud de los tiempos”, esa expresión significa que la creación de lo que sea no es posible en cualquier momento, que el tiempo existe, que la historia existe y de algo sirve. Leía hace poco en Nature que la creación de los primeros seres vivos supone estrellas de la tercera generación, la aparición de sistemas biológicos complejos supone la aparición superprotegida de sistemas sencillos. El paleontólogo Simon Conway Morris defiende el surgimiento de una especie inteligente, consciente y social como algo inevitable (El País, citado por Daniel Mediavilla, 15 de septiembre 2019).

Ese surgimiento es el fruto de una historia que, para los cristianos, ha preparado la llegada tan discreta de Cristo, hace un poco más de 2,000 años, cuando la humanidad se encontró lista para recibir a Cristo. Cristo es, en griego, la traducción del hebreo mashiah, el que recibió la unción. Samuel untó con aceite al futuro rey Saúl, aceite santo relacionado con el Espíritu de Dios; Jesús (Yeshua, con la variante Yeosua/Josué) era un nombre frecuente, nombre de moda en la Palestina de la época. Este nombre, nos dicen los expertos, significa “salvación” y el P. Claude Tresmontant S.J. comenta que corresponde a “una atmósfera inquieta, perturbada, atormentada por angustias, miedos, culpabilidades y aspiraciones escatológicas”. ¿A poco, no es aquella la atmósfera nuestra, tanto en el mundo, como en nuestro México?

Decir que Jesús (Salvador) es el Cristo es afirmar que está habitado por el Espíritu de Dios: “soberano de un mundo apaciguado por su Padre”. Los cristianos escriben “Padre” con P alta, en referencia al “misterio admirable e incomprensible de tu gloriosa Trinidad” (cantan los ortodoxos). Afirman que Dios ha colmado, en aquel momento de plenitud, la infinita distancia que separa al creador de la creación, sin fulminarnos, como lo teme Isaías cuando siente que Dios se acerca.

La forma completa del nombre Jesús, siendo Iehoshua, significa “YHWH salva”, “Dios salvador” y subraya el hecho inicial que es el nacimiento de un niño, nacimiento que sigue conmoviendo el espíritu y el corazón de los que ayer, hoy y mañana tienen la convicción que Jesús es verdaderamente el Salvador del Mundo. Sus compañeros, judíos de Galilea y de Judea, hombres y mujeres, muchas mujeres, convivieron con él, vivieron con él como con un hombre con el cual vivir era maravillosamente bueno. Recuerdo, en una película del gran Luis Buñuel (“Soy ateo, ¡gracias a Dios!”), un hermoso Jesús que exclama “¡Tengo hambre!” y baja la loma corriendo. Poco a poco a sus compañeros, les invade la impresión que no era solo un hombre, exclusivamente un hombre, que, en aquel hombre totalmente hombre, había una ciencia, una potencia, una santidad que era de Dios.

Y en la noche del 24 de diciembre, en el seno de su madre, en 270 días, en 39 o 40 semanas, el niño pequeño es el resultado de los 3,000 millones de años de la vida. Que el niño Jesús llegó con la plenitud de los tiempos.
 

Historiador

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