La iglesia carga su cruz

El abuso sexual cometido por el eclesiástico, sobre cualquier persona, de cualquier sexo o edad, es un escándalo absoluto, porque es a la vez sacrilegio e incesto

La iglesia carga su cruz
Nación 05/12/2021 02:02 Actualizada 02:05
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Francia publicaron hace poco los resultados de una investigación independiente y seria sobre la pedofilia de los sacerdotes. Frente al creciente escándalo y a la presión de los fieles, los obispos dieron su apoyo al proyecto. El informe es impresionante por su seriedad, y más aún por el gran número de víctimas durante dos generaciones. ¿Cómo entender el fenómeno? Ayuda la lectura de un libro anterior al informe: Le sacré incestueux (Lo sagrado incestuoso), obra colectiva publicada por el sociólogo Olivier Bobineau, el sacerdote Joseph Merlet y la jurista Constance Lalo.

Entrevistaron a unos 50 culpables, algunos obispos, unos expertos y varias víctimas. Sabemos que la Iglesia no es la única afectada, que se encuentran pedófilos entre educadores, entrenadores, médicos, profesores, psicoanalistas, sin olvidar pastores y rabinos. Pero en un país de cultura católica mayoritaria como México o Francia, vale la pena hablar de los sacerdotes. Para todos, se trata de una conducta escandalosa que se vuelve un “escándalo absoluto”, cuando se trata de religiosos. Lo dijo Jesús.

Según Olivier Bobineau, si el sacerdote es más escandaloso que los otros pedófilos, es que “en la pedofilia del sacerdote, hay un choque entre dos figuras sagradas: la del sacerdote y la del niño. La primera nació en la sociedad tradicional y su legitimidad viene de arriba. Desde el Concilio de Trento (siglo XVI), el cura vive apartado, intocable, sagrado. Un experto lo confirma así: “No toques mi cuerpo, no toques tu cuerpo (condena de la masturbación), no toques su cuerpo: de la mujer, del otro”. A esa figura sagrada se le ocurre abusar sexualmente de la figura sagrada de la sociedad moderna, el niño. Algo reciente, si uno piensa que, hasta hace poco, la figura sagrada de la familia patriarcal era el padre. He visto todavía en los años 1970, en México, niñas, niños y adolescentes, besar la mano del padre. El niño rey, el pequeño mandarín, dicen los chinos, es intocable.

¿Por qué mencionar el incesto? El incesto (condenado) es el encuentro de personas que son parientes biológicos o políticos (tíos y tías, padrastros y madrastras, madrinas y padrinos). Cito a los parientes políticos porque en las sociedades humanas, el parentesco es también moral. El sacerdote es un “pariente” que los católicos saludan como “Padre” y él les dice “hija, hijo”. El Papa, cabeza de la Iglesia romana, es “papá”, del griego papas… La Iglesia es una familia patriarcal y la figura paterna muy poderosa es la del sacerdote. Por eso, el abuso sexual cometido por el eclesiástico, sobre cualquier persona, grande o chica, de cualquier sexo, es un escándalo absoluto, porque es a la vez sacrilegio e incesto: “lo sagrado incestuoso”.

La Iglesia, un tiempo, fue muy consciente del peligro, puesto que su código mencionaba (menciona), “el delito de solicitación” que consiste, para un sacerdote, aprovechar la confesión para solicitar del penitente favores sexuales. En los archivos eclesiásticos de la Nueva España y México, he encontrado muchas veces la denuncia y el castigo del delito; la víctima era siempre una mujer, como en el último expediente que revisé. El culpable (1911) denunciado por la familia de la víctima (que fue escuchada) pasó decenas de años encerrado en un convento. En el siglo XX, especialmente en la segunda mitad, y a principios del IXX, ¿por qué la Iglesia dejó de escuchar a las víctimas y optó por la ley del silencio, la omerta de la mafia? Será que la mayoría de las víctimas, en lugar de ser mujeres, pasaron a ser niños y niñas, de manera mayoritaria. Del abuso sexual general, pasó estadísticamente, a la pedofilia que se define como “abuso de poder sobre un niño por una relación sexual”.

La conspiración del silencio tardó en fracasar, pero fracasó. Ahora le toca a la Iglesia reparar, prevenir y, para lograrlo, reformarse: pasar de una religión de los padres, a una comunidad de hermanos.

Historiador

 

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